VÍAS DE COMUNICACIÓN ROMANAS EN LA COMUNIDAD VALENCIANA

La romanización implicó unos cambios morfológicos allá donde se implantaba, y sin duda uno de esos cambios fue la extensión y proliferación de una red de carreteras eficaz, con características similares en todo el territorio del Imperio Romano.         

Los romanos aplicaron en nuestro territorio, la Comunidad Valenciana, sus principios y sus técnicas viarias, dejándonos en herencia un auténtico monumento de ingeniera de la comunicación. Desde la publicación en 1622 de la obra de Nicolas Bergier[1], Histoire des grandes chemins de l’Empire Romain, un verdadero tratado respecto a lo que se conocía en el siglo XVII sobre la red de calzadas del Imperio Romano, el interés por su estudio ha ido creciendo. En la actualidad la investigación de las vías romanas se acomete de forma multidisciplinar, contando con diferentes campos científicos que ayudan a su estudio y análisis, como el estudio de las fuentes literarias y epigráficas, la cartografía histórica, la fotointerpretación, la arquitectura, etc.

La trama de caminos está relacionada con el desarrollo del urbanismo y de las ciudades, es por ello que se construyen con el fin de mejorar las comunicaciones, el comercio y el desplazamiento. Su desarrollo no fue demasiado importante en el mundo griego, ya que los griegos estaban más orientados en moverse por el mar, con un comercio y unas comunicaciones comúnmente marítimas. Sin embargo, durante la civilización etrusca ya se realizaron más trabajos en este sentido. Se conservan caminos e incluso carros como el de Monteleone[2], además conocemos trazas de caminos conservadas, sobre todo, en las necrópolis etruscas como en la de Caeres[3] (Cerveteri).

Será con la llegada de la cultura romana cuando se extienda, completamente, el sistema de comunicación terrestre, ya que los romanos fueron los primeros que se plantearon, desde sus inicios, la construcción sistemática de vías de comunicación que conectaran con su capital, Roma. Sus calzadas alcanzarán los 140.000 kilómetros, mucho más que una enorme obra de ingeniería humana o un bien histórico-cultural, la Vía Augusta, en este caso que nos ocupa, constituye un legado imprescindible para entender la historia de Europa.

CURSUS PUBLICUS O VEHICULATIO

Las vías de comunicación eran, y lo son en la actualidad, fundamentales para asegurar la rapidez y la seguridad del transporte de tropas, comerciantes, funcionarios, mensajes y gente de todo tipo. Una de las cosas que debemos tener en cuenta cuando hablamos de vías romanas es que se trata de un sistema de transporte público, un instrumento del imperio romano implantado formalmente por Augusto en las carreteras más importantes, y que se utilizaba para el transporte de mensajes y de personas que viajaban a cuenta de la administración del estado. A esto se le denomina cursus publicus.

Ya en época del emperador Julio César[4] se empezó a implantar un sistema viario, e incluso podríamos remontarnos a época republicana plena para hablar de un incipiente sistema de comunicación romano, pero es con Augusto[5], cuando se organiza una auténtica red.

La finalidad principal de este sistema de transporte era garantizar un sistema de información rápido y eficaz para que en Roma se supiera, lo antes posible, todo lo que pasaba en las provincias. Teniendo en cuenta la magnitud a la que llego el Imperio Romano este factor era fundamental para poder controlar los enclaves lejanos a la capital.

Para este fin se disponían infraestructuras en los caminos para mejorar el viaje de estos mensajeros. Una de la infraestructura más importante son las estaciones de posta, las cuales podían ser de dos tipos: mansiones o mutationes. Las primeras ofrecían alojamiento para el descanso por la noche (hospitia) y la manutención de los funcionarios de la administración, además de contar con almacenes y corrales para los caballos (stabula); mientras que las segundas eran estaciones de posta para cambiar de caballo y proseguir la marcha. Más tarde, a finales del siglo IV, en el Código de Teodosio[6] vemos como utilizan diferentes términos: mansiones, mutationes y stationes. Por lo que vemos que existía otro tipo de infraestructura, estas dedicadas a la vigilancia.

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Idealización de una Mutatio

Dentro de esta red de transporte público sabemos que existían dos tipos: el cursus celer, un transporte veloz dedicado exclusivamente al transporte de información y de viajeros, de cierta importancia; y el cursus tardus que sería utilizado para transportar mercancías y que tendría una celeridad más moderada. Todo ello gestionado por el estado, quien designaba incluso el tipo de caballo (equus cursualis o equus clabularius) que se debía utilizar para cada tipo de servicio.

Las estaciones de posta del cursus publicus estaban dispuestas también de forma estudiada y organizada, con una distancia regular entre ellas según su función. La distancia era de aproximadamente de una jornada de camino si era entre mansiones (30-36 km), y más corta si era entre mutationes (12-14 km). Los romanos, que pensaban en todo, también tuvieron en cuenta las características del terreno, si la distancia era plana estaban algo más lejos de aquellas que tenían un camino dificultoso por la orografía.

Para que todo esto funcionara con normalidad en cada servicio de posta había un praefectus vehiculorum, que vigilaba, además de a las personas, las condiciones de la vía y demás infraestructuras como los puentes y los propios edificios de postas. Según Procopio de Cesarea[7] los stabula debían tener 40 caballos. El transporte del correo, en un principio lo llevaban a cabo soldados del imperio, pero más adelante hicieron servir para ello esclavos y libertos, que viajaban a caballo con los mensajes cerrados en una bolsa de cuero llamada averta.

En la Vía Augusta la red básica de estaciones se organizó entre el año 8 y 2 a.C., y esta perduró durante siglos. Muchas de estas estaciones de posta estaban situadas en núcleos urbanos, ya que la vía atraviesa la comunidad valenciana por las zonas más urbanizadas, por lo que las ciudades más importantes como Saguntum, Valentia, Saetabis y Ilici estaban incluidas en su trazado.

Los viajes por tierra podían hacerse a pie, a caballo o con carro. Los animales utilizados para esto eran el caballo, el asno y la mula. Los vehículos de viaje pueden distinguirse entre los de dos ruedas y los de cuatro ruedas, teniendo ambos varios tipos según las necesidades:

Carros de dos ruedas: el essedum[8], el cisium[9], el covinus[10], el birotus[11], el carpentum[12], la benna[13] y el monachus destinado sobre todo para mujeres.

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Relieve representando un cisium o carro ligero

Carros de cuatro ruedas: la carruca[14], la carruca dormitoria[15], mulionis carrucarii[16], la rheda[17], la arcera[18], el plaustrum[19], el sarracum[20], el carrus[21]para el transporte militar.

Para el cursus publicus se utilizaban casi todos los vehículos de transporte que hemos visto: rheda, carpentum, carruca, carrus y birotus. Para el transporte de mercancías pesadas se utilizaba el clabularius y el angarius.

ASPECTOS TÉCNICOS Y CONSTRUCTIVOS

Existían diferentes categorías de vías, según Sículo Flacco[22], agrimensor del siglo I d.C. existían vías que se diferenciaban por su jerarquía. Había, por tanto:

  1. viae publicae, construidas en suelo público a costa del aerarium del estado y que llevaban el nombre del constructor (Via Appia, Via Domitia, Via Augusta).
  2. viae militares, construidas en épocas determinadas de guerra a cargo del tesoro militar.
  3. viae vicinales, que salían de las vías principales y atravesaban las zonas rurales y que estaban bajo el mantenimiento de los magistrados locales quattuorviri viarum curandarum. Estos exigían a los propietarios las contribuciones necesarias para su mantenimiento.
  4. iter privatum, que atravesaban los terrenos particulares de propiedad privada, a los que solo accedían los propietarios.

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La construcción de estas vías estaba a cargo de un architectus, que tenía a su cargo un agrimensor[23] y un librator[24] que utilizaban instrumentos visuales como la groma[25] y la dioptra[26] para alinear el trazado de los largos tramos rectilíneos que conformarían la vía. Los arquitectos construían según las características del suelo. Se operaba secundum naturam soli y no secundum caelum. En general, en los terrenos de tierra se seguía una metodología regular:

Se excavaban una fosa que se rellenaba con capas de tierra para conformar un agger. Las capas de esta fosa eran de distinta naturaleza:

  1. Statumen. La primera capa era de piedras más grandes.
  2. Rudus. La segunda era de piedras medianas.
  3. Nucleus. La tercera capa, que podría ser la última, era de tierra o grava.
  4. Summum dorsum o crusta. En ocasiones, si la vía iba enlosada, se añadía esta última capa de losas.

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Lo frecuente es que estos caminos tuvieran una anchura de entre 2.45 y 7.50 metros. Las más frecuentes que se han encontrado tienen una anchura de 5 ó 6 metros.

Relacionado con las estructuras viarias encontramos los puentes, de piedra o de madera, que permitían cruzar cauces fluviales o barrancos, y que sustituyeron a los tradicionales vados o puentes rústicos. Es en época imperial cuando se construyen estos puentes con una técnica más sofisticada y resistente gracias a la utilización de los arcos. Los puentes constan de uno o varios arcos de luz, en función de la anchura del cauce, y sobre ellos se construye la calzada del camino. Su anchura solía ser de un mínimo de 3 metros para que los carros pudieran pasar por ellos.

Los ríos que transcurren por la Comunidad Valenciana por lo general son cortos, de gran pendiente, caudal reducido y régimen muy irregular, y esto ha permitido que fueran vadeados por su cauce seco. Aún así los romanos construyeron puentes en las principales arterias de comunicación de la C. Valenciana para facilitar, en especial, el tráfico rodado.

Uno de los problemas técnicos más importante a la hora de construir la calzada por un río es cimentar bajo el agua, pero los romanos tenían dos formas de solucionar este problema:

  1. Cimentación en seco: utilizaban rocas existentes que afloraban en periodo de estiaje, aprovechándolas para construir el pilar sobre ellas.
  2. Cimentación en el agua: Vitrubio[27] estableció que, si no existían estas rocas salientes, se debía construir un encofrado de madera con mortero de Puzolana (cemento fabricado con ceniza del Vesubio mezclada con agua y arena, que se endurecía en el agua). Si no se disponía de mortero de Puzolana se debía construir un doble encofrado rellenado de arcilla, para fueran impermeables. Se creaba así un compartimento estanco. Para extraer el agua de estos encofrados se usaba el Tornillo de Arquímedes[28], y una vez realizado esto ya podían verter el cemento y construir los pilares.

LA VÍA AUGUSTA EN LAS FUENTES CLÁSICAS

Las fuentes clásicas son un instrumento imprescindible para el estudio de la antigüedad, y para el caso que nos ocupa es fundamental junto con la topografía, fotografía aérea y otros métodos auxiliares de las ciencias geográficas. Estas fuentes nos las proporcionan textos de los historiadores y geográficos antiguos, los Itinerarios, los mapas y testimonios de carácter epigráfico que nos encontramos sobre la propia calzada.

De estas fuentes que hemos mencionado, las que tratan sobre la Vía Augusta en la C. Valencia son las siguientes:

Itinerarios: Itinerario de Antonino, Anónimo de Rávena, Guidonis Geographica.

Mapas: Tabula Peutingeriana.

Fuentes Epigráficas: Vasos de Vicarello, Tégula de Valencia, Miliarios.

Fuentes literarias: Polibio, Estrabón, Mela, Plinio, Ptolomeo.

Los Itinerarios romanos son la documentación escrita que hacían servir los romanos en referencia a las vías de comunicación, y se distinguen entre itineraria adnotata e itineraria picta. Dentro de los itineraria adnotata uno de los más fundamentales es el Itinerario de Antonino[29], que es un documento en el que constan las principales vías del Imperio Romano, a modo de hojas de ruta para viajes de administradores, funcionarios y emperadores. Son unos 20 manuscritos de datación variada, desde el siglo II hasta el IV, que recoge numerosos nombres de postas, así como las distancias entre ellas.

Para la C. Valenciana la relación sería la siguiente:

Dertosa -XXVII- Intibili– XXIIII– Ildum– XXIIII –Sebelaci – XXII – Saguntum – XVI – Valentia – XX – Sucronem – XXXII – Ad statuas – VIIII – Ad Turres – XXIIII – Adello – XXIIII – Aspis – XXIIII – Ilici – XXVII – Thiar, etc. [Wesseling, 1735:399-401].

Dentro de los itineraria adnotata encontramos también El Anónimo de Ravena[30], que es una recopilación de rutas romanas, pero en este caso realizado en época medieval, más en concreto en el siglo VII. En su IV y V libros contiene los datos referentes al territorio de Hispania.

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Imagen de la descripción del Anónimo de Rávena

Del mismo modo, tenemos la Guidonis Geographica[31]. Este itinerario es una compilación medieval en 6 volúmenes de Guido de Pisa, que deja clara constancia de la existencia de un ramal litoral de la Vía Augusta.

En cuanto a los itineraria picta, que podríamos determinar cómo mapas, tenemos la Tabula Peutingeriana que se trata de un grabado en plomo del Imperio Romano, en el que aparecen las principales ciudades, vías de comunicación y estaciones de posta. La parte occidental no se ha conservado, y hay que destacar que se trata del mapa de carreteras más antiguo que se conserva.

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Tabula Peutingeriana

Por otro lado, también conservamos las fuentes epigráficas, en las que destacan los Vasos de Vicarello[32], que fueron hallados próximos a Roma en 1852 y que nos muestran las 106 mansiones del trazado de la Vía Augusta desde Cádiz hasta Roma, con sus respectivas distancias entre ellas. Se trata de 3 vasos de características similares y un cuarto de tamaño más pequeño y de estructura más ruda, que contienen escritos, en cuatro columnas separadas por pilastra jónicas, el trazado de varias vías romanas.

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Dentro de los textos epigráficos destacamos la Tegula de Valencia[33], que se trata de una de las fuentes que, por desgracia, ha desaparecido. Se trataba de una inscripción hallada en Valencia en 1727 de la que se desconoce su soporte material, aunque se presupone que sería de piedra, y que contenía una relación de postas de la Vía Augusta. Por último, en este apartado encontramos los Miliarios, que son documentos arqueológicos propiamente dichos, que marcan el trazado de las calzadas romanas ya que se situaban para indicar las distancias y los cruces de caminos. Se trata de columnas cilíndricas u ovales de piedra, que se colocaban en el borde de la calzada para señalar las distancias cada mil pasos, y de ahí deriva su nombre. Una milla romana equivale a una distancia de 1.480 metros aproximadamente.

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La Vía Augusta tuvo, sin duda, miliarios a su paso por la C. Valencia. Se conocen un mínimo de veinte miliarios con una distribución geográfica muy desigual, ya que, para las calzadas de algunas zonas, no existe un número suficiente de miliarios que nos ayude a ver la orientación y el trazado del recorrido que tendría. Además, la mayoría de los que se han encontrado no han sido hallados in situ, lo que dificulta deducir el trazado exacto de la vía.

En cuanto a las fuentes literarias, encontramos numerosas referencias para el estudio de la Vía Augusta en las obras de diferentes historiadores y geográficos. Contamos con Polibio[34] que nos describe en un pasaje de su obra [Pol. III, 39] el camino que iba desde los Pirineos hasta las columnas de Hércules, y que muestra que la vía romana que se señala en el Itinerario de Antonino ya estaba construida, y señalada con sus correspondientes miliarios, hacia el 150 a.C.

Estrabón[35] en el tercer libro de su Geographica, dedicada a Iberia, también nos describe el trayecto de la Vía Augusta [Str. III, 4, 9]. Otro autor que también describe y menciona algunos oppidum existentes entre Tarraco y Cartago es Pomponio Mela[36] [Mela, II, 90 ss.]. Plinio[37] menciona algunas distancias entre ciudades, basándose en los Vasos de Vicarello [Plin., Nat. III], y, por último, Ptolomeo[38] menciona ciudades que sitúa, esta vez, en grados de meridiano y paralelo.

Todos estos datos han sido analizados y estudiados a lo largo de la historia para conocer cual sería el trazado real de la Vía Augusta a su paso por la C. Valenciana, aunque debemos tener en cuenta que las fuentes literarias a veces son contradictorias. Los datos extraídos de las excavaciones arqueológicas son, sin duda, una fuente mucho más fiable a la hora de marcar el paso de una calzada o la situación de una posta.

VÍA AUGUSTA Y CALZADAS VALENCIANAS

Los romanos se preocuparon mucho por las comunicaciones terrestres en la Península Ibérica, en un primer momento, por sus implicaciones militares, pero pronto se convirtieron en verdaderas arterias de comunicación y de comercio. La más antigua e importante fue la vieja ruta que iba de las Galias a Carthago nova y se prolongaba hacia el interior hasta el valle del Guadalquivir. Era la renombrada vía Heraklea o Hercúlea del tiempo de las colonizaciones, que con el primer emperador cambó el nombre por el de Vía Augusta.

Los romanos ampliaron la red de comunicación terrestre peninsular creando nuevas arterias, y después de siglos de actuación la red hispánica viaria, según el Itinerario de Antonino, tenía 34 caminos de los 374 de todo el Imperio, con un total de 6.395 millas que serían unos 10.300 kilómetros. Por lo que respecta a nuestro territorio, sabemos que en época ibérica el uso del carro esta bien documentado, por lo que durante los primeros siglos de ocupación romana no se debió ver ningún cambio a la hora de la comunicación terrestre entre localidades, salvo el eje que se crearía para comunicarse directamente con la ciudad de Roma.

La Vía Augusta aparece mencionada como hemos visto, con su trazado completo por tierras valencianas, en diferentes itinerarios, siendo las siguientes las vías que atravesaban la Comunidad:

  • La Vía Augusta (de Dertosa a Sucro / de Sucro a Carthago Nova)
  • La Vía litoral entre Sucro y Ilici
  • Vías transversales (Conterbia – Intibili / Saguntum – Caesaragusta / Valentía – Segobriga)

La Vía Augusta es sin duda el gran eje de comunicación del territorio de la C. Valenciana en época romana por su papel económico, pero también social. Hay que destacar que la Vía marcaba el Kardo de muchas Centuriaciones de la zona, por tanto, no solo era un eje vertebrador del territorio, sino que a su alrededor concentraba la mayoría de la población y de la economía de la zona.

Su trazado se corresponde, aproximadamente, con un viejo camino de origen ibérico que los romanos, bajo Augusto, reconstruyeron y habilitaron con servicio de postas. Es la Vía más larga de toda la Península Ibérica, y reúne en su trazado el conjunto de miliarios más importante de Hispania, con unos 96 monumentos distribuidos por las provincias por las que pasa: 22 miliarios en Cataluña, 20 en la C. Valenciana y 54 entre Murcia y Andalucía. Muchos de ellos están dedicados al emperador Augusto. Posteriormente, y sobre todo a partir del siglo III, se encuentran miliarios dedicados a los emperadores posteriores que nos habla de las reparaciones y el mantenimiento de la vía.

El trazado de la Vía Augusta por tierras valencianas que mejor estudiado está es el de las comarcas septentrionales, ya que cuentan con más miliarios y se tiene más claro cual sería su recorrido. La escasez de miliarios en la parte meridional, y el hecho de que las carreteras actuales hayan aprovechado el trazado de la antigua Vía, dificulta en exceso proponer itinerarios concretos por donde cruzaría la Vía Augusta, así como realizar excavaciones y prospecciones para documentar el trazado.

Sabemos que la Vía Augusta atraviesa las provincias de Castellón y Valencia a lo largo de 280 kilómetros, desde el rio Cenia hasta la Font de la Figuera, prolongándose por Albacete. Para marcar las etapas de la Vía Augusta en la Comunidad Valenciana haremos uso del Plan Director de Recuperación de la Vía Augusta en la Comunitat Valenciana [Despiau: 2011, 16]:

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Se ha identificado un ramal de 170 km en la provincia de Alicante, que descendiendo por el valle del río Vinalopó alcanza la ciudad de Karthagine Spartaria (Cartagena), pasando por Ad Elo (Elda), Aspis (Aspe) e Ilici (Elche). Este eje vertebrador se puede observar en el Anexo Documental del presente trabajo, con mapas actuales en los que se traza con color rojo la Hipótesis actual del trazado de la Vía Augusta, y que atraviesa de norte a sur a lo largo de 450 kilómetros, la Comunidad. Este trazado se completa con 180 kilómetros por la zona costera (trazado azul de los mapas del Anexo Documental) con la Vía Dianium.

Este recorrido alcanza 107 poblaciones, uniendo un total de 65 poblaciones: 47 en la Vía Augusta a su paso por Castellón, Valencia y Alicante, y 18 en la Vía Dianium a su paso por Valencia y Alicante. Esta vía litoral, del Sucro a Ilici está presente en el Anónimo de Ravena, donde se ve que hay un desdoblamiento de la vía a partir de Sucro, pero está claramente nombrada como Portum Sucrone, refiriéndose al puerto que estaría en la localidad de Cullera y que enlazaría con Dionio (Dénia) y Lucentes (Tossal de Manises), llegando hasta Ilici más al interior. Este camino litoral dejaba la Vía Augusta en Sucro, para dirigirse a la desembocadura del río Sucro (Júcar), Portum Sucrone.

La necesidad de comunicar la vía litoral con las tierras interiores hizo que los romanos crearan diferentes ramales transversales a la Vía Augusta. Estos caminos en ocasiones siguen cursos naturales, y seguramente al igual que la Vía Augusta tendrían un origen comercial ibérico. Los itinerarios antiguos dan noticia de solo uno de estos caminos o ramales; del resto no hay ninguna información epigráfica ni literaria.

La vía que se menciona en los itinerarios, en concreto en el Anónimo de Rávena, es la vía Contrebia – Intibili, que sería una conexión aragonesa con el litoral valenciano, con un trazado similar a la actual N-232, por Alcañiz y Morella hacia San Mateo, según las investigaciones. La vía enlazaría Conterbia (Botorrita), situada a unos 20 kilómetros al suroeste de Caesaraugusta, con la Vía Augusta a la altura de Intibili (Traigera).

Hay constancia de la existencia de una vía desde Saguntum hasta Caesaragusta, siguiendo el trazado de la N-234 por el camino viejo de Teruel, y que enlazaría directamente con la Vía Augusta en Saguntum. Y aunque parece lógica la conexión entre estas dos ciudades importantes romanas, no aparece ninguna mención a ella en los Itinerarios antiguos.

Otro camino de penetración hacia tierras castellanas es el de la vía Valentia – Segobriga, por el puerto de Buñol y la Plana de Utiel. La vía debió corresponder al trazado de la Vereda Real de Granados entre Madrid y Valencia, más conocida como “Vereda de las Cabrillas”.

Otros ramales serían los caminos de Saetabi a Alcoy y a Dionio, que serían viejas rutas ibéricas romanizadas, como constatan los yacimientos ibéricos existentes en el trazado de la vía, que dominarían el camino desde la altura

 ……

Junto con los caminos de mayor importancia de la Vía Augusta, hay otros caminos de carácter secundario que, por sus características, podrían ser también de época ibérica en sus inicios. Hay multitud de ellos, y es lógico, ya que vemos que tanto la civilización romana, como las anteriores, y sobre todo las posteriores, han utilizado las vías de comunicación como eje fundamental de su economía y de su cultura. En este trabajo he numerado, de forma superficial, los que sin duda fueron más importantes para el desarrollo de las poblaciones durante época romana, y que fueron desarrollándose hasta llegar a nuestros días casi con el mismo trazado.

Deberíamos plantearnos cual fue el impacto real de la llegada de Roma en la articulación viaria de nuestro territorio, debido a que como hemos visto a lo largo del trabajo, muchos de los caminos o ramales que se utilizan, tienen constancia de haber sido utilizado anteriormente por Iberos. Sin duda la carretera moderna obstaculiza la investigación ya que muchos trazados, por su viabilidad, se han heredado hasta nuestros días.

Sin duda la identificación del trazado en la C. Valenciana ha dejado patente las transformaciones que han sufrido las vías de comunicación, sobre todo con la llegada de los nuevos medios de transporte. Esto, en muchos casos, ha significado la destrucción o el enterramiento de algunos tramos de la antigua Vía Augusta y/o de sus ramales. De hecho, en algunos tramos de la actual N-340 se utilizó la calzada romana hasta principios del siglo XX.

En la ciudad de Valencia, la Vía Augusta está documentada en dos lugares muy céntricos de la ciudad: en el museo de la Almoina y en el Palacio de los Borja (Cortes Valencianas). En la Almoina vemos unas decenas de metros de pavimento de la vía, algo que debemos conservar, ya que nos marca el camino del pasado, por el que tantos y tantos han viajado, y por el que ahora debemos viajar nosotros.

Inma Velarde López

 

BIBLIOGRAFÍA

ARASA, F.; ROSSELLÓ, V.M. (1995): Les víes romanes del territori valencià, València.

DESPIAU, J. M., et ali. (2011): Plan director de recuperación de la Vía Augusta en la Comunitat Valenciana. Generalitat Valenciana. Valencia.

KNAPP, R. (1986): La vía heraclea en el Occidente: mito, arqueología, propaganda, historia, Emerita 54, 103-122.

LEDO CABALLERO, A.C. (2005): La calzada Arse/Saguntum – Celtiberia: estudio histórico-arqueológico, València. RACV serie arqueológica 21.

LEDO CABALLERO, A.C. (2015): Antigüedad, Carlet: Historia, Geográfica, Arte y Patrimonio, (E. Alba Pagan ed.) València.

MOROTE BARBERÁ, J.G.; APARICIO PÉREZ, J. (2000): Un nuevo miliario en el trazado de la vía Augusta y la revisión del tramo Dertosa-Sucronem-Ilici, Arse 34, 45-55.

MOROTE BARBERÁ, J.G. (2002): La vía Augusta y otras calzadas en la Comunidad Valenciana, València. RACV serie arqueológica 19.

PÉREZ BALLESTER, J.; ARASA I GIL, F. (2010): Poblament rural i vies de comunicación en época romana a la Ribera del riu Xúquer (València), Recerques del Museu d’Alcoi 19, 101-114.

ROLDÁN HERVÁS, J.M. (1975): Itineraria Hispania. Fuentes antiguas para el estudio de las vías romanas en la Península Ibérica, Madrid.

NOTAS AL PIE

[1] Nicolas Bergier (1567 – 1623) arqueólogo, historiador, abogado, procurador episcopal y hombre de letras francés que dedicó buena parte de su vida al estudio de la Roma antigua.

[2] Carro etrusco de Monteleone. Es un carro de guerra de madera de nogal decorado con relieves de bronce. Fue hallado en la zona central de los Apeninos en Italia, y se ha fechado en torno a 560 – 550 a.C. Se expone en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

[3] Caere fue una antigua ciudad de Etruria, a poca distancia de la costa del mar Tirreno. Hoy es la ciudad de Cerveteri.

[4] Cayo Julio César (100 a.C. – 44 a.C.) líder militar y político romano de la era tardo-republicana.

[5] Cayo Octavio Turino (63 a.C. – 14 d.C.) primer emperador romano.

[6] Codex Theodosianus. Compilación de las leyes vigentes en el Derecho Romano durante el Bajo Imperio. Su redacción fue iniciada en 429 por orden de Teodosio II.

[7] Procopio de Cesarea (c. 500 – c. 560) destacado historiador bizantino del siglo VI d.C., cuyas obras constituyen la principal fuente escrita de información sobre el reinado de Justiniano.

[8] Essedum: carro grande y robusto, decorado y tirado por dos caballos o dos mulas. Utilizado por los pueblos celtas como carro de guerra, fue adoptado por los romanos para los viajes rápidos.

[9] Cisium: carro de viaje ligero, tirado por uno o dos caballos.

[10] Covinus: parecido al Cisium pero tirado por pequeñas mulas.

[11] Birotus: pequeño y tirado por tres mulas o caballos, fue uno de los vehículos más usados en el cursus publicus para transportar a dos o tres personas con poco equipaje.

[12] Carpentum: carro de origen etrusco, cerrado por una cubierta en forma de arco, ricamente adornado y tirado por dos mulas. Lo utilizaban los dignatarios de la corte imperial y otros altos cargos de la administración.

[13] Benna: de origen gálico, más pesado. Destinado al transporte de pequeñas comitivas y familias enteras.

[14] Carruca: carro grande de origen gálico, robusto y apto para viajes largos, tirado por dos caballos.

[15] Carruca dormitoria: carro cerrado con cubierta y ventanas, apta para dormir durante el viaje.

[16] Mulionis carrucarii: carro alto y decorado con relieves de metales preciosos y un trono en el centro, era utilizada por los funcionarios públicos tirado por cuatro mulas.

[17] Rheda: de origen gálico y adoptada ya en época republicana, fue el vehículo más usado para el cursus celer y para los viajes colectivos.

[18] Arcera: tenía forma de arca e iba cubierta. Se utilizaba sobre todo para transportar a ancianos y enfermos.

[19] Plaustrum: carro de uso agrícola. Utilizado por casi todas las culturas desde la prehistoria, con dos ruedas macizas y tirado por dos toros.

[20] Sarracum: variante del plaustrum con ruedas más bajas y macizas para el transporte de materiales más pesados.

[21] Carrus: vehiculo pesado de cuatro ruedas radiadas destinado para el transporte militar, tirado por mulas

[22] Sículo Flacco (c. siglo I d.C.) fue un escritor romano y agrimensor que escribió un tratado De condicionibus agrorum.

[23] Agrimensor: Rama de la topografía destinada a la delimitación de superficies.

[24] Librator: Topógrafo.

[25] Groma: aparato de nivelación.

[26] Dioptra: instrumento astronómico y topográfico clásico, que data del siglo III a.C.

[27] Marco Vitruvio Polión (80-70 a.C. – 15 a.C.) arquitecto, escritor, ingeniero y tratadista romano.

[28] Tornillo de Arquímedes: máquina gravimétrica helicoidal utilizada para la elevación de agua u otros. Fue inventado en el siglo III a.C. por Arquímedes, de que recibe su nombre, aunque existe la hipótesis de que ya era utilizado en el Antiguo Egipto.

[29] Documento romano del siglo III en el que aparecen recopiladas rutas del imperio romano, solo se conserva la copia procedente de la época de Diocleciano (siglo IV).

[30] Conocido también como Ravennate y cuyo nombre específico es Ravennatis Anonymi Cosmographis, es una compilación de itinerarios romanos escrita por un cosmógrafo cristiano, aproximadamente en el año 670.

[31]Obra del compilador medieval Guido de Pisa en 1119. Contiene menos datos que el Anónimo de Ravena sobre la Península Ibérica, pero su importancia recae en la descripción de la Vía Augusta y en sus orientaciones sobre el problema que crea la existencia de varias rutas en un mismo recorrido.

[32] Cuatro vasos de plata descubiertos en las termas de Vicarello, junto al lago de Bracciano, con forma de miliario. También llamado Vasos Apollinares.

[33] Itinerario epigráfico localizado en Valencia en 1727, donde antiguamente se encontraba la puerta de acceso al barrio de La Xerea, y destruido al poco tiempo de su hallazgo. Agustín de Sales, cronista de Valencia, es quien nos facilita las primeras noticias de la tegula y una copa de las inscripciones de la misma en un folleto editado en 1766.

[34] Polibio (200 a.C. – 118 a.C.), uno de los historiadores romanos más importantes.

[35] Estrabón (63 o 64 a.C. – 19 o 24 d.C.), geógrafo e historiador griego.

[36] Pomponio Mela (15 d.C. – 45) geógrafo latino de origen hispánico.

[37] Gayo Plinio Segundo o Plinio el Viejo (23 d.C. – 79), científico, naturalista y militar latino.

[38] Claudio Ptolomeo (m. 160 d.C.), astrónomo, astrólogo, químico, geógrafo y matemático greco-egipcio.

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a través de Manuel Albaladejo: “en geografía antigua se hace patente la necesidad de la interdisciplinariedad” — Mediterráneo Antiguo

Reflexión sobre la crónica y la historia. Siglos XVI-XVII-XVIII. 

La Historia y su conocimiento es algo que ha preocupado al ser humano desde antiguo. Su forma de contarla y transmitirla, su metodología, ha variado mucho a lo largo del tiempo; por el contrario, los problemas que suscita siguen siendo los mismos: su objetividad/subjetividad, su utilidad/utilización, su veracidad, su supeditación al poder político, su utilización por parte de este y un largo etcétera que hace que los historiadores se planteen constantemente cómo contar la historia, y en qué fuentes basarse, para ser lo más fieles a la realidad posible. Cabría matizar que pese a este empeño los hechos del pasado nos llegan fraccionados y edulcorados, interpretándose desde el presente por lo que resulta muy complicado alcanzar un conocimiento histórico objetivo total. Todos estamos condicionados por miles de cosas y eso afecta a la percepción y al tratamiento que le damos a la Historia como bien vemos en la tesis que defiende Keith Jenkins en su obra Repensar la Historia.

Este condicionamiento no es sólo actual, y como veremos afecta a la Historia en general y a la crónica en particular. La crónica, según su propia definición, es la recopilación de hechos históricos narrados en orden cronológico. Este modo de escribir la Historia se perpetuó desde la Edad Media y era utilizado por los reyes para ensalzar sus actos, ejemplo de ellos serían las Crónicas de Alfonso X el Sabio o la Crónica de Jaime I entre muchas otras. Es la forma en que nos ha llegado la mayor parte de la Historia de nuestro territorio, teniendo en cuenta que la crónica es escrita con un motivo, por gente que supiera escribir (normalmente vinculada al mundo eclesiástico), y al amparo de unos mecenas que pudiera permitirse el lujo de pagar una crónica, como bien nos detalla Josué Villa Prieto en su artículo sobre La escritura de la Historia en la Baja Edad Media.

Esta práctica pronto se institucionalizó, y ya en el siglo XV aparece el oficio del Cronista Real a modo de funcionario, no sin sufrir una fuerte politización ante la voluntad regia. Según la documentación Juan de Mena sería el primero en ostentar este cargo en 1456. Podríamos decir que los monarcas se dieron cuenta del valor y del poder que tenía (y tiene) la historia y quisieron poner, rápidamente, a su servicio a “profesionales” que, acatando sus órdenes, escribieran o transcribieran aquello que podría favorecerlos más. En sentido foucaultiano este tipo de crónica se puede interpretar como un discurso de poder, narrativa del poder, instrumento utilizado para un fin muy concreto. Este oficio, visto desde nuestro punto de vista, estaba totalmente condicionado por el monarca y por el entorno del momento, siendo la figura del cronista la que enmarca en sí mismo todo el saber histórico, y esto podría reportar beneficios a la legitimación y justificación de actos o incluso a la justificación de la propia monarquía. Este saber histórico en estos inicios de la Edad Moderna debemos ligarlo estrechamente al conocimiento de la biografía, técnica que ha sufrido una fuerte devaluación y parece que actualmente ha sido actualizada para dar un enfoque mucho más microscópico, y no sólo basándose en una trascripción desde vida a la muerte de los personajes, sino yendo mucho más allá para aportar más datos a la Historia general.

La biografía, en este periodo que nos atañe englobaría exclusivamente a las figuras relevantes, es decir, monarcas y nobles más destacados, que les servirían para dar continuidad a esos linajes que se perpetúan en el poder. Al mismo tiempo estas biografías y crónicas eran utilizadas en la formación académica de los propios monarcas o personajes relevantes (pudiendo remontarnos hasta la antigüedad clásica con esta práctica), ya que era totalmente indispensable conocer el pasado de sus linajes y territorios que dominaban. No debemos ser ingenuos y pensar que estas biografías, agrupadas en muchas ocasiones en grandes volúmenes y remontándose hasta tiempos inmemoriales, no serían edulcoradas o falsificadas por estos mismos cronistas, a cambio de algún que otro favor, ya fuese económico o de otro tipo. Otro ejemplo de esta manipulación del pasado para un fin concreto la tenemos en el empleo de las genealogías durante los siglos XVI y XVII para ocultar la nueva ascensión y adquisición de títulos de nobleza por parte de familias humildes o de sangre conversa, como bien nos documenta y explica Enrique Soria Mesa en su libro Genealogía y poder. Pero las propias crónicas también sufrieron estas falsificaciones, son las llamadas falsificaciones cronísticas, fuertemente denunciadas por los novatores ya a comienzos del siglo XVIII, ya que como Godoy Alcántara citaba parecía que “era lícito falsear la historia cuando el honor o el interés de la patria lo exigían” y si no encontraban datos suficientes para legitimar aquello que querían legitimar, no dudaban en inventarlos.

Como he señalado el cronista era la fuente del saber histórico, la figura que daba credibilidad a los hechos y era capaz de crear una narración que diera sentido a todo orden ya establecido y capaz de agrupar territorios muy diferentes bajo un mismo monarca. Ejemplo de ello es la situación que encontramos desde los RRCC y Carlos I, en donde nace la voluntad de escribir una Historia de España que construya una identidad nacional y la refuerce en torno a la figura del monarca y de su linaje. El primero en escribir una Historia General de España fue Diego de Valera con su Crónica de España de 1481 con esta finalidad muy claramente marcada.

Pese a esta idea de politización del oficio del cronista, debemos preguntarnos cuan complicado sería escribir una historia imparcial y estar, al mismo tiempo, bajo el patrocinio de las autoridades políticas, así como preguntarnos si un historiador (de la época que sea) puede eliminar el carácter subjetivista de la propia historia. Y más aun teniendo en cuenta que en la Edad Moderna el oficio del cronista estaba estrechamente ligado al mundo eclesiástico, altamente moralizador y que sin duda aprovechó la situación y la historia para sus fines.

Con la llegada del Humanismo se tiende a buscar la justificación fuera del ámbito religioso y vemos como los eclesiásticos pierden la exclusividad de la escritura de la Historia, vemos claramente ese intento de “abandonar los aspectos primigenios de la historia eclesiástica” como anuncia Enrique García Hernán. Aparecen personajes que no están patrocinados por los monarcas y que buscan hacer otro tipo de Historia, pero el monarca seguía queriendo lo mismo de estos cronistas, así que buscaba a los que mejor podrían servirle y el cargo de cronista real recaerá siempre, por tanto, en estos eclesiásticos al servicio de la monarquía. Sin embargo, estos se vieron influenciados y en los siglos XVI y XVII los cronistas empiezan a rechazar los mitos y las fábulas que habían venido transcribiendo generación tras generación para explicar la Historia, empiezan a buscar documentación original y empiezan a investigar. Esto no debe engañarnos, ya que el hecho de que investiguen no significa que las crónicas que escribiesen estuvieran menos politizadas o fueran más reales que las anteriores.

Es aquí, a finales del siglo XVI y principios del XVII cuando aparece una figura muy relevante y a la que es necesario dedicar unas líneas de esta reflexión, ya que con él la historiografía española da un salto importante: el Jesuita Juan de Mariana, quien escribió una Historia de España que se convertiría en un clásico y dominaría el panorama durante 2 siglos y medio. La obra de Mariana, escrita en latín y luego traducida al castellano gracias a una ayuda económica de Felipe III, fue escrita por su interés personal ya que nunca fue cronista real, y buscaba reivindicar el pasado de un “linaje” o “nación” que en ese momento tenía una visión de cierto desprestigio internacional. Podríamos decir que utiliza la historia a modo de resarcir el orgullo colectivo de la “nación española”, conectando lo civil con lo eclesiástico, narrando al mismo tiempo la historia de los reinos y las biografías de los monarcas. Su forma de narrar ciertos aspectos, dando una relevancia tremendamente importante a los monarcas, ofendió a un sector de la nobleza que no veía el reconocimiento merecido a sus grandes familias. La polémica sobre la obra de Mariana fue intensa ya que sus tesis eran innovadoras y desafiantes en un contexto en el que se hablaba sin parar de historia, pero no porque hubiera un interés por conocer lo realmente ocurrido, sino porque esas “historias” eran una fuente de legitimación. Así pues, todas estas críticas le llevaron incluso a ser procesado por la Inquisición en 1609 y recluido en un convento franciscano de Madrid.

No se nos puede escapar la relación que tiene la aparición de la obra de Mariana con la imagen que se tenía de España en el siglo XVI, una imagen fuertemente asimilada a la idea que Julián Juderías llamaría mucho más tarde “Leyenda Negra” y que los historiadores extranjeros no dudaron en extender en sus historias de España. Surgiendo de esto una “indignación patriótica” que generó la creación de una serie de Apologías de España, rechazando así la crítica y reafirmando el valor de la propia historia española, así como su tradición.

Como vemos la crónica fue un instrumento utilizado por los monarcas para diferentes fines en ciertos momentos de la historia, pero también por otros sectores que vieron el poder que la Historia podía proporcionarles. Otro ejemplo de utilización, a modo anecdótico, sería cuando Felipe IV trató de reunir una serie de cronistas para que redactaran escritos que pudieran cambiar los estados de opinión de su corte, intentó cambiar climas negativos a través de un relato favorecedor del pasado para que afectara al presente.

Otro aspecto del que aún no hemos hablado pero que, creo, es de vital importancia es la idea que se tenía del cronista, entendido por aquel que narra el pasado, pero también su presente y por tanto cuenta aquello que realmente es, es decir, es puramente objetivo. En el siglo XVIII cambia esta concepción desconfiando de aquellos que fueron partícipes del hecho histórico. Un ejemplo de esto sería cuando en la Conquista de América encontramos una serie de soldados-cronistas, que según mi opinión no podrían ser imparciales y objetivos, estando de acuerdo con la crítica que Luis Vives hacía de ellos. Una persona que vive un acontecimiento lo vive desde su propia perspectiva, sin tener en cuenta otras que alguien alejado del acontecimiento propio si podría analizar más fríamente.

Sin duda estas experiencias y testimonios nos aporta muchísimos datos y son fundamentales para conocer la Historia, pero deben ser analizados teniendo en cuenta estos aspectos. Como Edward Carr plantea, deberíamos preguntarnos si existe una doble capa de subjetividad, la del testimonio propio y la nuestra ya que “los hechos de la historia nunca nos llegan en estado puro, puesto que ni existen ni pueden existir en una forma pura; siempre hay una refracción al pasar por la mente del que los recoge”.

Todo esto me plantea dudas, dudas que quizás nunca resuelva y que incluso pueden afectar a mi futura vida como historiadora: ¿podré yo ser objetiva?, ¿acaso cuando escriba algún trabajo histórico no podré desprenderme de todo lo que me envuelve y me influye?, ¿me daré cuenta?, ¿se dan cuenta los historiadores cuando dejan huella de sí mismos en sus análisis de la historia?, me gustaría pensar que sí, que uno se da cuenta de lo que hace, cómo lo hace y por qué lo hace, pero ¿es realmente evitable, podré yo evitarlo?, es más, ¿podré incluso conocer bien el pasado si he de basarme en fuentes que están altamente manipuladas como es el caso de las crónicas que hemos visto?, pienso que si entiendo la crónica como fuente y no como Historia quizás sí sea capaz. Si analizo la crónica para profundizar en el momento histórico del cronista, analizando la forma de tratar su pasado y su presente pueda aprender realmente mucho. Así como hacemos con las novelas históricas y el cine histórico, en los que analizados el contexto en el que se desarrolla la obra y su visión del hecho histórico, no analizamos el hecho histórico propiamente, sino el tratamiento que le dan.

En cada época entendemos el pasado de una forma u otra, y la propia forma de ver, entender, escribir y explicar la Historia es también un testimonio y fuente de investigación histórica. Así pues, la crónica, bajo mi punto de vista, debería ser tomada como una fuente de la que extraer ciertos datos y no como una verdadera narración Histórica.

(Juny’16)

 

ENSAYO BIBLIOGRÁFICO: EL “DESASTRE” DEL 98 Y EL PESIMISMO ESPAÑOL DURANTE EL SIGLO XX.

  • Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998.
  • Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010.

Introducción sobre ambos libros, hecho histórico y autores.

Los dos libros a tratar en este ensayo biográfico son, en primer lugar, un volumen donde se reúnen 7 conferencias sobre la significación del 98 con el título Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, realizado en 1998 con motivo del centenario de la pérdida de las últimas colonias y de la derrota frente a Estados Unidos. Este libro está coordinado por Santos Juliá, que será a quien tomaremos como referencia para el análisis y comparación con el otro libro, en este caso de Rafal Núñez Florencio. Este segundo libro titulado El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto de 2010 traza un cuadro general del pesimismo como actitud de grupo en diferentes épocas, analizando las diversas manifestaciones pesimistas de la reciente historia española.

Ambos volúmenes toman como base el conflicto bélico de 1898 entre España y los Estados Unidos, en el cual España fue derrotada perdiendo la isla de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. El resto de posesiones españolas del Extremo Oriente fueron vendidas al Imperio Alemán mediante un tratado al año siguiente, desprendiéndose por tanto de Marianas, Palaos y las Carolinas. Estos hechos provocaron en la sociedad contemporánea un sentimiento de fracaso absoluto, motivados por otros problemas que más adelante abordaremos. Este es el tema en torno al que ambos libros construyen su discurso, ese sentimiento de fracaso, esa idea fatalista y pesimista de que España había tocado fondo. Ambos libros nos exponen estas ideas de forma muy diferente, pues uno se basará en lo meramente político para entender todo este proceso, y el otro se basará en todo lo relacionado con la cultura y la sociedad de la época.

En cuanto a los autores, Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia (Especialidad Historia Contemporánea) y profesor de Filosofía (Didáctica e Historia del Pensamiento) y tiene, además de la aquí mencionada, numerosas obras relacionadas con este mismo tema como son: Tal como éramos. España hace un siglo (1998), Sol y Sangre. La imagen de España en el mundo (2001), Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (2005), en cuyos volúmenes trata de esbozar una visión del conjunto de la España de 1898, luego una imagen de España desde finales del siglo XVIII a comienzos del XIX, para acabar profundizando, en el último libro mencionado, en la percepción interna de la propia visión de los españoles del propio territorio. Finalmente, como él mismo lo anuncia, El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto es la culminación a todo esto que ha ido investigando, analizando de manera muy minuciosa y con decenas de ejemplos de autores y artistas la impronta real que tuvo ese pesimismo de España.

El otro volumen, que, como hemos dicho es un compendio de ponencias de una conferencia convocada en el Círculo de Bellas Artes por la Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, ocupándose de forma monográfica del Estado, la política y la cultura política en relación con 1898 y sus consecuencias en los años siguientes. Consta, por tanto, de varios autores como son: José María Jover, Juan Pablo Fusi, José Álvarez Junco, Teresa Carnero, Carlos Serrano, Borja de Riquer i Permanyer y Santos Juliá. Todos ellos de incuestionable peso específico en esta materia y de los cuales no hablaremos individualmente para no alargar en exceso esta introducción. Nos centraremos en la figura de Santos Juliá, además de por ser el coordinador del libro, por ser autor de numerosos trabajos sobre historia política y social de España que tanta relevancia tienen. Es doctor en Ciencias Políticas y Sociología, además de Catedrático del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED. Ha escrito publicaciones como Un siglo de España: Política y Sociedad (1999), o Historias de las dos Españas (2004), por el que recibió ese año el Premio Nacional de Historia de España, además de numerosos artículos en el que destacaré Anomalía, dolor y fracaso de España (1997) en el que trata muy a fondo el tema que ocupa a este ensayo bibliográfico. No podemos dejar de mencionar a Juan Pablo Fusi autor de El desafío de la Modernidad donde se trata el tema de si España fue un país normal o si, verdaderamente, fue un país que sufrió un fracaso tras otro.

Características comunes.

En cuanto a las características que ofrecen ambos libros y son comunes o similares destacaremos en primer lugar que ambos se posicionan en la idea de normalidad en el desarrollo de la historia de España típica de la corriente historiográfica del momento. Ambos conceden a la idea de decadencia un aura de mito o de instrumento ideológico e instan a su revisión. Ambos libros posicionan esta idea de crisis en la conciencia nacional que lleva al derrotismo sobre los intelectuales quienes escriben muchísimo sobre ello e impregnan a la sociedad de su decadencia. Estos intelectuales son aquellos “que se presentan a sí mismos como tales o a quienes la opinión pública como tales reconoce”[1] y que participaron en debates públicos en donde se solicitaba su opinión, aunque eran ignorados por los políticos. Sin embargo, el público no los ignoraba, e incluso se podría decir que los tenían mitificados. Ambos libros los describen como un ser “impelido por el papel que le tocaba desempeñar, que mantenía con frecuencia una crítica inmisericorde y adoptaba una actitud displicente, descreída, cuando no abiertamente catastrofista”[2] en donde se entiende que el intelectual regeneracionista se encontraba como representante de un rol en el que debía jugar el papel de profeta del pesimismo y el desastre de España. Es decir, utilizando un término actual, que actuaban con cierto “postureo” en donde ellos mismos llegaban a creerse ese derrotismo y esa necesidad de regeneración, ya que como expresa Valera y recoge Juliá en su trabajo: “quien aspira a regenerarse empieza por creerse degenerado”[3]. Ambos libros nos muestran a estos intelectuales plagados de un sentimiento de angustia moral ante la crisis, y que no llaman al pueblo a la acción, ni se asocian, ni exigen elecciones, simplemente protestan a modo de lamento. Y sería ésta generación del 98, generación de intelectuales, la que enarbolo la idea de decadencia y fracaso que se extendió durante varios años, que expandió la idea de la degeneración de la raza y la muerte de la nación.

La idea de rechazo y revisión a esta decadencia y a este fracaso, visible en ambos libros es matizada por Núñez cuando nos expone que Fusi habla, ya no de un fracaso, sino de un éxito. Se analizan en ambos libros como España fue un país con un desarrollo económico y político normal y comparable al resto de países de la Europa de ese momento. Ambos libros inciden en la idea de que los del 98 “inventaron una España rural, moribunda, fracasada”[4], aunque Núñez va más allá y nos advierte del peligro del péndulo, de caer en una estimación diametralmente opuesta sustituyendo el mito del fracaso por una estela de relativos éxitos. Recalcan ambos libros la idea de que el pesimismo, en todas sus formas, ha sido una constante en la sociedad española.

También desde ambos libros se nos dibuja la idea de la política exterior concebida como un fracaso permanente, al ser básicamente un “juego de diplomacia controlado por el ultimátum, el acuerdo de reparto y el tratado de garantía que podría explicar la presencia, en el año mencionado (1898), de un determinado clima de psicología colectiva no enteramente coincidente con el tan repetido pesimismo. Sino más bien con el sentimiento de riesgo indefinido que resulta, en la opinión pública, de la práctica de una diplomacia secreta”[5] lo que causa una falta de confianza y de fe en el Estado.

Núñez establece que el pesimismo es un rasgo definitorio de España del siglo XX, pero no lo atribuye exclusivamente a este tiempo ni a este país, remarca que desde el siglo XVIII la cultura española ha sido para nosotros más problemática que la cultura francesa para los franceses, pero pese a esto no hay una especificidad, al igual que remarca Fusi en su entrada que la sincronía con la evolución histórica de Portugal, España e Italia es evidente y que “habrá, pues, que concluir que la realidad política de la España de 1876-1914 no era excepcional ni anormalmente distinta de la realidad europea de esos mismos años”[6].

También es significativo remarcar que esta obsesión por la degeneración no puede, ni debe, vincularse a un acontecimiento único ni tampoco pensarse como moda y ambos libros recalcan que “venía de antes, de la multitud de informes sobre los efectos que la introducción del maquinismo y las grandes fábricas producía entre la nueva clase trabajadora […] ningún ejército vencido y derrotado ha presentado un espectáculo más lamentable que el ejército industrial triunfante. Esa población degradada y corrompida formando una masa de hombres golpeada sin piedad por la viciosa constitución de la de la industria”[7]. “Vincular esta degeneración o decadencia tan sólo a nuestro 98 constituye un reduccionismo insostenible”[8] ya que podríamos definir una decadencia tradicional y una moderna, en el caso de la primera en donde podríamos enlazar directamente con la Leyenda Negra española como base de ella: “Es la España negra, una determinada España de las tenebrosas mazmorras de Felipe II y de los oscuros ropajes inquisitoriales, la España que da lugar a la Leyenda Negra, el país retratado en los ágiles trazos de Goya, la nación del luto cotidiano o solemne, sacro y profano, de Bernarda Alba a las procesiones de la Semana Santa. En cierto modo estaríamos en una continuación o complemento de la España esperpéntica, un país que, cuando no vive esas convulsiones, goza de la paz… de los cementerios”[9].

Otro tema que tratan ambos libros es la irrupción del catalanismo en la política española como “reacción catalana ante el desastre elaborando proyectos de intervención en la política española, con el objetivo de abrir el juego político, de acabar con el nocivo sistema del turno, para así, finalmente, poder reformar el Estado y adecuado a la realidad, o realidades, sociales”[10]. Así se refleja también en la obra de Núñez cuando nos anuncia que Maragall dice que: “España ha llegado a tal punto de debilidad y decaimiento, que ni siquiera le restan fuerzas para mantener despierto su instinto de conservación; ni siquiera puede extranjerizarse”[11]. Describen el catalanismo como resultado o corolario inevitable de los errores de la política en Madrid. Tema que Núñez explota más en su libro con la idea de la decadencia del territorio y el abandono de la tierra que sufre Castilla.

Pero este tema del nacionalismo no es exclusivamente español ya que “nacionalismo y nacionalidades fueron el problema esencian de los imperios ruso, austro-húngaro y otomano entre 1860 y 1914”[12], lo que pasa es que desde la España de finales del siglo XIX se pensaba que “lo que distingue a las grandes naciones como Francia e Inglaterra es la unidad, pero la cuestión es que los españoles no hemos sabido unirnos. Divididos estábamos cuando nuestros triunfos por todo el mundo y divididos seguimos”[13]. Dejando así claro el paralelismo entre la política española y buena parte de la política europea, base en este revisionismo sobre el “desastre español” y ya de paso en el paradigma de la débil nacionalización superado ya.

Así pues, vemos que en ambos libros la idea de excepcionalidad del caso español queda totalmente descartada, además rechazando las 3 posibles interpretaciones que habían estado gravitando sobre la visión de la España contemporánea anteriormente:

  • El estereotipo romántico, forjado en torno a 1830-1840 que presentaba a España como un país trágico y dramático.
  • La idea de España como problema creada por la generación del 98 que hemos mencionado anteriormente.
  • Y las interpretaciones historiográficas excepcionalitas de Sánchez Albornoz o Américo Castro.

Diferencias significativas.

En cuanto a las características que hacen diferente estos dos libros la más destacable es el soporte político en el que se basan los debates coordinados por Juliá, contrastando con el cultural con el que se basa el libro de Núñez. En la compilación de ponencias encontramos monografías diversas que nos hablan del Estado Español como hace Fusi, de la cultura política del momento como lo hace Álvarez Junco, del sistema de partidos y parlamento como lo hace Teresa Carnero, de las oposiciones antisistema existentes en ese momento como lo hace Carlos Serrano, de la irrupción del catalanismo en la política española como lo hace Riquer i Permanyer. Sin embargo, Núñez, como filósofo que es, nos habla de melancolía, de decadencia, de abulia, de desastres, de desolación, de quijotismo, de esperpentos, de negrura, de fracaso y de desencanto en donde nos muestra más que el devenir político, las diversas manifestaciones pesimistas que se dan. Con un sinfín de ejemplos literarios y artísticos que nos llevan a entender como este grupo de intelectuales veía lo que pasaba políticamente y lo transmitía a la sociedad. Un mismo enfoque, tratado de forma y con fuentes totalmente distintas.

También cabría destacar la cronología de ambos libros que, aunque no muy separados en el tiempo, se llevan 12 años y es algo significativo. Pero lo que sin duda difiere es la intencionalidad de ambos libros. Por una parte, el volumen coordinado por Juliá busca explicar el fenómeno de la regeneración o de los intelectuales en términos de deslegitimación del sistema político. Por otro lado, Núñez quiere hacernos ver este fenómeno como una actitud de grupo y un espejo de la época, que, aunque estrechamente ligadas a las actuaciones políticas toman otro cariz desde la visión de Núñez.

En el volumen Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, menos la intervención del propio Santos Juliá, ningún otro ponente nombra a los intelectuales ni se basan en sus escritos para explicar ese opinión o sentimiento de decadencia. Sin embargo, Núñez utiliza, en todo su libro, a estos intelectuales y hace referencias constantemente a sus escritos. Incluso nombra a pintores que expresaron eso mismo con imágenes, adjuntando en el libro las imágenes pertinentes. Como vemos son dos fuentes diferentes que caracterizan uno y otro volumen.

Es evidente que no estamos tratando dos volúmenes creados de la misma forma, es decir, el libro de Núñez es en sí un libro, creado de principio a fin por el propio autor con una idea clara de cómo iba a desarrollarse en general, con unos puntos claros, una conclusión clara y una línea cronológica y temática. Sin embargo, el otro volumen es un compendio de ideas de historiadores completamente diferentes y que son reproducidas de lo dicho en las conferencias, menos en el caso del texto del profesor José María Jover, que prefirió reeditar y publicar su trabajo. Es por ello que no tiene un sentido de conjunto, pese a que tratan el mismo tema. La motivación que llevó a estos 7 conferenciantes a pronunciarse sobre este tema es la participación en el debate sobre la significación del 98 en la sociedad y en la política española, en el aniversario de la fecha. Entendiendo que son expertos y, por supuesto, han realizado otros trabajos sobre el tema. En cambio, la motivación de Núñez viene de lejos, ya que como hemos dicho en la introducción de este ensayo, no es el primer volumen que dedica a esta cuestión y este libro sirve como colofón a su investigación.

Conclusiones.

Los acontecimientos ocurridos en 1898 marcaron de forma singular el devenir de España, y sin duda han sido fruto de opiniones, debates y controversias, que incluso llegan a nosotros muchos años después. Sin embargo “si escrudiñamos la historia con intención malévola, aunque inconsciente, apenas podrá encontrarse momento ni caso histórico que no resulte deplorable ni alma de pueblo alguno que no aparezca enferma, corrompida y viciada. Pero eso no será por el hecho en sí sino por la mirada que sobre el hecho se proyecta. Si se miran las cosas de otro modo, se percibirían también junto a las miserias, las grandezas, junto a los errores, los aciertos, junto a las maldades, las virtudes”[14]. Viendo esta idea de, podríamos llamar, exageración de los males del pasado, “es normal que se haya supuesto una nueva evaluación del pasado. El peligro ahora es el de caer en una estimación diametralmente opuesta, sustituir el mito de los fracasos en una estela de relativos éxitos”[15].

Podemos concluir después de leer ambos libros que esta idea de fracasos consecutivos que estaba sufriendo, o provocando, España venía fraguándose de antes de 1898, pero que este fue el momento en el que estalló. La idea de regenerar España está ligada a una idea de degeneración ya existente. Es por ello que, como dice Juliá podríamos definir a estos intelectuales que tanto pesar sentían por la España degenerada como anti-liberales, en el sentido que construían un relato reaccionario y autoritario para “salvar España”. Es importante que ahora, con más de un siglo de distancia reevaluemos la situación real de la España de fin de siglo XIX y principio de siglo XX y nos preguntemos si esa idea de pesimismo ha sido una constante en la sociedad española como Núñez afirma y que “ha marcado decisivamente la realidad española de siglo XX, aunque no podemos hablar de cien años de depresión porque no ha habido una continuidad sombría.”[16]

Podemos entender esta idea de la decadencia como un mito, utilizado como instrumento ideológico y sobretodo político, un mito más de los muchos que hay que ayuda a distorsionar el pasado en beneficio de algunos. Este mito de decadencia podemos rastrearlo no solo para la época Contemporánea, sino también para la Moderna siendo utilizados para justificar ciertos comportamientos político, avivados, como es este caso, por toda la literatura pesimista que los intelectuales realizaron, pero también por las crónicas o “historias” escritas por los propios historiadores y/o cronistas para épocas más anteriores. Las revisiones que la historiografía de los últimos años está ejecutando son clave para hacer una historia sin mitos ni tópicos que confundan la verdadera historia. Salvando las distancias, cabría reflexionar si el momento político y económico que vivimos actualmente junto con el malestar social que existe será interpretado como una continuación de ese pesimismo latente, o si se verá reflejado en el futuro una manipulación o utilización de dicho sentimiento como vemos ahora cuando mirando al pasado.

 

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[1] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección: los intelectuales en la crisis de conciencia nacional” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 159.

[2] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 39.

[3] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección: los intelectuales en la crisis de conciencia nacional” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 171.

[4] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 407.

[5] José María JOVER: “Teoría y Práctica de la redistribución” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 51-52.

[6] Juan Pablo FUSI: “El estado español en el fin de siglo”, en Ibid., pp. 70.

[7] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección”, en Ibid., pp. 164-165.

[8] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 59.

[9] Ibid., pp. 265.

[10] Borja de RIQUER I PERMANYER: “La irrupción del catalanismo” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 138.

[11] Joan MARAGALL: “Problemes del día. Artícles” en Obres Completes, vol. XVII, Barcelona, 1934. Pp.73-74.

[12] Juan Pablo FUSI: “El estado español en el fin de siglo”, en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 63.

[13] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 64-65.

[14] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección”, en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 171.

[15] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 437.

[16] Ibid., pp 439.

 

LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS

Historiae

Artículo escrito por Inma Velarde López

La guerra de los Treinta Años fue un conflicto que tuvo lugar en Europa Central entre 1618 y 1648 en el que intervinieron la mayoría de las grandes potencias europeas de la época. Además, este conflicto marcó, claramente, el futuro del conjunto de Europa. Aunque inicialmente se trataba de un conflicto político confesional entre el protestantismo y la contrarreforma católica dentro del propio Sacro Imperio Romano Germánico, es indudable que la religión contribuyó a justificar ideológicamente las alianzas y la intervención paulatina de las distintas potencias europeas. Convirtiendo el conflicto en una guerra general por toda Europa, además por el motivo religioso también en búsqueda de una situación de equilibrio político o incluso alcanzar la hegemonía en el escenario europeo.

Durante el último cuarto del siglo XVI la expansión del protestantismo en el Sacro Imperio y en los territorios patrimoniales de los Habsburgo fue crucial y…

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LA CASA DE TRASTÁMARA

Artículo escrito por mi!

Historiae

Artículo escrito por Inma Velarde López, autora del blog “Inmavelo

La Casa de Trastámara fue una dinastía de origen castellano que reinó en la Corona de Castilla (1369-1555), la Corona de Aragón (1412-1555), el Reino de Navarra (1425-1479) y el Reino de Nápoles (1458-1555). Es importante remarcar que la Casa de Trastámara a partir de 1412 con el Compromiso de Caspe pasó también a reinar en Aragón, ya que Martín I el Humano murió en 1410 sin dejar descendencia. Así pues, vemos como la misma dinastía reinaba en Castilla y Aragón mucho antes de la unión matrimonial de los reyes Isabel y Fernando, conocidos como los católicos. La última monarca de esta dinastía en gobernar fue la Reina Juana I, conocida como Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, quien fue casada con Felipe I, el Hermoso. Como sabemos su hijo, Carlos, fue el primer rey hispánico de la Casa de los Austria, acabando así con la tradición

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CULTURA Y CIENCIA EN EL BARROCO

Mi colaboración en el blog Historiae!!

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Artículo escrito por Inma Velarde López

El adjetivo «barroco» se acuñó, por primera vez, para calificar de forma negativa unas formas artísticas que, en cierto modo y según los críticos de arte, degeneraban la pureza de las obras típicas del Renacimiento. En el sentido en el que eran una especia de torbellino de excesos formales y pasionales. Más tarde el término Barroco fue adquiriendo un contenido y sentido propio, denso, profundo y muy valorado finalmente que, además, nos sirve para definir una época muy compleja de la Edad Moderna en la cual se transformaron todas las manifestaciones culturales. Todo esto, hay que remarcar, debido en gran medida a las estrategias diseñadas por los grupos de poder para dominar la sociedad, añadiendo una enorme carga conceptual a estas obras de arte.

Ilustración 1 - Diego Velázquez, Las Meninas Ilustración 1 – Diego Velázquez, Las Meninas

El arte siempre ha reflejado los gustos y las ideas imperantes…

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EL ORIGEN DE LOS ESTADOS NEOHITITAS

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INTRODUCCIÓN

Tras la caída del imperio hitita como consecuencia de los sucesos desencadenados por la crisis del 1200 a.C., en la zona central de la meseta anatólica nuevas poblaciones (los frigios) se superpusieron a las antiguas, del mismo modo que la organización política y cultural retrocedió hasta el nivel de aldea. En cambio, en la zona suroriental tribus de lengua luvita e hitita lograron resistir y formaron una serie de Estados de carácter comarcal, normalmente con una ciudad por capital, pero con un extenso territorio entre montañas, los conocidos como Estados neohititas.

Mapa del Imperio Hitita entre el siglo XIV y XIII a.C. Mapa del Imperio Hitita entre el siglo XIV y XIII a.C.

LA ESCRITURA JEROGLÍFICA HITITA

La prueba más evidente que demuestra la continuidad cultural respecto al mundo del imperio hitita es la escritura “hitita jeroglífica” que los nuevos Estados neohititas heredan de sus antepasados. Aunque es cierto que esta escritura jeroglífica ya se usaba entre el siglo XV…

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¿Qué es, y qué ha sido la CULTURA?

Primero, con la Historia de las Ideas del siglo XVIII y principios del XIX la cultura estaba asociada al pensamiento, a la filosofía y a la ciencia. Los avances y cambios culturales se debían a logros individuales de figuras magistrales.

Con la llegada de Annales y los Marxistas la cultura pasó a ser un hecho inseparable de la acción, asociado esta vez a las actitudes, las creencias religiosas y/o mágicas, las mentalidades colectivas y los sentimientos. La 3r generación de Annales definió la cultura como creencia colectiva o imaginario colectivo.

Más tarde, y a partir de la eclosión de finales de los 70 de nuevas formas historiográficas, se entendió la cultura como un sistema de supervivencia en un mundo lleno de peligros reales e imaginarios, como parte indisociable de la lucha de clases, hasta llegar a entender la cultura, no solo como uno de los niveles de la actividad humana, sino como el filtro a través del cual los individuos y los grupos dan sentido al mundo, y cuya reconstrucción (tarea del historiador) resulta indispensable para entender las sociedades.