dignitas regia inmortal

Aunque el principio de monarquía dinástica y hereditaria ya estaba instaurado desde la Edad Media, las “nuevas monarquías” de la Edad Moderna se vieron obligadas a reforzar estos principios, ya que no variaban mucho de las monarquías tardo-medievales y tuvieron que poner en marcha estos mecanismos para dotarse de una autoridad más clara y poder deshacerse de la presión de las alianzas con los grandes nobles.

Para fortalecer este principio de dinastía y monarquía hereditaria se valieron de rituales funerarios y de coronación, dejando clara la idea de la dignitas regia inmortal y los dos cuerpos del Rey; el humano y el divino. Así se producía la transmisión inmediata de la autoridad al sucesor real. De esta manera también se aseguraban que los periodos interregnos dejasen de existir, lo cual evitaba enfrentamientos para conseguir la corona. Y es que, de este modo, se hacía efectiva la cualidad perpetua del poder regio, que no veía limitada su autoridad.

Los rituales reales constaban de la ceremonia de Coronación y de la Consagración, donde el Rey, además, adquiría una dimensión sobrenatural que lo acercaba a los propios Papas.

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