exigit sincerae devotionis affectus

El Santo Oficio, instaurado en 1478 por una bula de Sixto IV que daba a los Reyes Católicos poder para reprimir a judeoconversos y herejes, fue abolido por Napoleón en diciembre de 1808. Durante más de tres siglos, la Inquisición persiguió a judaizantes, disidentes, visionarios y cualquier desviado de la ortodoxia política y religiosa.

Asociada a la imagen más negativa de la Historia de España durante la Edad Moderna, la Inquisición era una institución despreciada, temida y ridiculizada allende de nuestras fronteras. Su carácter simbólico no escapó a los fines propagandísticos de los invasores franceses y no fue casual que fuera Napoleón quien anunciara su disolución. Con este gesto, el Emperador quiso dar un carácter ilustrado y modernizador a su invasión peninsular. Por ello también, por su simbología, el Santo Oficio fue restablecido por Fernando VII a su vuelta del exilio, aunque ya fue decayendo hasta que fue enterrado definitivamente en el Trienio Liberal.

La Inquisición ya existía antes de su implantación en España, pero fueron los Reyes Catolicos quienes la transformaron en un pilar del trono, para eliminar la disidencia tanto religiosa como política. Bajo la casa de Austria, la Inquisición fue responsable, también, de vigilar a los intelectuales, perseguir la brujería y cualquier conducta sexual desviada de la heterodoxia, a parte de ocuparse de forma prioritaria del complejo problema judío y converso.

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