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Manuel Albaladejo: “en geografía antigua se hace patente la necesidad de la interdisciplinariedad” — Mediterráneo Antiguo

El estudio de la geografía en la antigüedad es una de las disciplinas más apasionantes e importantes de la ciencia histórica, puesto que nos permite situar los acontecimientos en un contexto adecuado. La ardua tarea de historiadores y geógrafos como Heródoto, Estrabón, Plinio o Arriano de Nicomedia nos aporta una información indispensable para poder comprender no solo […]

a través de Manuel Albaladejo: “en geografía antigua se hace patente la necesidad de la interdisciplinariedad” — Mediterráneo Antiguo

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Reflexión sobre la crónica y la historia. Siglos XVI-XVII-XVIII. 

La Historia y su conocimiento es algo que ha preocupado al ser humano desde antiguo. Su forma de contarla y transmitirla, su metodología, ha variado mucho a lo largo del tiempo; por el contrario, los problemas que suscita siguen siendo los mismos: su objetividad/subjetividad, su utilidad/utilización, su veracidad, su supeditación al poder político, su utilización por parte de este y un largo etcétera que hace que los historiadores se planteen constantemente cómo contar la historia, y en qué fuentes basarse, para ser lo más fieles a la realidad posible. Cabría matizar que pese a este empeño los hechos del pasado nos llegan fraccionados y edulcorados, interpretándose desde el presente por lo que resulta muy complicado alcanzar un conocimiento histórico objetivo total. Todos estamos condicionados por miles de cosas y eso afecta a la percepción y al tratamiento que le damos a la Historia como bien vemos en la tesis que defiende Keith Jenkins en su obra Repensar la Historia.

Este condicionamiento no es sólo actual, y como veremos afecta a la Historia en general y a la crónica en particular. La crónica, según su propia definición, es la recopilación de hechos históricos narrados en orden cronológico. Este modo de escribir la Historia se perpetuó desde la Edad Media y era utilizado por los reyes para ensalzar sus actos, ejemplo de ellos serían las Crónicas de Alfonso X el Sabio o la Crónica de Jaime I entre muchas otras. Es la forma en que nos ha llegado la mayor parte de la Historia de nuestro territorio, teniendo en cuenta que la crónica es escrita con un motivo, por gente que supiera escribir (normalmente vinculada al mundo eclesiástico), y al amparo de unos mecenas que pudiera permitirse el lujo de pagar una crónica, como bien nos detalla Josué Villa Prieto en su artículo sobre La escritura de la Historia en la Baja Edad Media.

Esta práctica pronto se institucionalizó, y ya en el siglo XV aparece el oficio del Cronista Real a modo de funcionario, no sin sufrir una fuerte politización ante la voluntad regia. Según la documentación Juan de Mena sería el primero en ostentar este cargo en 1456. Podríamos decir que los monarcas se dieron cuenta del valor y del poder que tenía (y tiene) la historia y quisieron poner, rápidamente, a su servicio a “profesionales” que, acatando sus órdenes, escribieran o transcribieran aquello que podría favorecerlos más. En sentido foucaultiano este tipo de crónica se puede interpretar como un discurso de poder, narrativa del poder, instrumento utilizado para un fin muy concreto. Este oficio, visto desde nuestro punto de vista, estaba totalmente condicionado por el monarca y por el entorno del momento, siendo la figura del cronista la que enmarca en sí mismo todo el saber histórico, y esto podría reportar beneficios a la legitimación y justificación de actos o incluso a la justificación de la propia monarquía. Este saber histórico en estos inicios de la Edad Moderna debemos ligarlo estrechamente al conocimiento de la biografía, técnica que ha sufrido una fuerte devaluación y parece que actualmente ha sido actualizada para dar un enfoque mucho más microscópico, y no sólo basándose en una trascripción desde vida a la muerte de los personajes, sino yendo mucho más allá para aportar más datos a la Historia general.

La biografía, en este periodo que nos atañe englobaría exclusivamente a las figuras relevantes, es decir, monarcas y nobles más destacados, que les servirían para dar continuidad a esos linajes que se perpetúan en el poder. Al mismo tiempo estas biografías y crónicas eran utilizadas en la formación académica de los propios monarcas o personajes relevantes (pudiendo remontarnos hasta la antigüedad clásica con esta práctica), ya que era totalmente indispensable conocer el pasado de sus linajes y territorios que dominaban. No debemos ser ingenuos y pensar que estas biografías, agrupadas en muchas ocasiones en grandes volúmenes y remontándose hasta tiempos inmemoriales, no serían edulcoradas o falsificadas por estos mismos cronistas, a cambio de algún que otro favor, ya fuese económico o de otro tipo. Otro ejemplo de esta manipulación del pasado para un fin concreto la tenemos en el empleo de las genealogías durante los siglos XVI y XVII para ocultar la nueva ascensión y adquisición de títulos de nobleza por parte de familias humildes o de sangre conversa, como bien nos documenta y explica Enrique Soria Mesa en su libro Genealogía y poder. Pero las propias crónicas también sufrieron estas falsificaciones, son las llamadas falsificaciones cronísticas, fuertemente denunciadas por los novatores ya a comienzos del siglo XVIII, ya que como Godoy Alcántara citaba parecía que “era lícito falsear la historia cuando el honor o el interés de la patria lo exigían” y si no encontraban datos suficientes para legitimar aquello que querían legitimar, no dudaban en inventarlos.

Como he señalado el cronista era la fuente del saber histórico, la figura que daba credibilidad a los hechos y era capaz de crear una narración que diera sentido a todo orden ya establecido y capaz de agrupar territorios muy diferentes bajo un mismo monarca. Ejemplo de ello es la situación que encontramos desde los RRCC y Carlos I, en donde nace la voluntad de escribir una Historia de España que construya una identidad nacional y la refuerce en torno a la figura del monarca y de su linaje. El primero en escribir una Historia General de España fue Diego de Valera con su Crónica de España de 1481 con esta finalidad muy claramente marcada.

Pese a esta idea de politización del oficio del cronista, debemos preguntarnos cuan complicado sería escribir una historia imparcial y estar, al mismo tiempo, bajo el patrocinio de las autoridades políticas, así como preguntarnos si un historiador (de la época que sea) puede eliminar el carácter subjetivista de la propia historia. Y más aun teniendo en cuenta que en la Edad Moderna el oficio del cronista estaba estrechamente ligado al mundo eclesiástico, altamente moralizador y que sin duda aprovechó la situación y la historia para sus fines.

Con la llegada del Humanismo se tiende a buscar la justificación fuera del ámbito religioso y vemos como los eclesiásticos pierden la exclusividad de la escritura de la Historia, vemos claramente ese intento de “abandonar los aspectos primigenios de la historia eclesiástica” como anuncia Enrique García Hernán. Aparecen personajes que no están patrocinados por los monarcas y que buscan hacer otro tipo de Historia, pero el monarca seguía queriendo lo mismo de estos cronistas, así que buscaba a los que mejor podrían servirle y el cargo de cronista real recaerá siempre, por tanto, en estos eclesiásticos al servicio de la monarquía. Sin embargo, estos se vieron influenciados y en los siglos XVI y XVII los cronistas empiezan a rechazar los mitos y las fábulas que habían venido transcribiendo generación tras generación para explicar la Historia, empiezan a buscar documentación original y empiezan a investigar. Esto no debe engañarnos, ya que el hecho de que investiguen no significa que las crónicas que escribiesen estuvieran menos politizadas o fueran más reales que las anteriores.

Es aquí, a finales del siglo XVI y principios del XVII cuando aparece una figura muy relevante y a la que es necesario dedicar unas líneas de esta reflexión, ya que con él la historiografía española da un salto importante: el Jesuita Juan de Mariana, quien escribió una Historia de España que se convertiría en un clásico y dominaría el panorama durante 2 siglos y medio. La obra de Mariana, escrita en latín y luego traducida al castellano gracias a una ayuda económica de Felipe III, fue escrita por su interés personal ya que nunca fue cronista real, y buscaba reivindicar el pasado de un “linaje” o “nación” que en ese momento tenía una visión de cierto desprestigio internacional. Podríamos decir que utiliza la historia a modo de resarcir el orgullo colectivo de la “nación española”, conectando lo civil con lo eclesiástico, narrando al mismo tiempo la historia de los reinos y las biografías de los monarcas. Su forma de narrar ciertos aspectos, dando una relevancia tremendamente importante a los monarcas, ofendió a un sector de la nobleza que no veía el reconocimiento merecido a sus grandes familias. La polémica sobre la obra de Mariana fue intensa ya que sus tesis eran innovadoras y desafiantes en un contexto en el que se hablaba sin parar de historia, pero no porque hubiera un interés por conocer lo realmente ocurrido, sino porque esas “historias” eran una fuente de legitimación. Así pues, todas estas críticas le llevaron incluso a ser procesado por la Inquisición en 1609 y recluido en un convento franciscano de Madrid.

No se nos puede escapar la relación que tiene la aparición de la obra de Mariana con la imagen que se tenía de España en el siglo XVI, una imagen fuertemente asimilada a la idea que Julián Juderías llamaría mucho más tarde “Leyenda Negra” y que los historiadores extranjeros no dudaron en extender en sus historias de España. Surgiendo de esto una “indignación patriótica” que generó la creación de una serie de Apologías de España, rechazando así la crítica y reafirmando el valor de la propia historia española, así como su tradición.

Como vemos la crónica fue un instrumento utilizado por los monarcas para diferentes fines en ciertos momentos de la historia, pero también por otros sectores que vieron el poder que la Historia podía proporcionarles. Otro ejemplo de utilización, a modo anecdótico, sería cuando Felipe IV trató de reunir una serie de cronistas para que redactaran escritos que pudieran cambiar los estados de opinión de su corte, intentó cambiar climas negativos a través de un relato favorecedor del pasado para que afectara al presente.

Otro aspecto del que aún no hemos hablado pero que, creo, es de vital importancia es la idea que se tenía del cronista, entendido por aquel que narra el pasado, pero también su presente y por tanto cuenta aquello que realmente es, es decir, es puramente objetivo. En el siglo XVIII cambia esta concepción desconfiando de aquellos que fueron partícipes del hecho histórico. Un ejemplo de esto sería cuando en la Conquista de América encontramos una serie de soldados-cronistas, que según mi opinión no podrían ser imparciales y objetivos, estando de acuerdo con la crítica que Luis Vives hacía de ellos. Una persona que vive un acontecimiento lo vive desde su propia perspectiva, sin tener en cuenta otras que alguien alejado del acontecimiento propio si podría analizar más fríamente.

Sin duda estas experiencias y testimonios nos aporta muchísimos datos y son fundamentales para conocer la Historia, pero deben ser analizados teniendo en cuenta estos aspectos. Como Edward Carr plantea, deberíamos preguntarnos si existe una doble capa de subjetividad, la del testimonio propio y la nuestra ya que “los hechos de la historia nunca nos llegan en estado puro, puesto que ni existen ni pueden existir en una forma pura; siempre hay una refracción al pasar por la mente del que los recoge”.

Todo esto me plantea dudas, dudas que quizás nunca resuelva y que incluso pueden afectar a mi futura vida como historiadora: ¿podré yo ser objetiva?, ¿acaso cuando escriba algún trabajo histórico no podré desprenderme de todo lo que me envuelve y me influye?, ¿me daré cuenta?, ¿se dan cuenta los historiadores cuando dejan huella de sí mismos en sus análisis de la historia?, me gustaría pensar que sí, que uno se da cuenta de lo que hace, cómo lo hace y por qué lo hace, pero ¿es realmente evitable, podré yo evitarlo?, es más, ¿podré incluso conocer bien el pasado si he de basarme en fuentes que están altamente manipuladas como es el caso de las crónicas que hemos visto?, pienso que si entiendo la crónica como fuente y no como Historia quizás sí sea capaz. Si analizo la crónica para profundizar en el momento histórico del cronista, analizando la forma de tratar su pasado y su presente pueda aprender realmente mucho. Así como hacemos con las novelas históricas y el cine histórico, en los que analizados el contexto en el que se desarrolla la obra y su visión del hecho histórico, no analizamos el hecho histórico propiamente, sino el tratamiento que le dan.

En cada época entendemos el pasado de una forma u otra, y la propia forma de ver, entender, escribir y explicar la Historia es también un testimonio y fuente de investigación histórica. Así pues, la crónica, bajo mi punto de vista, debería ser tomada como una fuente de la que extraer ciertos datos y no como una verdadera narración Histórica.

(Juny’16)

 

ENSAYO BIBLIOGRÁFICO: EL “DESASTRE” DEL 98 Y EL PESIMISMO ESPAÑOL DURANTE EL SIGLO XX.

  • Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998.
  • Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010.

Introducción sobre ambos libros, hecho histórico y autores.

Los dos libros a tratar en este ensayo biográfico son, en primer lugar, un volumen donde se reúnen 7 conferencias sobre la significación del 98 con el título Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, realizado en 1998 con motivo del centenario de la pérdida de las últimas colonias y de la derrota frente a Estados Unidos. Este libro está coordinado por Santos Juliá, que será a quien tomaremos como referencia para el análisis y comparación con el otro libro, en este caso de Rafal Núñez Florencio. Este segundo libro titulado El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto de 2010 traza un cuadro general del pesimismo como actitud de grupo en diferentes épocas, analizando las diversas manifestaciones pesimistas de la reciente historia española.

Ambos volúmenes toman como base el conflicto bélico de 1898 entre España y los Estados Unidos, en el cual España fue derrotada perdiendo la isla de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. El resto de posesiones españolas del Extremo Oriente fueron vendidas al Imperio Alemán mediante un tratado al año siguiente, desprendiéndose por tanto de Marianas, Palaos y las Carolinas. Estos hechos provocaron en la sociedad contemporánea un sentimiento de fracaso absoluto, motivados por otros problemas que más adelante abordaremos. Este es el tema en torno al que ambos libros construyen su discurso, ese sentimiento de fracaso, esa idea fatalista y pesimista de que España había tocado fondo. Ambos libros nos exponen estas ideas de forma muy diferente, pues uno se basará en lo meramente político para entender todo este proceso, y el otro se basará en todo lo relacionado con la cultura y la sociedad de la época.

En cuanto a los autores, Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia (Especialidad Historia Contemporánea) y profesor de Filosofía (Didáctica e Historia del Pensamiento) y tiene, además de la aquí mencionada, numerosas obras relacionadas con este mismo tema como son: Tal como éramos. España hace un siglo (1998), Sol y Sangre. La imagen de España en el mundo (2001), Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (2005), en cuyos volúmenes trata de esbozar una visión del conjunto de la España de 1898, luego una imagen de España desde finales del siglo XVIII a comienzos del XIX, para acabar profundizando, en el último libro mencionado, en la percepción interna de la propia visión de los españoles del propio territorio. Finalmente, como él mismo lo anuncia, El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto es la culminación a todo esto que ha ido investigando, analizando de manera muy minuciosa y con decenas de ejemplos de autores y artistas la impronta real que tuvo ese pesimismo de España.

El otro volumen, que, como hemos dicho es un compendio de ponencias de una conferencia convocada en el Círculo de Bellas Artes por la Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, ocupándose de forma monográfica del Estado, la política y la cultura política en relación con 1898 y sus consecuencias en los años siguientes. Consta, por tanto, de varios autores como son: José María Jover, Juan Pablo Fusi, José Álvarez Junco, Teresa Carnero, Carlos Serrano, Borja de Riquer i Permanyer y Santos Juliá. Todos ellos de incuestionable peso específico en esta materia y de los cuales no hablaremos individualmente para no alargar en exceso esta introducción. Nos centraremos en la figura de Santos Juliá, además de por ser el coordinador del libro, por ser autor de numerosos trabajos sobre historia política y social de España que tanta relevancia tienen. Es doctor en Ciencias Políticas y Sociología, además de Catedrático del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED. Ha escrito publicaciones como Un siglo de España: Política y Sociedad (1999), o Historias de las dos Españas (2004), por el que recibió ese año el Premio Nacional de Historia de España, además de numerosos artículos en el que destacaré Anomalía, dolor y fracaso de España (1997) en el que trata muy a fondo el tema que ocupa a este ensayo bibliográfico. No podemos dejar de mencionar a Juan Pablo Fusi autor de El desafío de la Modernidad donde se trata el tema de si España fue un país normal o si, verdaderamente, fue un país que sufrió un fracaso tras otro.

Características comunes.

En cuanto a las características que ofrecen ambos libros y son comunes o similares destacaremos en primer lugar que ambos se posicionan en la idea de normalidad en el desarrollo de la historia de España típica de la corriente historiográfica del momento. Ambos conceden a la idea de decadencia un aura de mito o de instrumento ideológico e instan a su revisión. Ambos libros posicionan esta idea de crisis en la conciencia nacional que lleva al derrotismo sobre los intelectuales quienes escriben muchísimo sobre ello e impregnan a la sociedad de su decadencia. Estos intelectuales son aquellos “que se presentan a sí mismos como tales o a quienes la opinión pública como tales reconoce”[1] y que participaron en debates públicos en donde se solicitaba su opinión, aunque eran ignorados por los políticos. Sin embargo, el público no los ignoraba, e incluso se podría decir que los tenían mitificados. Ambos libros los describen como un ser “impelido por el papel que le tocaba desempeñar, que mantenía con frecuencia una crítica inmisericorde y adoptaba una actitud displicente, descreída, cuando no abiertamente catastrofista”[2] en donde se entiende que el intelectual regeneracionista se encontraba como representante de un rol en el que debía jugar el papel de profeta del pesimismo y el desastre de España. Es decir, utilizando un término actual, que actuaban con cierto “postureo” en donde ellos mismos llegaban a creerse ese derrotismo y esa necesidad de regeneración, ya que como expresa Valera y recoge Juliá en su trabajo: “quien aspira a regenerarse empieza por creerse degenerado”[3]. Ambos libros nos muestran a estos intelectuales plagados de un sentimiento de angustia moral ante la crisis, y que no llaman al pueblo a la acción, ni se asocian, ni exigen elecciones, simplemente protestan a modo de lamento. Y sería ésta generación del 98, generación de intelectuales, la que enarbolo la idea de decadencia y fracaso que se extendió durante varios años, que expandió la idea de la degeneración de la raza y la muerte de la nación.

La idea de rechazo y revisión a esta decadencia y a este fracaso, visible en ambos libros es matizada por Núñez cuando nos expone que Fusi habla, ya no de un fracaso, sino de un éxito. Se analizan en ambos libros como España fue un país con un desarrollo económico y político normal y comparable al resto de países de la Europa de ese momento. Ambos libros inciden en la idea de que los del 98 “inventaron una España rural, moribunda, fracasada”[4], aunque Núñez va más allá y nos advierte del peligro del péndulo, de caer en una estimación diametralmente opuesta sustituyendo el mito del fracaso por una estela de relativos éxitos. Recalcan ambos libros la idea de que el pesimismo, en todas sus formas, ha sido una constante en la sociedad española.

También desde ambos libros se nos dibuja la idea de la política exterior concebida como un fracaso permanente, al ser básicamente un “juego de diplomacia controlado por el ultimátum, el acuerdo de reparto y el tratado de garantía que podría explicar la presencia, en el año mencionado (1898), de un determinado clima de psicología colectiva no enteramente coincidente con el tan repetido pesimismo. Sino más bien con el sentimiento de riesgo indefinido que resulta, en la opinión pública, de la práctica de una diplomacia secreta”[5] lo que causa una falta de confianza y de fe en el Estado.

Núñez establece que el pesimismo es un rasgo definitorio de España del siglo XX, pero no lo atribuye exclusivamente a este tiempo ni a este país, remarca que desde el siglo XVIII la cultura española ha sido para nosotros más problemática que la cultura francesa para los franceses, pero pese a esto no hay una especificidad, al igual que remarca Fusi en su entrada que la sincronía con la evolución histórica de Portugal, España e Italia es evidente y que “habrá, pues, que concluir que la realidad política de la España de 1876-1914 no era excepcional ni anormalmente distinta de la realidad europea de esos mismos años”[6].

También es significativo remarcar que esta obsesión por la degeneración no puede, ni debe, vincularse a un acontecimiento único ni tampoco pensarse como moda y ambos libros recalcan que “venía de antes, de la multitud de informes sobre los efectos que la introducción del maquinismo y las grandes fábricas producía entre la nueva clase trabajadora […] ningún ejército vencido y derrotado ha presentado un espectáculo más lamentable que el ejército industrial triunfante. Esa población degradada y corrompida formando una masa de hombres golpeada sin piedad por la viciosa constitución de la de la industria”[7]. “Vincular esta degeneración o decadencia tan sólo a nuestro 98 constituye un reduccionismo insostenible”[8] ya que podríamos definir una decadencia tradicional y una moderna, en el caso de la primera en donde podríamos enlazar directamente con la Leyenda Negra española como base de ella: “Es la España negra, una determinada España de las tenebrosas mazmorras de Felipe II y de los oscuros ropajes inquisitoriales, la España que da lugar a la Leyenda Negra, el país retratado en los ágiles trazos de Goya, la nación del luto cotidiano o solemne, sacro y profano, de Bernarda Alba a las procesiones de la Semana Santa. En cierto modo estaríamos en una continuación o complemento de la España esperpéntica, un país que, cuando no vive esas convulsiones, goza de la paz… de los cementerios”[9].

Otro tema que tratan ambos libros es la irrupción del catalanismo en la política española como “reacción catalana ante el desastre elaborando proyectos de intervención en la política española, con el objetivo de abrir el juego político, de acabar con el nocivo sistema del turno, para así, finalmente, poder reformar el Estado y adecuado a la realidad, o realidades, sociales”[10]. Así se refleja también en la obra de Núñez cuando nos anuncia que Maragall dice que: “España ha llegado a tal punto de debilidad y decaimiento, que ni siquiera le restan fuerzas para mantener despierto su instinto de conservación; ni siquiera puede extranjerizarse”[11]. Describen el catalanismo como resultado o corolario inevitable de los errores de la política en Madrid. Tema que Núñez explota más en su libro con la idea de la decadencia del territorio y el abandono de la tierra que sufre Castilla.

Pero este tema del nacionalismo no es exclusivamente español ya que “nacionalismo y nacionalidades fueron el problema esencian de los imperios ruso, austro-húngaro y otomano entre 1860 y 1914”[12], lo que pasa es que desde la España de finales del siglo XIX se pensaba que “lo que distingue a las grandes naciones como Francia e Inglaterra es la unidad, pero la cuestión es que los españoles no hemos sabido unirnos. Divididos estábamos cuando nuestros triunfos por todo el mundo y divididos seguimos”[13]. Dejando así claro el paralelismo entre la política española y buena parte de la política europea, base en este revisionismo sobre el “desastre español” y ya de paso en el paradigma de la débil nacionalización superado ya.

Así pues, vemos que en ambos libros la idea de excepcionalidad del caso español queda totalmente descartada, además rechazando las 3 posibles interpretaciones que habían estado gravitando sobre la visión de la España contemporánea anteriormente:

  • El estereotipo romántico, forjado en torno a 1830-1840 que presentaba a España como un país trágico y dramático.
  • La idea de España como problema creada por la generación del 98 que hemos mencionado anteriormente.
  • Y las interpretaciones historiográficas excepcionalitas de Sánchez Albornoz o Américo Castro.

Diferencias significativas.

En cuanto a las características que hacen diferente estos dos libros la más destacable es el soporte político en el que se basan los debates coordinados por Juliá, contrastando con el cultural con el que se basa el libro de Núñez. En la compilación de ponencias encontramos monografías diversas que nos hablan del Estado Español como hace Fusi, de la cultura política del momento como lo hace Álvarez Junco, del sistema de partidos y parlamento como lo hace Teresa Carnero, de las oposiciones antisistema existentes en ese momento como lo hace Carlos Serrano, de la irrupción del catalanismo en la política española como lo hace Riquer i Permanyer. Sin embargo, Núñez, como filósofo que es, nos habla de melancolía, de decadencia, de abulia, de desastres, de desolación, de quijotismo, de esperpentos, de negrura, de fracaso y de desencanto en donde nos muestra más que el devenir político, las diversas manifestaciones pesimistas que se dan. Con un sinfín de ejemplos literarios y artísticos que nos llevan a entender como este grupo de intelectuales veía lo que pasaba políticamente y lo transmitía a la sociedad. Un mismo enfoque, tratado de forma y con fuentes totalmente distintas.

También cabría destacar la cronología de ambos libros que, aunque no muy separados en el tiempo, se llevan 12 años y es algo significativo. Pero lo que sin duda difiere es la intencionalidad de ambos libros. Por una parte, el volumen coordinado por Juliá busca explicar el fenómeno de la regeneración o de los intelectuales en términos de deslegitimación del sistema político. Por otro lado, Núñez quiere hacernos ver este fenómeno como una actitud de grupo y un espejo de la época, que, aunque estrechamente ligadas a las actuaciones políticas toman otro cariz desde la visión de Núñez.

En el volumen Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, menos la intervención del propio Santos Juliá, ningún otro ponente nombra a los intelectuales ni se basan en sus escritos para explicar ese opinión o sentimiento de decadencia. Sin embargo, Núñez utiliza, en todo su libro, a estos intelectuales y hace referencias constantemente a sus escritos. Incluso nombra a pintores que expresaron eso mismo con imágenes, adjuntando en el libro las imágenes pertinentes. Como vemos son dos fuentes diferentes que caracterizan uno y otro volumen.

Es evidente que no estamos tratando dos volúmenes creados de la misma forma, es decir, el libro de Núñez es en sí un libro, creado de principio a fin por el propio autor con una idea clara de cómo iba a desarrollarse en general, con unos puntos claros, una conclusión clara y una línea cronológica y temática. Sin embargo, el otro volumen es un compendio de ideas de historiadores completamente diferentes y que son reproducidas de lo dicho en las conferencias, menos en el caso del texto del profesor José María Jover, que prefirió reeditar y publicar su trabajo. Es por ello que no tiene un sentido de conjunto, pese a que tratan el mismo tema. La motivación que llevó a estos 7 conferenciantes a pronunciarse sobre este tema es la participación en el debate sobre la significación del 98 en la sociedad y en la política española, en el aniversario de la fecha. Entendiendo que son expertos y, por supuesto, han realizado otros trabajos sobre el tema. En cambio, la motivación de Núñez viene de lejos, ya que como hemos dicho en la introducción de este ensayo, no es el primer volumen que dedica a esta cuestión y este libro sirve como colofón a su investigación.

Conclusiones.

Los acontecimientos ocurridos en 1898 marcaron de forma singular el devenir de España, y sin duda han sido fruto de opiniones, debates y controversias, que incluso llegan a nosotros muchos años después. Sin embargo “si escrudiñamos la historia con intención malévola, aunque inconsciente, apenas podrá encontrarse momento ni caso histórico que no resulte deplorable ni alma de pueblo alguno que no aparezca enferma, corrompida y viciada. Pero eso no será por el hecho en sí sino por la mirada que sobre el hecho se proyecta. Si se miran las cosas de otro modo, se percibirían también junto a las miserias, las grandezas, junto a los errores, los aciertos, junto a las maldades, las virtudes”[14]. Viendo esta idea de, podríamos llamar, exageración de los males del pasado, “es normal que se haya supuesto una nueva evaluación del pasado. El peligro ahora es el de caer en una estimación diametralmente opuesta, sustituir el mito de los fracasos en una estela de relativos éxitos”[15].

Podemos concluir después de leer ambos libros que esta idea de fracasos consecutivos que estaba sufriendo, o provocando, España venía fraguándose de antes de 1898, pero que este fue el momento en el que estalló. La idea de regenerar España está ligada a una idea de degeneración ya existente. Es por ello que, como dice Juliá podríamos definir a estos intelectuales que tanto pesar sentían por la España degenerada como anti-liberales, en el sentido que construían un relato reaccionario y autoritario para “salvar España”. Es importante que ahora, con más de un siglo de distancia reevaluemos la situación real de la España de fin de siglo XIX y principio de siglo XX y nos preguntemos si esa idea de pesimismo ha sido una constante en la sociedad española como Núñez afirma y que “ha marcado decisivamente la realidad española de siglo XX, aunque no podemos hablar de cien años de depresión porque no ha habido una continuidad sombría.”[16]

Podemos entender esta idea de la decadencia como un mito, utilizado como instrumento ideológico y sobretodo político, un mito más de los muchos que hay que ayuda a distorsionar el pasado en beneficio de algunos. Este mito de decadencia podemos rastrearlo no solo para la época Contemporánea, sino también para la Moderna siendo utilizados para justificar ciertos comportamientos político, avivados, como es este caso, por toda la literatura pesimista que los intelectuales realizaron, pero también por las crónicas o “historias” escritas por los propios historiadores y/o cronistas para épocas más anteriores. Las revisiones que la historiografía de los últimos años está ejecutando son clave para hacer una historia sin mitos ni tópicos que confundan la verdadera historia. Salvando las distancias, cabría reflexionar si el momento político y económico que vivimos actualmente junto con el malestar social que existe será interpretado como una continuación de ese pesimismo latente, o si se verá reflejado en el futuro una manipulación o utilización de dicho sentimiento como vemos ahora cuando mirando al pasado.

 

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[1] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección: los intelectuales en la crisis de conciencia nacional” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 159.

[2] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 39.

[3] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección: los intelectuales en la crisis de conciencia nacional” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 171.

[4] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 407.

[5] José María JOVER: “Teoría y Práctica de la redistribución” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 51-52.

[6] Juan Pablo FUSI: “El estado español en el fin de siglo”, en Ibid., pp. 70.

[7] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección”, en Ibid., pp. 164-165.

[8] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 59.

[9] Ibid., pp. 265.

[10] Borja de RIQUER I PERMANYER: “La irrupción del catalanismo” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 138.

[11] Joan MARAGALL: “Problemes del día. Artícles” en Obres Completes, vol. XVII, Barcelona, 1934. Pp.73-74.

[12] Juan Pablo FUSI: “El estado español en el fin de siglo”, en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 63.

[13] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 64-65.

[14] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección”, en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 171.

[15] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 437.

[16] Ibid., pp 439.

 

LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS

Historiae

Artículo escrito por Inma Velarde López

La guerra de los Treinta Años fue un conflicto que tuvo lugar en Europa Central entre 1618 y 1648 en el que intervinieron la mayoría de las grandes potencias europeas de la época. Además, este conflicto marcó, claramente, el futuro del conjunto de Europa. Aunque inicialmente se trataba de un conflicto político confesional entre el protestantismo y la contrarreforma católica dentro del propio Sacro Imperio Romano Germánico, es indudable que la religión contribuyó a justificar ideológicamente las alianzas y la intervención paulatina de las distintas potencias europeas. Convirtiendo el conflicto en una guerra general por toda Europa, además por el motivo religioso también en búsqueda de una situación de equilibrio político o incluso alcanzar la hegemonía en el escenario europeo.

Durante el último cuarto del siglo XVI la expansión del protestantismo en el Sacro Imperio y en los territorios patrimoniales de los Habsburgo fue crucial y…

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LA CASA DE TRASTÁMARA

Artículo escrito por mi!

Historiae

Artículo escrito por Inma Velarde López, autora del blog “Inmavelo

La Casa de Trastámara fue una dinastía de origen castellano que reinó en la Corona de Castilla (1369-1555), la Corona de Aragón (1412-1555), el Reino de Navarra (1425-1479) y el Reino de Nápoles (1458-1555). Es importante remarcar que la Casa de Trastámara a partir de 1412 con el Compromiso de Caspe pasó también a reinar en Aragón, ya que Martín I el Humano murió en 1410 sin dejar descendencia. Así pues, vemos como la misma dinastía reinaba en Castilla y Aragón mucho antes de la unión matrimonial de los reyes Isabel y Fernando, conocidos como los católicos. La última monarca de esta dinastía en gobernar fue la Reina Juana I, conocida como Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, quien fue casada con Felipe I, el Hermoso. Como sabemos su hijo, Carlos, fue el primer rey hispánico de la Casa de los Austria, acabando así con la tradición

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CULTURA Y CIENCIA EN EL BARROCO

Mi colaboración en el blog Historiae!!

Historiae

Artículo escrito por Inma Velarde López

El adjetivo «barroco» se acuñó, por primera vez, para calificar de forma negativa unas formas artísticas que, en cierto modo y según los críticos de arte, degeneraban la pureza de las obras típicas del Renacimiento. En el sentido en el que eran una especia de torbellino de excesos formales y pasionales. Más tarde el término Barroco fue adquiriendo un contenido y sentido propio, denso, profundo y muy valorado finalmente que, además, nos sirve para definir una época muy compleja de la Edad Moderna en la cual se transformaron todas las manifestaciones culturales. Todo esto, hay que remarcar, debido en gran medida a las estrategias diseñadas por los grupos de poder para dominar la sociedad, añadiendo una enorme carga conceptual a estas obras de arte.

Ilustración 1 - Diego Velázquez, Las Meninas Ilustración 1 – Diego Velázquez, Las Meninas

El arte siempre ha reflejado los gustos y las ideas imperantes…

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EL ORIGEN DE LOS ESTADOS NEOHITITAS

Historiae

INTRODUCCIÓN

Tras la caída del imperio hitita como consecuencia de los sucesos desencadenados por la crisis del 1200 a.C., en la zona central de la meseta anatólica nuevas poblaciones (los frigios) se superpusieron a las antiguas, del mismo modo que la organización política y cultural retrocedió hasta el nivel de aldea. En cambio, en la zona suroriental tribus de lengua luvita e hitita lograron resistir y formaron una serie de Estados de carácter comarcal, normalmente con una ciudad por capital, pero con un extenso territorio entre montañas, los conocidos como Estados neohititas.

Mapa del Imperio Hitita entre el siglo XIV y XIII a.C. Mapa del Imperio Hitita entre el siglo XIV y XIII a.C.

LA ESCRITURA JEROGLÍFICA HITITA

La prueba más evidente que demuestra la continuidad cultural respecto al mundo del imperio hitita es la escritura “hitita jeroglífica” que los nuevos Estados neohititas heredan de sus antepasados. Aunque es cierto que esta escritura jeroglífica ya se usaba entre el siglo XV…

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¿Qué es, y qué ha sido la CULTURA?

Primero, con la Historia de las Ideas del siglo XVIII y principios del XIX la cultura estaba asociada al pensamiento, a la filosofía y a la ciencia. Los avances y cambios culturales se debían a logros individuales de figuras magistrales.

Con la llegada de Annales y los Marxistas la cultura pasó a ser un hecho inseparable de la acción, asociado esta vez a las actitudes, las creencias religiosas y/o mágicas, las mentalidades colectivas y los sentimientos. La 3r generación de Annales definió la cultura como creencia colectiva o imaginario colectivo.

Más tarde, y a partir de la eclosión de finales de los 70 de nuevas formas historiográficas, se entendió la cultura como un sistema de supervivencia en un mundo lleno de peligros reales e imaginarios, como parte indisociable de la lucha de clases, hasta llegar a entender la cultura, no solo como uno de los niveles de la actividad humana, sino como el filtro a través del cual los individuos y los grupos dan sentido al mundo, y cuya reconstrucción (tarea del historiador) resulta indispensable para entender las sociedades.

EL FINAL DE FERNANDO VII Y EL PROBLEMA SUCESORIO

Fernado VII
Retrato de Fernando VII con uniforme de capitán general, por Vicente López Portaña (c. 1814 – 1815). [Museo del Prado]

El año 1830 presenta un punto de inflexión entre tres perspectivas políticas. Los liberales, por un lado, que aumentaron sus expectativas de insurrección por la revolución de julio en Francia, y, por otro lado, en la cuestión dinástica se forjaron dos modelos: los realistas-carlistas y los reformistas-fernandistas (más tarde isabelinos). Fernando VII había inclinado la balanza política hacia el lado reformista, cosa que no gustó a los realistas por lo que vieron en su falta de descendencia la posibilidad de que su hermano, Carlos María Isidro de Borbón y Borbón, heredara la corona y dispusiera unas políticas más acordes con sus ideales. Cuando el 17 de mayo de 1829 fallece la tercera esposa del Rey, Amalia de Sajonia, los realistas-carlistas ven sus esperanzas casi conseguidas, pero en ese momento el Rey preparó una jugada estratégica que cambiaría totalmente el tablero de juego. El 26 de septiembre de ese mismo año, el Rey, anunciaba públicamente su compromiso con María Cristina de Borbón-Dos Sicilias con quien se casó el 11 de diciembre de 1829. Además, el 31 de marzo de 1830 promulgó la Pragmática Sanción que en 1789 su padre, Carlos IV, había aprobado sin que llegará a entrar el vigor. Esta Pragmática Sanción abolía la Ley Sálica, la ley que impedía que la sucesión de la corona recayera en una mujer. Este movimiento de Fernando VII se vio esclarecido cuando un mes después anunciaron que la reina María Cristina estaba embarazada, de este modo, el rey aseguraba que su descendiente gobernaría España, independientemente de su sexo y cerraba el paso al infante Carlos y a la oposición realista.

Para los reformistas y las elites de palacio la sucesión al trono del infante Carlos paralizaría y bloquearía las reformas, la rapidez de la boda demostraba la urgencia de un heredero y la promulgación de la pragmática con antelación al conocimiento del sexo del heredero se prestaba a dar cobertura jurídica y legitimadora a la sucesión en caso de ser de sexo femenino, como fue el caso. El 10 de octubre de 1830 nacía María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, hija y heredera legítima de Fernando VII, dejando al infante Carlos al margen de la herencia regia. La situación abrió una crisis política entre 1830 y 1833, librada sobretodo en palacio que tuvo su punto de inflexión en los sucesos de La Granja de 1832, donde las conjuras palatinas y las actividades en favor de la causa carlista llegaron a su final.

El 18 de septiembre de 1832, cuatro días después de haberse acentuado la enfermedad del rey, personajes con notable influencia en palacio, como el confesor del Rey o Francisco Tadeo Calomarde, presionan tanto al Rey como a la Reina con la velada amenaza de una guerra civil. La reina, viendo que no contaría con el apoyo de estos durante la Regencia a la muerte del rey, convence a Fernando VII para que acceda a su petición de derogar la Pragmática Sanción, y, por tanto, la validez de la Ley Sálica. Los carlistas inclinan momentáneamente, y por última vez, la balanza a su favor.

Diez días más tarde, el 28 de septiembre los reformistas y personajes de palacio vinculados a la causa isabelina recuperar terreno y consiguen la anulación de la derogación de la Pragmática Sanción y por tanto vuelven a conseguir la legitimidad de Isabel como heredera al trono. Esto supuso una irreversible consolidación de la estrategia reformista. El Gobierno quedó destituido y significó el fin político de Calomarde mientras se formaba un nuevo gobierno sin presencia de personajes ultras. El reformismo de los fernandistas adquiría un nuevo tono al desligarse de los presupuestos ultras, lo que significaba un proceso de transición. Así se acababan siete años de enfrentamientos entre ultras y reformistas, los ultras eran apartados y se plantea la negociación con los sectores liberales moderados.

Para ver este tema en profundidad analizaremos la Gaceta de Madrid, nº1 del 1 de enero de 1833 en la que se describe en un artículo de oficio la salud del Monarca: «El Rey, nuestro Señor continúa perfectamente en su convalecencia. Acompañado de su augusta Esposa la Reina nuestra Señora ha salido hoy a paseo a la una del día, […]» Sin embargo, lo más característico de este documento es el real decreto que viene a continuación. En él se describe como la Reina «por disposición del Rey, mi muy caro y amado Esposo, que para un asunto del Real servicio se presenten a S. M. las personas siguientes […]» cita a una serie de personas para que el día 31 de diciembre se reúnan en la cámara del rey quien, estando todos presentes, hace entrega de una declaración escrita de su propia mano que mandó leer a Don Francisco Fernández del Pino, notario mayor de los reinos.

En dicha declaración Fernando VII anuncia que la anterior derogación de la Pragmática Sanción realizada por él es nula y de ningún valor, alegando que se le engañó para tomar tal decisión pensando que estaba en juego la paz del reino. «La turbación y congoja de un estado, en que por instantes se me iba acabando la vida, indicarían sobradamente la indeliberación de aquel acto, si no la manifestasen su naturaleza y sus efectos. Ni como Rey pudiera Yo destruir las leyes fundamentales del reino, cuyo restablecimiento había publicado, ni como Padre pudiera con voluntad libre despojar de tan augustos y legítimos derechos a mi descendencia. Hombres desleales ó ilusos cercaron mi lecho, y abusando de mi amor y del de mi muy cara Esposa a los españoles, aumentaron su aflicción y la amargura de mi estado, asegurando que el Reino entero estaba contra la observancia de la pragmática, y ponderando los torrentes de sangre y la desolación universal que habría de producir si no quedase derogada». También insta en el hecho de que se hizo pública tal abolición, pese a que él, Fernando VII, mandó que se mantuviera en secreto hasta su muerte.

Fer y Maria Cris
Fernando VII y María Cristina paseando por los jardines de Aranjuez, en 1830. Óleo de Luis Cruz y Rios. [Museo de Bellas Artes de Asturias]

El nuevo Gobierno estaba encabezado por Francisco Cea Bermúdez como ministro de Estado, quien ya había formado parte del Gobierno anteriormente y fue el personaje encargado de consolidar esa línea de reformismo administrativo retomando la cultura política del despotismo ilustrado. En el terreno institucional la estrategia sucesoria isabelina se completaba preparando la Regencia, ante el posible fallecimiento del Monarca enfermo, con la habilitación de la reina María Cristina para que despachara con el Gobierno, elemento que vemos claramente en el documento Gaceta de Madrid, nº1 del 1 de enero de 1833 ya que es ella quien dispone los decretos. La estrategia política, visto ya el enfrentamiento directo con los carlistas que se han convertido en el enemigo principal del régimen, versará en la necesidad de sostener el Gobierno con cierto grado de apertura política. Publicarán un indulto general y un real decreto donde se establece amnistía para delitos políticos autorizando el regreso de los exiliados. Es decir, de los liberales.

En esa misma línea se creó el Ministerio de Fomento, que fue objeto de disputas y resistencias entre reformistas y ultras, como pieza institucional básica en el proceso racionalizador de la Administración. También fueron sustituidos cinco capitales generales al tiempo que aumentaban las inspecciones de las tropas regulares dirigidas al control o sustitución de mandos proclives a Carlos. Las respuestas carlistas se multiplicaron en el año 1833 con conspiraciones en palacio que se desataron aún más con la muerte del monarca. A principios de marzo de 1833 el infante Carlos preside por última vez el Consejo de Estado y sale del país, junto con la princesa de Beira, hacia Portugal, ya que se niega a jurar a su sobrina como legitima heredera.

El 20 de junio la princesa Isabel es jurada como heredera de la Corona y el 29 de septiembre fallece su padre, el Rey, definiendo el último episodio de las opciones del futuro del país: una Reina en minoría de edad, cuya Regencia recaería en manos de su madre María Cristina, hasta su relevo por Espartero en 1840. Para los realistas-carlistas una vez agotadas las estrategias palatinas ya no había ningún obstáculo ni otra estrategia que el levantamiento armado. A primeros de octubre una secuencia de sublevaciones inauguró en 1834 una guerra civil que duró siete años, cuyo discurrir influiría en una transición que derivaría en una ruptura liberal.

Para ver este tema analizaremos la Gaceta Extraordinaria de Madrid, nº119 del 29 de septiembre de 1833 donde se anuncian varios artículos de oficio emitidos por el secretario del despacho de Estado con los partes de los médicos de la cámara hablando de la salud del monarca. El primer parte corresponde al día citado por la mañana: «S.M. el REY continúa en el mismo estado que ayer, habiéndose quedado hoy en cama. Dios guarde á V. E. muchos años. Palacio 28 de septiembre de 1833. =Excmo. Sr.: =Pedro Castelló. =Manuel Damian Perez. =Sebastian Aso Travieso. =Excmo. Sr. sumiller de corps de S.M.». En el segundo parte, emitido por la tarde, se anuncia ya la muerte del soberano: «[…] mas á las tres menos cuarto sobrevino al Rey repentinamente un ataque de apoplegía tan violento y fulminante, que á los cinco minutos, sobre poco mas ó menos, terminó su preciosa existencia».

A continuación de la Gaceta se anuncia unos Reales Decretos en los que María Cristina aparece ya como Reina Gobernadora, como regente de su hija la Reina Isabel II, tal como se había dispuesto en la sucesión real. «Como REINA Gobernadora de estos Reinos, durante La menor edad de mi muy cara y amada Hija la REINA Doña ISABEL II, y para que no se detenga el despacho de los negocios del Estado por la muerte de mi muy caro Esposo y Señor El REY D. FERNANDO, que está en gloria, acaecida hoya á las tres menos quarto de la tarde, he venido en confirmar a los Secretarios de Estado Y del Despacho D. Francisco de Zea Bermudez, D. Josef de la Cruz, el conde de Ofalia, D. Juan Gualberto Gonzalez y D. Antonio Martinez, y mandar que continúen en el ejercicio de sus respectivos cargos […]». Estos cargos habían sido sustituidos en marzo y son mantenidos por la regente, por el momento, al igual que los cargos de otras autoridades del reino, «Satisfecha del buen desempeño y lealtad de las autoridades del Reino, y para que no se detenga el despacho de los negocios por la muerte de mi muy amada Esposo y Señor el Rey D. FERNANDO, que en santa gloria está: He venido como REINA Gobernadora, y en nombre de mi augusta Hija la REINA Doña ISABEL II, en confirmar á todas y á cada una de ellas, y mandar que continúen en el ejercicio de sus funciones, procurando la paz y la justicia de los pueblos que les están respectivamente encomendados […]».

La Reina Gobernadora y los reformistas se plantearon una doble opción para que se sostuviera la causa isabelina. Por un lado, la estabilización del régimen por la senda de las reformas administrativas, sin profundizar en una apertura política que ya había tenido sus límites con la amnistía y el regreso de los exiliados liberales. Por otro lado, cada vez fue adquiriendo más consistencia entre sectores de las elites militares, políticas y económicas la idea de reformismo político para sostener el régimen y la causa isabelina, evitando así el derrumbamiento del Estado. Para ello era preciso acelerar el proceso de reformas administrativas y económicas que implicaba un cierto desmantelamiento jurídico del Antiguo Régimen, orientado hacia la formación del mercado nacional y a ensayar una reforma política que introdujera cierto sistema representativo sin que cuestionara los principios absolutos y los poderes de la Corona. Y en este sentido la Regente empezó a recibir muchos consejos, a los que acabó cediendo.

El primer nombramiento de envergadura fue el de Francisco Javier de Burgos en sustitución de Ofalia el 21 de octubre de 1833 como ministro de Fomento, departamento clave del nuevo impulso reformista. Sentó las bases de la Administración pública española que recogería la centralización del Estado liberal. Mientras se planteaban las reformas la Reina Gobernadora era cada vez más sensible a las presiones que tenían como objetivo una reforma política y convocatoria de Cortes frente al inmovilismo que, en plena sublevación carlista, hacía peligrar el régimen. El planteamiento de Javier de Burgos y otros notables próximos a la Corona era el de transformar un absolutismo por mediación de un reformismo en el que confluyeran distintos sectores moderados, con un pacto de participación semi-abierto socialmente.

Finalmente, la Regente decidió cambiar el Gobierno en la dirección que le apuntaban y Cea era sustituido por Francisco Martínez de la Rosa, encargado de acoplar una apertura política en sentido moderado con un nuevo sistema político basado en el fuerte protagonismo de la Corona. La fórmula de articulación político-institucional del Estado fue el sistema hibrido del Estatuto Real, promulgado en 19 de abril de 1834.

Caballeria carlista
Carga de la caballería carlista. Obra de Ferrer-Dalmau

La guerra civil de siete años, entendida como Guerra Carlista (1833-1840), se integra plenamente en el proceso de disolución del Antiguo Régimen en España. Fue un conflicto que reorientó el rumbo de la transición pactada desde arriba, representada por el Estatuto Real, hacia la ruptura liberal y la conclusión jurídica del Antiguo Régimen. En este aspecto la insurrección carlista sobrepasa las dimensiones de una cuestión dinástica y podríamos analizarlo como la resistencia del Antiguo Régimen contra la instalación del Estado Liberal, con todas sus implicaciones sociales y económicas.

Isa
Isabel II niña. Retrato de Vicente López Portaña.
Carlos
Carlos María Isidoro. Retrato de Vicente López Portaña.

El carlismo reunió las propuestas políticas del realismo sobre todo entendidas como oposición a las fórmulas liberales y al reformismo desde el Estado Absoluto. Tuvo como base de la insurrección el voluntariado realista, pero sobre todo aglutinó un heterogéneo cuerpo social y por ello se extendió geográficamente hasta convertirse en guerra civil. El común denominador era la oposición al cambio liberal, más preocupados por un mundo estable que se cuarteaba que por legitimidades dinásticas, aunque éstas fueran percibidas como el símbolo de sus preocupaciones. En última instancia el carlismo fue la cobertura ideológica y de acción que encauzó el desasosiego de un modelo de sociedad en crisis.

A la altura de 1834-35 la Regente vio la incapacidad de ganar la guerra y empezó a cuajar la idea de que el sostenimiento de la Corona y la victoria de la guerra civil estaban asociadas a la implantación de un régimen representativo plenamente liberal. La convocatoria de Cortes fue publicada el 20 de mayo de 1834 y para tratar el tema utilizaremos la Gaceta de Madrid, nº 93 del 24 de mayo de 1934 donde aparece la Real Convocatoria de Cortes. Dicha gaceta comienza con un artículo de oficio donde se describe la buena salud de la Reina y de la Regente y a continuación se detalla la Real Convocatoria: «Doña ISABEL II, por la gracia de Dios, REINA de Castilla, de Leon, de Aragon, de las Dos-Sicilias, de Jerusalen, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, De Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Menorca, de Jaen, de los Algarhes, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, Islas y Tierra-firme del mar Océano; Archiduquesa de Austria; duquesa de Borgoña, de Brabante y de Milan; Condesa de Abspurg, Flandes, Tirol y Barcelona; Señora de Vizcaya y de Molina y en su Real nombre Doña MARIA CRISTINA DE BORBÓN, como Reina Gobernadora durante la menor edad de mi excelsa Hija, á todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed: […] he resuelto a convocar, como por la presente convoca, las Cortes Generales del Reino, que deberán congregarse en la heroica villa de Madrid el dia 24 del próximo mes de Julio,[…]».

Fue compuesta por 104 próceres natos y designados, 188 procuradores elegidos de los cuales 130 eran terratenientes, comerciales, fabricantes y procedentes de profesiones liberales, 53 empleados públicos y militares y 5 eclesiásticos. El regreso de exiliados, que se multiplicó en 1834, animó al debate y la actividad política y como dato significativo vemos como la Regente notifica en un real decreto la ampliación de la amnistía de 1832: «Deseando celebrar con un nuevo beneficio el acto solemne de convocar las Cortes Generales del Reino; he venido en ampliar, conformándome con el dictamen de mi Consejo de Ministros, el Real decreto de amnistía de 20 de octubre de 1832, derogando las excepciones en él expresadas. […]». Esto no hizo más que consolidar la ruptura liberal, ya que en 1836 se celebraron elecciones que supusieron un punto de inflexión en la transición que se estaba llevando a cabo. La apuesta radical por la vuelta a la Constitución era evidente tanto que el 13 de agosto de 1836 un decreto de la Reina Gobernadora, totalmente obligada, restablecía la Constitución de 1812.

Hay que entender que a la altura de 1836 el texto de Cádiz ofrecía acusados desfases y dificultades para su aplicación, es por ello que empezó a formarse la Constitución de 1837, que fue elaborada para encontrar un camino intermedio entre la Constitución de Cádiz y el Estatuto Real. Pero todo esto no llevó más que a una crisis, mientras que en lo militar la guerra carlista no había cesado aún. Finalmente, el 31 de agosto de 1939 se firma el Convenio de Vergara entre el general carlista Rafael Maroto y el general isabelino Baldomero Espartero que daba por concluido el conflicto con la promesa de traslada a las Cortes la cuestión del mantenimiento del régimen foral, además de aceptar la integración de oficiales y jefes carlistas en el ejército liberal.

Espartero
Baldomero Espartero, pintura de José Casado de Alisal [Galería del congreso de los Diputados]

A la muerte de Fernando VII Espartero había apoyado la causa de Isabel II y durante la primera guerra carlista el general Espartero dio muestras de sus cualidades como militar, lo que contribuyó a que acabara siendo convertirlo en un héroe nacional. El final victorioso de la guerra carlista le valió la dignidad de grande de España y el título de duque de la Victoria. Entroncando estos datos con el contexto de crisis que nos encontramos podemos vislumbrar un cruce de estrategias personales: Espartero y María Cristina, vinculados en principio a una solución progresista o moderada respectivamente. La estrategia de Espartero consistía en aprovechar el conflicto abierto por los progresistas y provocar la caída del Gobierno moderado. Por otro lado, la Regente era consciente de la delicada situación política entre la apuesta moderada por continuar su proyecto, con el que estaba ya vinculada, y las presiones de la oposición para frenar sus pretensiones.

Fue la guerra civil la que encumbró en términos militares y populares a Espartero, en 1840 su liderazgo militar estaba en condiciones de convertirse en liderazgo político. El pueblo liberal adopta en Espartero un nuevo mito de la revolución liberal, la revolución queda personificada y mitificada en una figura que parece ante los ojos del pueblo llano como el salvador, el único capaz de dar respuestas a las aspiraciones y necesidades del pueblo. Hubo intentos de atraer a Espartero a la Corona nombrándolo Ministro de Guerra, pero no dieron sus frutos e incrementarlos más las discrepancias entre ambos, especialmente acerca del papel de la Milicia Nacional y de la autonomía de los ayuntamientos. Sucesivas sublevaciones de las ciudades más importantes contra María Cristina y el levantamiento de Juntas provinciales pusieron punto final a esta situación insostenible. Espartero apoyó el alzamiento de juntas, que era donde verdaderamente residía el poder, inclinando a favor suyo la balanza. El 6 de octubre los ministros le presentan a la Regente su programa de gobierno que incorporaba la disolución de Cortes, la anulación de la ley municipal y la posibilidad de la corregencia con Espartero. Finalmente, el 12 de octubre de 1840 María Cristina de Borbón Dos-Sicilias partía hacia el exilio en Francia, y el 10 de mayo de 1841 las Cortes elegían a Espartero como regente del reino.

En octubre de 1840 el proyecto progresista y la figura del Espartero quedaron ligados, los contenidos de dicho proyecto está expuesto en claves de oposición al proyecto y a las practicas moderadas recientes, a los que se acusa de haber aceptado hipócritamente la Constitución de 1837, que habría sido desvirtuada por la presentación de los célebres proyectos de ley, imprenta, elecciones y ayuntamientos, debatidos por unas Cortes consideradas de dudosa legitimidad, ya que habían sido fruto de la intervención abusiva de la autoridad política a la hora de votar. Durante el 12 de octubre de 1840 y el 10 de mayo de 1841 en que es elegido Espartero como Regente, transcurre un período de interinidad caracterizado por el llamado ministerio-regencia provisional de Espartero. La elección de Espartero como Regente por las Cortes no fue tan unánime como hubiera deseado, su éxito político no correspondía con su éxito militar ya que no contaba con la unanimidad del partido progresista. En julio de 1843, apenas 3 años después de conseguir la Regencia, se concatenan los últimos episodios de la Regencia de Espartero. El 23 de julio, como resultado de la entrada de sublevados en Madrid, Espartero embarcaba en el Puerto de Santa María hacia el exilio británico, sufriendo el mismo destino que él mismo, en parte, había creado para la Regente anterior.

BIBLIOGRAFÍA

  • Arósegui, J., et ali. 2003, El Carlismo y las guerras carlistas. Hechos, hombres e ideas, Madrid.
  • Bahamonde, A., Martínez, J.A., 1994, Historia de España. Siglo XIX, Madrid, Cátedra.
  • Carr, R., Fusi, J.P., 2009, España 1808-2008, Barcelona, Ariel.
  • Santirso, M., 2008, Progreso y libertad: España en la Europa liberal (1830-1870), Barcelona, Ariel.

 

RECURSOS ELECTRÓNICOS

Gaceta de Madrid, nº1 del 1 de enero de 1833

Gaceta Extraordinaria de Madrid, nº119 del 29 de septiembre de 1833

Gaceta de Madrid, nº 93 del 24 de mayo de 1934