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Reflexión sobre la crónica y la historia. Siglos XVI-XVII-XVIII. 

La Historia y su conocimiento es algo que ha preocupado al ser humano desde antiguo. Su forma de contarla y transmitirla, su metodología, ha variado mucho a lo largo del tiempo; por el contrario, los problemas que suscita siguen siendo los mismos: su objetividad/subjetividad, su utilidad/utilización, su veracidad, su supeditación al poder político, su utilización por parte de este y un largo etcétera que hace que los historiadores se planteen constantemente cómo contar la historia, y en qué fuentes basarse, para ser lo más fieles a la realidad posible. Cabría matizar que pese a este empeño los hechos del pasado nos llegan fraccionados y edulcorados, interpretándose desde el presente por lo que resulta muy complicado alcanzar un conocimiento histórico objetivo total. Todos estamos condicionados por miles de cosas y eso afecta a la percepción y al tratamiento que le damos a la Historia como bien vemos en la tesis que defiende Keith Jenkins en su obra Repensar la Historia.

Este condicionamiento no es sólo actual, y como veremos afecta a la Historia en general y a la crónica en particular. La crónica, según su propia definición, es la recopilación de hechos históricos narrados en orden cronológico. Este modo de escribir la Historia se perpetuó desde la Edad Media y era utilizado por los reyes para ensalzar sus actos, ejemplo de ellos serían las Crónicas de Alfonso X el Sabio o la Crónica de Jaime I entre muchas otras. Es la forma en que nos ha llegado la mayor parte de la Historia de nuestro territorio, teniendo en cuenta que la crónica es escrita con un motivo, por gente que supiera escribir (normalmente vinculada al mundo eclesiástico), y al amparo de unos mecenas que pudiera permitirse el lujo de pagar una crónica, como bien nos detalla Josué Villa Prieto en su artículo sobre La escritura de la Historia en la Baja Edad Media.

Esta práctica pronto se institucionalizó, y ya en el siglo XV aparece el oficio del Cronista Real a modo de funcionario, no sin sufrir una fuerte politización ante la voluntad regia. Según la documentación Juan de Mena sería el primero en ostentar este cargo en 1456. Podríamos decir que los monarcas se dieron cuenta del valor y del poder que tenía (y tiene) la historia y quisieron poner, rápidamente, a su servicio a “profesionales” que, acatando sus órdenes, escribieran o transcribieran aquello que podría favorecerlos más. En sentido foucaultiano este tipo de crónica se puede interpretar como un discurso de poder, narrativa del poder, instrumento utilizado para un fin muy concreto. Este oficio, visto desde nuestro punto de vista, estaba totalmente condicionado por el monarca y por el entorno del momento, siendo la figura del cronista la que enmarca en sí mismo todo el saber histórico, y esto podría reportar beneficios a la legitimación y justificación de actos o incluso a la justificación de la propia monarquía. Este saber histórico en estos inicios de la Edad Moderna debemos ligarlo estrechamente al conocimiento de la biografía, técnica que ha sufrido una fuerte devaluación y parece que actualmente ha sido actualizada para dar un enfoque mucho más microscópico, y no sólo basándose en una trascripción desde vida a la muerte de los personajes, sino yendo mucho más allá para aportar más datos a la Historia general.

La biografía, en este periodo que nos atañe englobaría exclusivamente a las figuras relevantes, es decir, monarcas y nobles más destacados, que les servirían para dar continuidad a esos linajes que se perpetúan en el poder. Al mismo tiempo estas biografías y crónicas eran utilizadas en la formación académica de los propios monarcas o personajes relevantes (pudiendo remontarnos hasta la antigüedad clásica con esta práctica), ya que era totalmente indispensable conocer el pasado de sus linajes y territorios que dominaban. No debemos ser ingenuos y pensar que estas biografías, agrupadas en muchas ocasiones en grandes volúmenes y remontándose hasta tiempos inmemoriales, no serían edulcoradas o falsificadas por estos mismos cronistas, a cambio de algún que otro favor, ya fuese económico o de otro tipo. Otro ejemplo de esta manipulación del pasado para un fin concreto la tenemos en el empleo de las genealogías durante los siglos XVI y XVII para ocultar la nueva ascensión y adquisición de títulos de nobleza por parte de familias humildes o de sangre conversa, como bien nos documenta y explica Enrique Soria Mesa en su libro Genealogía y poder. Pero las propias crónicas también sufrieron estas falsificaciones, son las llamadas falsificaciones cronísticas, fuertemente denunciadas por los novatores ya a comienzos del siglo XVIII, ya que como Godoy Alcántara citaba parecía que “era lícito falsear la historia cuando el honor o el interés de la patria lo exigían” y si no encontraban datos suficientes para legitimar aquello que querían legitimar, no dudaban en inventarlos.

Como he señalado el cronista era la fuente del saber histórico, la figura que daba credibilidad a los hechos y era capaz de crear una narración que diera sentido a todo orden ya establecido y capaz de agrupar territorios muy diferentes bajo un mismo monarca. Ejemplo de ello es la situación que encontramos desde los RRCC y Carlos I, en donde nace la voluntad de escribir una Historia de España que construya una identidad nacional y la refuerce en torno a la figura del monarca y de su linaje. El primero en escribir una Historia General de España fue Diego de Valera con su Crónica de España de 1481 con esta finalidad muy claramente marcada.

Pese a esta idea de politización del oficio del cronista, debemos preguntarnos cuan complicado sería escribir una historia imparcial y estar, al mismo tiempo, bajo el patrocinio de las autoridades políticas, así como preguntarnos si un historiador (de la época que sea) puede eliminar el carácter subjetivista de la propia historia. Y más aun teniendo en cuenta que en la Edad Moderna el oficio del cronista estaba estrechamente ligado al mundo eclesiástico, altamente moralizador y que sin duda aprovechó la situación y la historia para sus fines.

Con la llegada del Humanismo se tiende a buscar la justificación fuera del ámbito religioso y vemos como los eclesiásticos pierden la exclusividad de la escritura de la Historia, vemos claramente ese intento de “abandonar los aspectos primigenios de la historia eclesiástica” como anuncia Enrique García Hernán. Aparecen personajes que no están patrocinados por los monarcas y que buscan hacer otro tipo de Historia, pero el monarca seguía queriendo lo mismo de estos cronistas, así que buscaba a los que mejor podrían servirle y el cargo de cronista real recaerá siempre, por tanto, en estos eclesiásticos al servicio de la monarquía. Sin embargo, estos se vieron influenciados y en los siglos XVI y XVII los cronistas empiezan a rechazar los mitos y las fábulas que habían venido transcribiendo generación tras generación para explicar la Historia, empiezan a buscar documentación original y empiezan a investigar. Esto no debe engañarnos, ya que el hecho de que investiguen no significa que las crónicas que escribiesen estuvieran menos politizadas o fueran más reales que las anteriores.

Es aquí, a finales del siglo XVI y principios del XVII cuando aparece una figura muy relevante y a la que es necesario dedicar unas líneas de esta reflexión, ya que con él la historiografía española da un salto importante: el Jesuita Juan de Mariana, quien escribió una Historia de España que se convertiría en un clásico y dominaría el panorama durante 2 siglos y medio. La obra de Mariana, escrita en latín y luego traducida al castellano gracias a una ayuda económica de Felipe III, fue escrita por su interés personal ya que nunca fue cronista real, y buscaba reivindicar el pasado de un “linaje” o “nación” que en ese momento tenía una visión de cierto desprestigio internacional. Podríamos decir que utiliza la historia a modo de resarcir el orgullo colectivo de la “nación española”, conectando lo civil con lo eclesiástico, narrando al mismo tiempo la historia de los reinos y las biografías de los monarcas. Su forma de narrar ciertos aspectos, dando una relevancia tremendamente importante a los monarcas, ofendió a un sector de la nobleza que no veía el reconocimiento merecido a sus grandes familias. La polémica sobre la obra de Mariana fue intensa ya que sus tesis eran innovadoras y desafiantes en un contexto en el que se hablaba sin parar de historia, pero no porque hubiera un interés por conocer lo realmente ocurrido, sino porque esas “historias” eran una fuente de legitimación. Así pues, todas estas críticas le llevaron incluso a ser procesado por la Inquisición en 1609 y recluido en un convento franciscano de Madrid.

No se nos puede escapar la relación que tiene la aparición de la obra de Mariana con la imagen que se tenía de España en el siglo XVI, una imagen fuertemente asimilada a la idea que Julián Juderías llamaría mucho más tarde “Leyenda Negra” y que los historiadores extranjeros no dudaron en extender en sus historias de España. Surgiendo de esto una “indignación patriótica” que generó la creación de una serie de Apologías de España, rechazando así la crítica y reafirmando el valor de la propia historia española, así como su tradición.

Como vemos la crónica fue un instrumento utilizado por los monarcas para diferentes fines en ciertos momentos de la historia, pero también por otros sectores que vieron el poder que la Historia podía proporcionarles. Otro ejemplo de utilización, a modo anecdótico, sería cuando Felipe IV trató de reunir una serie de cronistas para que redactaran escritos que pudieran cambiar los estados de opinión de su corte, intentó cambiar climas negativos a través de un relato favorecedor del pasado para que afectara al presente.

Otro aspecto del que aún no hemos hablado pero que, creo, es de vital importancia es la idea que se tenía del cronista, entendido por aquel que narra el pasado, pero también su presente y por tanto cuenta aquello que realmente es, es decir, es puramente objetivo. En el siglo XVIII cambia esta concepción desconfiando de aquellos que fueron partícipes del hecho histórico. Un ejemplo de esto sería cuando en la Conquista de América encontramos una serie de soldados-cronistas, que según mi opinión no podrían ser imparciales y objetivos, estando de acuerdo con la crítica que Luis Vives hacía de ellos. Una persona que vive un acontecimiento lo vive desde su propia perspectiva, sin tener en cuenta otras que alguien alejado del acontecimiento propio si podría analizar más fríamente.

Sin duda estas experiencias y testimonios nos aporta muchísimos datos y son fundamentales para conocer la Historia, pero deben ser analizados teniendo en cuenta estos aspectos. Como Edward Carr plantea, deberíamos preguntarnos si existe una doble capa de subjetividad, la del testimonio propio y la nuestra ya que “los hechos de la historia nunca nos llegan en estado puro, puesto que ni existen ni pueden existir en una forma pura; siempre hay una refracción al pasar por la mente del que los recoge”.

Todo esto me plantea dudas, dudas que quizás nunca resuelva y que incluso pueden afectar a mi futura vida como historiadora: ¿podré yo ser objetiva?, ¿acaso cuando escriba algún trabajo histórico no podré desprenderme de todo lo que me envuelve y me influye?, ¿me daré cuenta?, ¿se dan cuenta los historiadores cuando dejan huella de sí mismos en sus análisis de la historia?, me gustaría pensar que sí, que uno se da cuenta de lo que hace, cómo lo hace y por qué lo hace, pero ¿es realmente evitable, podré yo evitarlo?, es más, ¿podré incluso conocer bien el pasado si he de basarme en fuentes que están altamente manipuladas como es el caso de las crónicas que hemos visto?, pienso que si entiendo la crónica como fuente y no como Historia quizás sí sea capaz. Si analizo la crónica para profundizar en el momento histórico del cronista, analizando la forma de tratar su pasado y su presente pueda aprender realmente mucho. Así como hacemos con las novelas históricas y el cine histórico, en los que analizados el contexto en el que se desarrolla la obra y su visión del hecho histórico, no analizamos el hecho histórico propiamente, sino el tratamiento que le dan.

En cada época entendemos el pasado de una forma u otra, y la propia forma de ver, entender, escribir y explicar la Historia es también un testimonio y fuente de investigación histórica. Así pues, la crónica, bajo mi punto de vista, debería ser tomada como una fuente de la que extraer ciertos datos y no como una verdadera narración Histórica.

(Juny’16)

 

ENSAYO BIBLIOGRÁFICO: EL “DESASTRE” DEL 98 Y EL PESIMISMO ESPAÑOL DURANTE EL SIGLO XX.

  • Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998.
  • Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010.

Introducción sobre ambos libros, hecho histórico y autores.

Los dos libros a tratar en este ensayo biográfico son, en primer lugar, un volumen donde se reúnen 7 conferencias sobre la significación del 98 con el título Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, realizado en 1998 con motivo del centenario de la pérdida de las últimas colonias y de la derrota frente a Estados Unidos. Este libro está coordinado por Santos Juliá, que será a quien tomaremos como referencia para el análisis y comparación con el otro libro, en este caso de Rafal Núñez Florencio. Este segundo libro titulado El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto de 2010 traza un cuadro general del pesimismo como actitud de grupo en diferentes épocas, analizando las diversas manifestaciones pesimistas de la reciente historia española.

Ambos volúmenes toman como base el conflicto bélico de 1898 entre España y los Estados Unidos, en el cual España fue derrotada perdiendo la isla de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. El resto de posesiones españolas del Extremo Oriente fueron vendidas al Imperio Alemán mediante un tratado al año siguiente, desprendiéndose por tanto de Marianas, Palaos y las Carolinas. Estos hechos provocaron en la sociedad contemporánea un sentimiento de fracaso absoluto, motivados por otros problemas que más adelante abordaremos. Este es el tema en torno al que ambos libros construyen su discurso, ese sentimiento de fracaso, esa idea fatalista y pesimista de que España había tocado fondo. Ambos libros nos exponen estas ideas de forma muy diferente, pues uno se basará en lo meramente político para entender todo este proceso, y el otro se basará en todo lo relacionado con la cultura y la sociedad de la época.

En cuanto a los autores, Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia (Especialidad Historia Contemporánea) y profesor de Filosofía (Didáctica e Historia del Pensamiento) y tiene, además de la aquí mencionada, numerosas obras relacionadas con este mismo tema como son: Tal como éramos. España hace un siglo (1998), Sol y Sangre. La imagen de España en el mundo (2001), Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (2005), en cuyos volúmenes trata de esbozar una visión del conjunto de la España de 1898, luego una imagen de España desde finales del siglo XVIII a comienzos del XIX, para acabar profundizando, en el último libro mencionado, en la percepción interna de la propia visión de los españoles del propio territorio. Finalmente, como él mismo lo anuncia, El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto es la culminación a todo esto que ha ido investigando, analizando de manera muy minuciosa y con decenas de ejemplos de autores y artistas la impronta real que tuvo ese pesimismo de España.

El otro volumen, que, como hemos dicho es un compendio de ponencias de una conferencia convocada en el Círculo de Bellas Artes por la Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, ocupándose de forma monográfica del Estado, la política y la cultura política en relación con 1898 y sus consecuencias en los años siguientes. Consta, por tanto, de varios autores como son: José María Jover, Juan Pablo Fusi, José Álvarez Junco, Teresa Carnero, Carlos Serrano, Borja de Riquer i Permanyer y Santos Juliá. Todos ellos de incuestionable peso específico en esta materia y de los cuales no hablaremos individualmente para no alargar en exceso esta introducción. Nos centraremos en la figura de Santos Juliá, además de por ser el coordinador del libro, por ser autor de numerosos trabajos sobre historia política y social de España que tanta relevancia tienen. Es doctor en Ciencias Políticas y Sociología, además de Catedrático del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED. Ha escrito publicaciones como Un siglo de España: Política y Sociedad (1999), o Historias de las dos Españas (2004), por el que recibió ese año el Premio Nacional de Historia de España, además de numerosos artículos en el que destacaré Anomalía, dolor y fracaso de España (1997) en el que trata muy a fondo el tema que ocupa a este ensayo bibliográfico. No podemos dejar de mencionar a Juan Pablo Fusi autor de El desafío de la Modernidad donde se trata el tema de si España fue un país normal o si, verdaderamente, fue un país que sufrió un fracaso tras otro.

Características comunes.

En cuanto a las características que ofrecen ambos libros y son comunes o similares destacaremos en primer lugar que ambos se posicionan en la idea de normalidad en el desarrollo de la historia de España típica de la corriente historiográfica del momento. Ambos conceden a la idea de decadencia un aura de mito o de instrumento ideológico e instan a su revisión. Ambos libros posicionan esta idea de crisis en la conciencia nacional que lleva al derrotismo sobre los intelectuales quienes escriben muchísimo sobre ello e impregnan a la sociedad de su decadencia. Estos intelectuales son aquellos “que se presentan a sí mismos como tales o a quienes la opinión pública como tales reconoce”[1] y que participaron en debates públicos en donde se solicitaba su opinión, aunque eran ignorados por los políticos. Sin embargo, el público no los ignoraba, e incluso se podría decir que los tenían mitificados. Ambos libros los describen como un ser “impelido por el papel que le tocaba desempeñar, que mantenía con frecuencia una crítica inmisericorde y adoptaba una actitud displicente, descreída, cuando no abiertamente catastrofista”[2] en donde se entiende que el intelectual regeneracionista se encontraba como representante de un rol en el que debía jugar el papel de profeta del pesimismo y el desastre de España. Es decir, utilizando un término actual, que actuaban con cierto “postureo” en donde ellos mismos llegaban a creerse ese derrotismo y esa necesidad de regeneración, ya que como expresa Valera y recoge Juliá en su trabajo: “quien aspira a regenerarse empieza por creerse degenerado”[3]. Ambos libros nos muestran a estos intelectuales plagados de un sentimiento de angustia moral ante la crisis, y que no llaman al pueblo a la acción, ni se asocian, ni exigen elecciones, simplemente protestan a modo de lamento. Y sería ésta generación del 98, generación de intelectuales, la que enarbolo la idea de decadencia y fracaso que se extendió durante varios años, que expandió la idea de la degeneración de la raza y la muerte de la nación.

La idea de rechazo y revisión a esta decadencia y a este fracaso, visible en ambos libros es matizada por Núñez cuando nos expone que Fusi habla, ya no de un fracaso, sino de un éxito. Se analizan en ambos libros como España fue un país con un desarrollo económico y político normal y comparable al resto de países de la Europa de ese momento. Ambos libros inciden en la idea de que los del 98 “inventaron una España rural, moribunda, fracasada”[4], aunque Núñez va más allá y nos advierte del peligro del péndulo, de caer en una estimación diametralmente opuesta sustituyendo el mito del fracaso por una estela de relativos éxitos. Recalcan ambos libros la idea de que el pesimismo, en todas sus formas, ha sido una constante en la sociedad española.

También desde ambos libros se nos dibuja la idea de la política exterior concebida como un fracaso permanente, al ser básicamente un “juego de diplomacia controlado por el ultimátum, el acuerdo de reparto y el tratado de garantía que podría explicar la presencia, en el año mencionado (1898), de un determinado clima de psicología colectiva no enteramente coincidente con el tan repetido pesimismo. Sino más bien con el sentimiento de riesgo indefinido que resulta, en la opinión pública, de la práctica de una diplomacia secreta”[5] lo que causa una falta de confianza y de fe en el Estado.

Núñez establece que el pesimismo es un rasgo definitorio de España del siglo XX, pero no lo atribuye exclusivamente a este tiempo ni a este país, remarca que desde el siglo XVIII la cultura española ha sido para nosotros más problemática que la cultura francesa para los franceses, pero pese a esto no hay una especificidad, al igual que remarca Fusi en su entrada que la sincronía con la evolución histórica de Portugal, España e Italia es evidente y que “habrá, pues, que concluir que la realidad política de la España de 1876-1914 no era excepcional ni anormalmente distinta de la realidad europea de esos mismos años”[6].

También es significativo remarcar que esta obsesión por la degeneración no puede, ni debe, vincularse a un acontecimiento único ni tampoco pensarse como moda y ambos libros recalcan que “venía de antes, de la multitud de informes sobre los efectos que la introducción del maquinismo y las grandes fábricas producía entre la nueva clase trabajadora […] ningún ejército vencido y derrotado ha presentado un espectáculo más lamentable que el ejército industrial triunfante. Esa población degradada y corrompida formando una masa de hombres golpeada sin piedad por la viciosa constitución de la de la industria”[7]. “Vincular esta degeneración o decadencia tan sólo a nuestro 98 constituye un reduccionismo insostenible”[8] ya que podríamos definir una decadencia tradicional y una moderna, en el caso de la primera en donde podríamos enlazar directamente con la Leyenda Negra española como base de ella: “Es la España negra, una determinada España de las tenebrosas mazmorras de Felipe II y de los oscuros ropajes inquisitoriales, la España que da lugar a la Leyenda Negra, el país retratado en los ágiles trazos de Goya, la nación del luto cotidiano o solemne, sacro y profano, de Bernarda Alba a las procesiones de la Semana Santa. En cierto modo estaríamos en una continuación o complemento de la España esperpéntica, un país que, cuando no vive esas convulsiones, goza de la paz… de los cementerios”[9].

Otro tema que tratan ambos libros es la irrupción del catalanismo en la política española como “reacción catalana ante el desastre elaborando proyectos de intervención en la política española, con el objetivo de abrir el juego político, de acabar con el nocivo sistema del turno, para así, finalmente, poder reformar el Estado y adecuado a la realidad, o realidades, sociales”[10]. Así se refleja también en la obra de Núñez cuando nos anuncia que Maragall dice que: “España ha llegado a tal punto de debilidad y decaimiento, que ni siquiera le restan fuerzas para mantener despierto su instinto de conservación; ni siquiera puede extranjerizarse”[11]. Describen el catalanismo como resultado o corolario inevitable de los errores de la política en Madrid. Tema que Núñez explota más en su libro con la idea de la decadencia del territorio y el abandono de la tierra que sufre Castilla.

Pero este tema del nacionalismo no es exclusivamente español ya que “nacionalismo y nacionalidades fueron el problema esencian de los imperios ruso, austro-húngaro y otomano entre 1860 y 1914”[12], lo que pasa es que desde la España de finales del siglo XIX se pensaba que “lo que distingue a las grandes naciones como Francia e Inglaterra es la unidad, pero la cuestión es que los españoles no hemos sabido unirnos. Divididos estábamos cuando nuestros triunfos por todo el mundo y divididos seguimos”[13]. Dejando así claro el paralelismo entre la política española y buena parte de la política europea, base en este revisionismo sobre el “desastre español” y ya de paso en el paradigma de la débil nacionalización superado ya.

Así pues, vemos que en ambos libros la idea de excepcionalidad del caso español queda totalmente descartada, además rechazando las 3 posibles interpretaciones que habían estado gravitando sobre la visión de la España contemporánea anteriormente:

  • El estereotipo romántico, forjado en torno a 1830-1840 que presentaba a España como un país trágico y dramático.
  • La idea de España como problema creada por la generación del 98 que hemos mencionado anteriormente.
  • Y las interpretaciones historiográficas excepcionalitas de Sánchez Albornoz o Américo Castro.

Diferencias significativas.

En cuanto a las características que hacen diferente estos dos libros la más destacable es el soporte político en el que se basan los debates coordinados por Juliá, contrastando con el cultural con el que se basa el libro de Núñez. En la compilación de ponencias encontramos monografías diversas que nos hablan del Estado Español como hace Fusi, de la cultura política del momento como lo hace Álvarez Junco, del sistema de partidos y parlamento como lo hace Teresa Carnero, de las oposiciones antisistema existentes en ese momento como lo hace Carlos Serrano, de la irrupción del catalanismo en la política española como lo hace Riquer i Permanyer. Sin embargo, Núñez, como filósofo que es, nos habla de melancolía, de decadencia, de abulia, de desastres, de desolación, de quijotismo, de esperpentos, de negrura, de fracaso y de desencanto en donde nos muestra más que el devenir político, las diversas manifestaciones pesimistas que se dan. Con un sinfín de ejemplos literarios y artísticos que nos llevan a entender como este grupo de intelectuales veía lo que pasaba políticamente y lo transmitía a la sociedad. Un mismo enfoque, tratado de forma y con fuentes totalmente distintas.

También cabría destacar la cronología de ambos libros que, aunque no muy separados en el tiempo, se llevan 12 años y es algo significativo. Pero lo que sin duda difiere es la intencionalidad de ambos libros. Por una parte, el volumen coordinado por Juliá busca explicar el fenómeno de la regeneración o de los intelectuales en términos de deslegitimación del sistema político. Por otro lado, Núñez quiere hacernos ver este fenómeno como una actitud de grupo y un espejo de la época, que, aunque estrechamente ligadas a las actuaciones políticas toman otro cariz desde la visión de Núñez.

En el volumen Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, menos la intervención del propio Santos Juliá, ningún otro ponente nombra a los intelectuales ni se basan en sus escritos para explicar ese opinión o sentimiento de decadencia. Sin embargo, Núñez utiliza, en todo su libro, a estos intelectuales y hace referencias constantemente a sus escritos. Incluso nombra a pintores que expresaron eso mismo con imágenes, adjuntando en el libro las imágenes pertinentes. Como vemos son dos fuentes diferentes que caracterizan uno y otro volumen.

Es evidente que no estamos tratando dos volúmenes creados de la misma forma, es decir, el libro de Núñez es en sí un libro, creado de principio a fin por el propio autor con una idea clara de cómo iba a desarrollarse en general, con unos puntos claros, una conclusión clara y una línea cronológica y temática. Sin embargo, el otro volumen es un compendio de ideas de historiadores completamente diferentes y que son reproducidas de lo dicho en las conferencias, menos en el caso del texto del profesor José María Jover, que prefirió reeditar y publicar su trabajo. Es por ello que no tiene un sentido de conjunto, pese a que tratan el mismo tema. La motivación que llevó a estos 7 conferenciantes a pronunciarse sobre este tema es la participación en el debate sobre la significación del 98 en la sociedad y en la política española, en el aniversario de la fecha. Entendiendo que son expertos y, por supuesto, han realizado otros trabajos sobre el tema. En cambio, la motivación de Núñez viene de lejos, ya que como hemos dicho en la introducción de este ensayo, no es el primer volumen que dedica a esta cuestión y este libro sirve como colofón a su investigación.

Conclusiones.

Los acontecimientos ocurridos en 1898 marcaron de forma singular el devenir de España, y sin duda han sido fruto de opiniones, debates y controversias, que incluso llegan a nosotros muchos años después. Sin embargo “si escrudiñamos la historia con intención malévola, aunque inconsciente, apenas podrá encontrarse momento ni caso histórico que no resulte deplorable ni alma de pueblo alguno que no aparezca enferma, corrompida y viciada. Pero eso no será por el hecho en sí sino por la mirada que sobre el hecho se proyecta. Si se miran las cosas de otro modo, se percibirían también junto a las miserias, las grandezas, junto a los errores, los aciertos, junto a las maldades, las virtudes”[14]. Viendo esta idea de, podríamos llamar, exageración de los males del pasado, “es normal que se haya supuesto una nueva evaluación del pasado. El peligro ahora es el de caer en una estimación diametralmente opuesta, sustituir el mito de los fracasos en una estela de relativos éxitos”[15].

Podemos concluir después de leer ambos libros que esta idea de fracasos consecutivos que estaba sufriendo, o provocando, España venía fraguándose de antes de 1898, pero que este fue el momento en el que estalló. La idea de regenerar España está ligada a una idea de degeneración ya existente. Es por ello que, como dice Juliá podríamos definir a estos intelectuales que tanto pesar sentían por la España degenerada como anti-liberales, en el sentido que construían un relato reaccionario y autoritario para “salvar España”. Es importante que ahora, con más de un siglo de distancia reevaluemos la situación real de la España de fin de siglo XIX y principio de siglo XX y nos preguntemos si esa idea de pesimismo ha sido una constante en la sociedad española como Núñez afirma y que “ha marcado decisivamente la realidad española de siglo XX, aunque no podemos hablar de cien años de depresión porque no ha habido una continuidad sombría.”[16]

Podemos entender esta idea de la decadencia como un mito, utilizado como instrumento ideológico y sobretodo político, un mito más de los muchos que hay que ayuda a distorsionar el pasado en beneficio de algunos. Este mito de decadencia podemos rastrearlo no solo para la época Contemporánea, sino también para la Moderna siendo utilizados para justificar ciertos comportamientos político, avivados, como es este caso, por toda la literatura pesimista que los intelectuales realizaron, pero también por las crónicas o “historias” escritas por los propios historiadores y/o cronistas para épocas más anteriores. Las revisiones que la historiografía de los últimos años está ejecutando son clave para hacer una historia sin mitos ni tópicos que confundan la verdadera historia. Salvando las distancias, cabría reflexionar si el momento político y económico que vivimos actualmente junto con el malestar social que existe será interpretado como una continuación de ese pesimismo latente, o si se verá reflejado en el futuro una manipulación o utilización de dicho sentimiento como vemos ahora cuando mirando al pasado.

 

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[1] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección: los intelectuales en la crisis de conciencia nacional” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 159.

[2] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 39.

[3] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección: los intelectuales en la crisis de conciencia nacional” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 171.

[4] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 407.

[5] José María JOVER: “Teoría y Práctica de la redistribución” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 51-52.

[6] Juan Pablo FUSI: “El estado español en el fin de siglo”, en Ibid., pp. 70.

[7] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección”, en Ibid., pp. 164-165.

[8] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 59.

[9] Ibid., pp. 265.

[10] Borja de RIQUER I PERMANYER: “La irrupción del catalanismo” en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 138.

[11] Joan MARAGALL: “Problemes del día. Artícles” en Obres Completes, vol. XVII, Barcelona, 1934. Pp.73-74.

[12] Juan Pablo FUSI: “El estado español en el fin de siglo”, en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 63.

[13] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 64-65.

[14] Santos JULIÁ: “Retóricas de muerte y resurrección”, en Santos JULIÁ (coord.) et al.: Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política, Madrid, Consejería de Educación, 1998, pp. 171.

[15] Rafael NUÑÉZ FLORENCIO: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, Madrid, Marcial Pons, 2010, pp. 437.

[16] Ibid., pp 439.

 

¿Qué es, y qué ha sido la CULTURA?

Primero, con la Historia de las Ideas del siglo XVIII y principios del XIX la cultura estaba asociada al pensamiento, a la filosofía y a la ciencia. Los avances y cambios culturales se debían a logros individuales de figuras magistrales.

Con la llegada de Annales y los Marxistas la cultura pasó a ser un hecho inseparable de la acción, asociado esta vez a las actitudes, las creencias religiosas y/o mágicas, las mentalidades colectivas y los sentimientos. La 3r generación de Annales definió la cultura como creencia colectiva o imaginario colectivo.

Más tarde, y a partir de la eclosión de finales de los 70 de nuevas formas historiográficas, se entendió la cultura como un sistema de supervivencia en un mundo lleno de peligros reales e imaginarios, como parte indisociable de la lucha de clases, hasta llegar a entender la cultura, no solo como uno de los niveles de la actividad humana, sino como el filtro a través del cual los individuos y los grupos dan sentido al mundo, y cuya reconstrucción (tarea del historiador) resulta indispensable para entender las sociedades.

EL FINAL DE FERNANDO VII Y EL PROBLEMA SUCESORIO

Fernado VII
Retrato de Fernando VII con uniforme de capitán general, por Vicente López Portaña (c. 1814 – 1815). [Museo del Prado]

El año 1830 presenta un punto de inflexión entre tres perspectivas políticas. Los liberales, por un lado, que aumentaron sus expectativas de insurrección por la revolución de julio en Francia, y, por otro lado, en la cuestión dinástica se forjaron dos modelos: los realistas-carlistas y los reformistas-fernandistas (más tarde isabelinos). Fernando VII había inclinado la balanza política hacia el lado reformista, cosa que no gustó a los realistas por lo que vieron en su falta de descendencia la posibilidad de que su hermano, Carlos María Isidro de Borbón y Borbón, heredara la corona y dispusiera unas políticas más acordes con sus ideales. Cuando el 17 de mayo de 1829 fallece la tercera esposa del Rey, Amalia de Sajonia, los realistas-carlistas ven sus esperanzas casi conseguidas, pero en ese momento el Rey preparó una jugada estratégica que cambiaría totalmente el tablero de juego. El 26 de septiembre de ese mismo año, el Rey, anunciaba públicamente su compromiso con María Cristina de Borbón-Dos Sicilias con quien se casó el 11 de diciembre de 1829. Además, el 31 de marzo de 1830 promulgó la Pragmática Sanción que en 1789 su padre, Carlos IV, había aprobado sin que llegará a entrar el vigor. Esta Pragmática Sanción abolía la Ley Sálica, la ley que impedía que la sucesión de la corona recayera en una mujer. Este movimiento de Fernando VII se vio esclarecido cuando un mes después anunciaron que la reina María Cristina estaba embarazada, de este modo, el rey aseguraba que su descendiente gobernaría España, independientemente de su sexo y cerraba el paso al infante Carlos y a la oposición realista.

Para los reformistas y las elites de palacio la sucesión al trono del infante Carlos paralizaría y bloquearía las reformas, la rapidez de la boda demostraba la urgencia de un heredero y la promulgación de la pragmática con antelación al conocimiento del sexo del heredero se prestaba a dar cobertura jurídica y legitimadora a la sucesión en caso de ser de sexo femenino, como fue el caso. El 10 de octubre de 1830 nacía María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, hija y heredera legítima de Fernando VII, dejando al infante Carlos al margen de la herencia regia. La situación abrió una crisis política entre 1830 y 1833, librada sobretodo en palacio que tuvo su punto de inflexión en los sucesos de La Granja de 1832, donde las conjuras palatinas y las actividades en favor de la causa carlista llegaron a su final.

El 18 de septiembre de 1832, cuatro días después de haberse acentuado la enfermedad del rey, personajes con notable influencia en palacio, como el confesor del Rey o Francisco Tadeo Calomarde, presionan tanto al Rey como a la Reina con la velada amenaza de una guerra civil. La reina, viendo que no contaría con el apoyo de estos durante la Regencia a la muerte del rey, convence a Fernando VII para que acceda a su petición de derogar la Pragmática Sanción, y, por tanto, la validez de la Ley Sálica. Los carlistas inclinan momentáneamente, y por última vez, la balanza a su favor.

Diez días más tarde, el 28 de septiembre los reformistas y personajes de palacio vinculados a la causa isabelina recuperar terreno y consiguen la anulación de la derogación de la Pragmática Sanción y por tanto vuelven a conseguir la legitimidad de Isabel como heredera al trono. Esto supuso una irreversible consolidación de la estrategia reformista. El Gobierno quedó destituido y significó el fin político de Calomarde mientras se formaba un nuevo gobierno sin presencia de personajes ultras. El reformismo de los fernandistas adquiría un nuevo tono al desligarse de los presupuestos ultras, lo que significaba un proceso de transición. Así se acababan siete años de enfrentamientos entre ultras y reformistas, los ultras eran apartados y se plantea la negociación con los sectores liberales moderados.

Para ver este tema en profundidad analizaremos la Gaceta de Madrid, nº1 del 1 de enero de 1833 en la que se describe en un artículo de oficio la salud del Monarca: «El Rey, nuestro Señor continúa perfectamente en su convalecencia. Acompañado de su augusta Esposa la Reina nuestra Señora ha salido hoy a paseo a la una del día, […]» Sin embargo, lo más característico de este documento es el real decreto que viene a continuación. En él se describe como la Reina «por disposición del Rey, mi muy caro y amado Esposo, que para un asunto del Real servicio se presenten a S. M. las personas siguientes […]» cita a una serie de personas para que el día 31 de diciembre se reúnan en la cámara del rey quien, estando todos presentes, hace entrega de una declaración escrita de su propia mano que mandó leer a Don Francisco Fernández del Pino, notario mayor de los reinos.

En dicha declaración Fernando VII anuncia que la anterior derogación de la Pragmática Sanción realizada por él es nula y de ningún valor, alegando que se le engañó para tomar tal decisión pensando que estaba en juego la paz del reino. «La turbación y congoja de un estado, en que por instantes se me iba acabando la vida, indicarían sobradamente la indeliberación de aquel acto, si no la manifestasen su naturaleza y sus efectos. Ni como Rey pudiera Yo destruir las leyes fundamentales del reino, cuyo restablecimiento había publicado, ni como Padre pudiera con voluntad libre despojar de tan augustos y legítimos derechos a mi descendencia. Hombres desleales ó ilusos cercaron mi lecho, y abusando de mi amor y del de mi muy cara Esposa a los españoles, aumentaron su aflicción y la amargura de mi estado, asegurando que el Reino entero estaba contra la observancia de la pragmática, y ponderando los torrentes de sangre y la desolación universal que habría de producir si no quedase derogada». También insta en el hecho de que se hizo pública tal abolición, pese a que él, Fernando VII, mandó que se mantuviera en secreto hasta su muerte.

Fer y Maria Cris
Fernando VII y María Cristina paseando por los jardines de Aranjuez, en 1830. Óleo de Luis Cruz y Rios. [Museo de Bellas Artes de Asturias]

El nuevo Gobierno estaba encabezado por Francisco Cea Bermúdez como ministro de Estado, quien ya había formado parte del Gobierno anteriormente y fue el personaje encargado de consolidar esa línea de reformismo administrativo retomando la cultura política del despotismo ilustrado. En el terreno institucional la estrategia sucesoria isabelina se completaba preparando la Regencia, ante el posible fallecimiento del Monarca enfermo, con la habilitación de la reina María Cristina para que despachara con el Gobierno, elemento que vemos claramente en el documento Gaceta de Madrid, nº1 del 1 de enero de 1833 ya que es ella quien dispone los decretos. La estrategia política, visto ya el enfrentamiento directo con los carlistas que se han convertido en el enemigo principal del régimen, versará en la necesidad de sostener el Gobierno con cierto grado de apertura política. Publicarán un indulto general y un real decreto donde se establece amnistía para delitos políticos autorizando el regreso de los exiliados. Es decir, de los liberales.

En esa misma línea se creó el Ministerio de Fomento, que fue objeto de disputas y resistencias entre reformistas y ultras, como pieza institucional básica en el proceso racionalizador de la Administración. También fueron sustituidos cinco capitales generales al tiempo que aumentaban las inspecciones de las tropas regulares dirigidas al control o sustitución de mandos proclives a Carlos. Las respuestas carlistas se multiplicaron en el año 1833 con conspiraciones en palacio que se desataron aún más con la muerte del monarca. A principios de marzo de 1833 el infante Carlos preside por última vez el Consejo de Estado y sale del país, junto con la princesa de Beira, hacia Portugal, ya que se niega a jurar a su sobrina como legitima heredera.

El 20 de junio la princesa Isabel es jurada como heredera de la Corona y el 29 de septiembre fallece su padre, el Rey, definiendo el último episodio de las opciones del futuro del país: una Reina en minoría de edad, cuya Regencia recaería en manos de su madre María Cristina, hasta su relevo por Espartero en 1840. Para los realistas-carlistas una vez agotadas las estrategias palatinas ya no había ningún obstáculo ni otra estrategia que el levantamiento armado. A primeros de octubre una secuencia de sublevaciones inauguró en 1834 una guerra civil que duró siete años, cuyo discurrir influiría en una transición que derivaría en una ruptura liberal.

Para ver este tema analizaremos la Gaceta Extraordinaria de Madrid, nº119 del 29 de septiembre de 1833 donde se anuncian varios artículos de oficio emitidos por el secretario del despacho de Estado con los partes de los médicos de la cámara hablando de la salud del monarca. El primer parte corresponde al día citado por la mañana: «S.M. el REY continúa en el mismo estado que ayer, habiéndose quedado hoy en cama. Dios guarde á V. E. muchos años. Palacio 28 de septiembre de 1833. =Excmo. Sr.: =Pedro Castelló. =Manuel Damian Perez. =Sebastian Aso Travieso. =Excmo. Sr. sumiller de corps de S.M.». En el segundo parte, emitido por la tarde, se anuncia ya la muerte del soberano: «[…] mas á las tres menos cuarto sobrevino al Rey repentinamente un ataque de apoplegía tan violento y fulminante, que á los cinco minutos, sobre poco mas ó menos, terminó su preciosa existencia».

A continuación de la Gaceta se anuncia unos Reales Decretos en los que María Cristina aparece ya como Reina Gobernadora, como regente de su hija la Reina Isabel II, tal como se había dispuesto en la sucesión real. «Como REINA Gobernadora de estos Reinos, durante La menor edad de mi muy cara y amada Hija la REINA Doña ISABEL II, y para que no se detenga el despacho de los negocios del Estado por la muerte de mi muy caro Esposo y Señor El REY D. FERNANDO, que está en gloria, acaecida hoya á las tres menos quarto de la tarde, he venido en confirmar a los Secretarios de Estado Y del Despacho D. Francisco de Zea Bermudez, D. Josef de la Cruz, el conde de Ofalia, D. Juan Gualberto Gonzalez y D. Antonio Martinez, y mandar que continúen en el ejercicio de sus respectivos cargos […]». Estos cargos habían sido sustituidos en marzo y son mantenidos por la regente, por el momento, al igual que los cargos de otras autoridades del reino, «Satisfecha del buen desempeño y lealtad de las autoridades del Reino, y para que no se detenga el despacho de los negocios por la muerte de mi muy amada Esposo y Señor el Rey D. FERNANDO, que en santa gloria está: He venido como REINA Gobernadora, y en nombre de mi augusta Hija la REINA Doña ISABEL II, en confirmar á todas y á cada una de ellas, y mandar que continúen en el ejercicio de sus funciones, procurando la paz y la justicia de los pueblos que les están respectivamente encomendados […]».

La Reina Gobernadora y los reformistas se plantearon una doble opción para que se sostuviera la causa isabelina. Por un lado, la estabilización del régimen por la senda de las reformas administrativas, sin profundizar en una apertura política que ya había tenido sus límites con la amnistía y el regreso de los exiliados liberales. Por otro lado, cada vez fue adquiriendo más consistencia entre sectores de las elites militares, políticas y económicas la idea de reformismo político para sostener el régimen y la causa isabelina, evitando así el derrumbamiento del Estado. Para ello era preciso acelerar el proceso de reformas administrativas y económicas que implicaba un cierto desmantelamiento jurídico del Antiguo Régimen, orientado hacia la formación del mercado nacional y a ensayar una reforma política que introdujera cierto sistema representativo sin que cuestionara los principios absolutos y los poderes de la Corona. Y en este sentido la Regente empezó a recibir muchos consejos, a los que acabó cediendo.

El primer nombramiento de envergadura fue el de Francisco Javier de Burgos en sustitución de Ofalia el 21 de octubre de 1833 como ministro de Fomento, departamento clave del nuevo impulso reformista. Sentó las bases de la Administración pública española que recogería la centralización del Estado liberal. Mientras se planteaban las reformas la Reina Gobernadora era cada vez más sensible a las presiones que tenían como objetivo una reforma política y convocatoria de Cortes frente al inmovilismo que, en plena sublevación carlista, hacía peligrar el régimen. El planteamiento de Javier de Burgos y otros notables próximos a la Corona era el de transformar un absolutismo por mediación de un reformismo en el que confluyeran distintos sectores moderados, con un pacto de participación semi-abierto socialmente.

Finalmente, la Regente decidió cambiar el Gobierno en la dirección que le apuntaban y Cea era sustituido por Francisco Martínez de la Rosa, encargado de acoplar una apertura política en sentido moderado con un nuevo sistema político basado en el fuerte protagonismo de la Corona. La fórmula de articulación político-institucional del Estado fue el sistema hibrido del Estatuto Real, promulgado en 19 de abril de 1834.

Caballeria carlista
Carga de la caballería carlista. Obra de Ferrer-Dalmau

La guerra civil de siete años, entendida como Guerra Carlista (1833-1840), se integra plenamente en el proceso de disolución del Antiguo Régimen en España. Fue un conflicto que reorientó el rumbo de la transición pactada desde arriba, representada por el Estatuto Real, hacia la ruptura liberal y la conclusión jurídica del Antiguo Régimen. En este aspecto la insurrección carlista sobrepasa las dimensiones de una cuestión dinástica y podríamos analizarlo como la resistencia del Antiguo Régimen contra la instalación del Estado Liberal, con todas sus implicaciones sociales y económicas.

Isa
Isabel II niña. Retrato de Vicente López Portaña.
Carlos
Carlos María Isidoro. Retrato de Vicente López Portaña.

El carlismo reunió las propuestas políticas del realismo sobre todo entendidas como oposición a las fórmulas liberales y al reformismo desde el Estado Absoluto. Tuvo como base de la insurrección el voluntariado realista, pero sobre todo aglutinó un heterogéneo cuerpo social y por ello se extendió geográficamente hasta convertirse en guerra civil. El común denominador era la oposición al cambio liberal, más preocupados por un mundo estable que se cuarteaba que por legitimidades dinásticas, aunque éstas fueran percibidas como el símbolo de sus preocupaciones. En última instancia el carlismo fue la cobertura ideológica y de acción que encauzó el desasosiego de un modelo de sociedad en crisis.

A la altura de 1834-35 la Regente vio la incapacidad de ganar la guerra y empezó a cuajar la idea de que el sostenimiento de la Corona y la victoria de la guerra civil estaban asociadas a la implantación de un régimen representativo plenamente liberal. La convocatoria de Cortes fue publicada el 20 de mayo de 1834 y para tratar el tema utilizaremos la Gaceta de Madrid, nº 93 del 24 de mayo de 1934 donde aparece la Real Convocatoria de Cortes. Dicha gaceta comienza con un artículo de oficio donde se describe la buena salud de la Reina y de la Regente y a continuación se detalla la Real Convocatoria: «Doña ISABEL II, por la gracia de Dios, REINA de Castilla, de Leon, de Aragon, de las Dos-Sicilias, de Jerusalen, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, De Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Menorca, de Jaen, de los Algarhes, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, Islas y Tierra-firme del mar Océano; Archiduquesa de Austria; duquesa de Borgoña, de Brabante y de Milan; Condesa de Abspurg, Flandes, Tirol y Barcelona; Señora de Vizcaya y de Molina y en su Real nombre Doña MARIA CRISTINA DE BORBÓN, como Reina Gobernadora durante la menor edad de mi excelsa Hija, á todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed: […] he resuelto a convocar, como por la presente convoca, las Cortes Generales del Reino, que deberán congregarse en la heroica villa de Madrid el dia 24 del próximo mes de Julio,[…]».

Fue compuesta por 104 próceres natos y designados, 188 procuradores elegidos de los cuales 130 eran terratenientes, comerciales, fabricantes y procedentes de profesiones liberales, 53 empleados públicos y militares y 5 eclesiásticos. El regreso de exiliados, que se multiplicó en 1834, animó al debate y la actividad política y como dato significativo vemos como la Regente notifica en un real decreto la ampliación de la amnistía de 1832: «Deseando celebrar con un nuevo beneficio el acto solemne de convocar las Cortes Generales del Reino; he venido en ampliar, conformándome con el dictamen de mi Consejo de Ministros, el Real decreto de amnistía de 20 de octubre de 1832, derogando las excepciones en él expresadas. […]». Esto no hizo más que consolidar la ruptura liberal, ya que en 1836 se celebraron elecciones que supusieron un punto de inflexión en la transición que se estaba llevando a cabo. La apuesta radical por la vuelta a la Constitución era evidente tanto que el 13 de agosto de 1836 un decreto de la Reina Gobernadora, totalmente obligada, restablecía la Constitución de 1812.

Hay que entender que a la altura de 1836 el texto de Cádiz ofrecía acusados desfases y dificultades para su aplicación, es por ello que empezó a formarse la Constitución de 1837, que fue elaborada para encontrar un camino intermedio entre la Constitución de Cádiz y el Estatuto Real. Pero todo esto no llevó más que a una crisis, mientras que en lo militar la guerra carlista no había cesado aún. Finalmente, el 31 de agosto de 1939 se firma el Convenio de Vergara entre el general carlista Rafael Maroto y el general isabelino Baldomero Espartero que daba por concluido el conflicto con la promesa de traslada a las Cortes la cuestión del mantenimiento del régimen foral, además de aceptar la integración de oficiales y jefes carlistas en el ejército liberal.

Espartero
Baldomero Espartero, pintura de José Casado de Alisal [Galería del congreso de los Diputados]

A la muerte de Fernando VII Espartero había apoyado la causa de Isabel II y durante la primera guerra carlista el general Espartero dio muestras de sus cualidades como militar, lo que contribuyó a que acabara siendo convertirlo en un héroe nacional. El final victorioso de la guerra carlista le valió la dignidad de grande de España y el título de duque de la Victoria. Entroncando estos datos con el contexto de crisis que nos encontramos podemos vislumbrar un cruce de estrategias personales: Espartero y María Cristina, vinculados en principio a una solución progresista o moderada respectivamente. La estrategia de Espartero consistía en aprovechar el conflicto abierto por los progresistas y provocar la caída del Gobierno moderado. Por otro lado, la Regente era consciente de la delicada situación política entre la apuesta moderada por continuar su proyecto, con el que estaba ya vinculada, y las presiones de la oposición para frenar sus pretensiones.

Fue la guerra civil la que encumbró en términos militares y populares a Espartero, en 1840 su liderazgo militar estaba en condiciones de convertirse en liderazgo político. El pueblo liberal adopta en Espartero un nuevo mito de la revolución liberal, la revolución queda personificada y mitificada en una figura que parece ante los ojos del pueblo llano como el salvador, el único capaz de dar respuestas a las aspiraciones y necesidades del pueblo. Hubo intentos de atraer a Espartero a la Corona nombrándolo Ministro de Guerra, pero no dieron sus frutos e incrementarlos más las discrepancias entre ambos, especialmente acerca del papel de la Milicia Nacional y de la autonomía de los ayuntamientos. Sucesivas sublevaciones de las ciudades más importantes contra María Cristina y el levantamiento de Juntas provinciales pusieron punto final a esta situación insostenible. Espartero apoyó el alzamiento de juntas, que era donde verdaderamente residía el poder, inclinando a favor suyo la balanza. El 6 de octubre los ministros le presentan a la Regente su programa de gobierno que incorporaba la disolución de Cortes, la anulación de la ley municipal y la posibilidad de la corregencia con Espartero. Finalmente, el 12 de octubre de 1840 María Cristina de Borbón Dos-Sicilias partía hacia el exilio en Francia, y el 10 de mayo de 1841 las Cortes elegían a Espartero como regente del reino.

En octubre de 1840 el proyecto progresista y la figura del Espartero quedaron ligados, los contenidos de dicho proyecto está expuesto en claves de oposición al proyecto y a las practicas moderadas recientes, a los que se acusa de haber aceptado hipócritamente la Constitución de 1837, que habría sido desvirtuada por la presentación de los célebres proyectos de ley, imprenta, elecciones y ayuntamientos, debatidos por unas Cortes consideradas de dudosa legitimidad, ya que habían sido fruto de la intervención abusiva de la autoridad política a la hora de votar. Durante el 12 de octubre de 1840 y el 10 de mayo de 1841 en que es elegido Espartero como Regente, transcurre un período de interinidad caracterizado por el llamado ministerio-regencia provisional de Espartero. La elección de Espartero como Regente por las Cortes no fue tan unánime como hubiera deseado, su éxito político no correspondía con su éxito militar ya que no contaba con la unanimidad del partido progresista. En julio de 1843, apenas 3 años después de conseguir la Regencia, se concatenan los últimos episodios de la Regencia de Espartero. El 23 de julio, como resultado de la entrada de sublevados en Madrid, Espartero embarcaba en el Puerto de Santa María hacia el exilio británico, sufriendo el mismo destino que él mismo, en parte, había creado para la Regente anterior.

BIBLIOGRAFÍA

  • Arósegui, J., et ali. 2003, El Carlismo y las guerras carlistas. Hechos, hombres e ideas, Madrid.
  • Bahamonde, A., Martínez, J.A., 1994, Historia de España. Siglo XIX, Madrid, Cátedra.
  • Carr, R., Fusi, J.P., 2009, España 1808-2008, Barcelona, Ariel.
  • Santirso, M., 2008, Progreso y libertad: España en la Europa liberal (1830-1870), Barcelona, Ariel.

 

RECURSOS ELECTRÓNICOS

Gaceta de Madrid, nº1 del 1 de enero de 1833

Gaceta Extraordinaria de Madrid, nº119 del 29 de septiembre de 1833

Gaceta de Madrid, nº 93 del 24 de mayo de 1934

 

Hibridismo Cultural. Burke

(Peter Burke, 2010, Hibridismo Cultural ) «El análisis de nuestra cultural pasada, presente y futura que más me convence es el que predice el advenimiento de un orden nuevo, la formación de nuevos oicotipos, la cristalización de formas novedosas, la reconfiguración de las culturas: la creolitización del mundo»

La obra de Peter Burke, Hibridismo cultural: Reflexiones sobre teoría e historia, se enmarca en la larga trayectoria de uno de los mejores historiadores de las últimas décadas y que plantea, en forma de ensayo, la necesidad de conectar varias tradiciones disciplinares para articular una historia global de la cultura y de la sociedad. Tal como recoge en palabras del propio Burke la historiadora María José del Río Barredo, en el estudio preliminar de 2010 a la obra de dicho autor, «esperemos que una aproximación más global a la historia y a la teoría social se hará más común en un futuro no muy lejano, no solo estudiando el proceso de hibridación cultural, sino también ejemplificándolo», el autor se plantea analiza las mezclas adquiridas por contacto o de forma totalmente inconsciente ampliando el campo geográfico de análisis de la historia en un intento por abarcar de manera total y coherente la cultura europea «en tanto que conjunto de conexiones entre diferentes dimensiones culturales así como las nuevas realidades que emergen de las fusiones, sincretismos y traducción de visiones de mundo distintas». Del Río Barredo revisa, a partir de las influencias que Burke toma de Annales, los textos que produce el historiador en su vida hasta llegar al giro metodológico e investigativo en el que se orienta a los encuentros culturales, a la consideración visual de la cultura como bricolaje y que darán como fruto este ensayo.

Entendemos, por tanto, que se trata de una obra dentro de la tendencia historiográfica de la Historia Global. «El término historia global no sólo es intrigante, sino también arrogante. Intrigante porque captura una parte importante de aquello que ocurre en el mundo en torno a nosotros, y es arrogante porque suena tan rimbombante y parece violar el consejo de que lo pequeño es bello y que el trabajo histórico inicial debe ser estrecho focalizado y basado en una investigación original». Detrás del interés que ha despertado la historia global se encuentran numerosos factores. Algunos obedecen a transformaciones que han experimentado las sociedades contemporáneas, y otros a desarrollos que ha sufrido el conjunto de las ciencias sociales. El interés por la historia global constituye un retorno a las grandes síntesis, pero a diferencia de las viejas historias universales procuran trascender el eurocentrismo abarcando grandes unidades espaciales, tal como vemos en la obra de Burke.

Burke utiliza los diversos valores, percepciones, mentalidades, actitudes características de las culturas más relevantes del planeta (ya que la extensión geográfica de la obra abarcaría su práctica totalidad y, además, en diferentes periodos históricos), llegando incluso a analizar las tesis existentes sobre la realidad actual, para hacernos ver la complejidad y la cantidad de elementos que entran en juego en aquello que denominamos Hibridismo Cultural. El ensayo de Burke está estructurado en 5 grandes partes en las que intenta responder a cuestiones concretas:

1) DIVERSIDAD DE OBJETOS: En este primer apartado Burke nos habla de artefactos, textos, prácticas e incluso de pueblos híbridos, desplegando ejemplos de hibridación de aspectos culturales en campos como la arquitectura, la literatura, las religiones, etc. que nos muestran como en el transcurrir de los años esta mezcla entre culturas se ha venido realizando casi sin percibirla. En algunos casos, como indica el autor, esta mezcla ha sido impuesta a la fuerza, pero en otros se han asimilado conceptos, ritos, palabras o monumentos de forma totalmente involuntaria.

2) DIVERSIDAD TERMINOLÓGICA: En la segunda sección de este ensayo Burke nos expone, nuevamente con numerosos ejemplos de ello, términos que intentan explicar este proceso de Hibridación Cultural tales como: imitación, apropiación, acomodación, mezcla, sincretismo, creolización o criollización, etc. El autor es consciente, y así lo expone, de que el lenguaje es la expresión de múltiples conexiones culturales propiamente y que hay que ser conscientes de la acción humana en esta hibridación y por ello tener en consideración todas las formas que los seres humanos utilizamos para referirnos a este proceso.

3) DIVERSIDAD DE SITUACIONES: Este apartado estudia los contextos y situaciones en los que estos encuentros o mezclas culturales han tenido lugar, y las diversas formas en que esta hibridación se da. Por ejemplo, puede darse en encuentros culturales entre sujetos que tienen el mismo poder y entre sujetos que están supeditados a los otros; otros casos en los que hay culturas con tradiciones más fuertemente arraigadas que otras en las que son más débiles; otro encuentro entre pueblos distintos que juegan el rol de metrópoli o de frontera entre culturas; y un último ejemplo en el que las clases sociales juegan un papel cultural tal que llegan a diferenciarse del resto de clases.

4) DIVERSIDAD DE REACCIONES: En la cuarta sección de la obra el autor se interroga sobre las consecuencias que tiene, y/o han tenido, estos los intercambios culturales. En esta instancia el historiador diseña cuatro tipos de estrategias o escenarios posibles como la Moda de lo Extranjero, la Resistencia, la Purificación Cultural y la Segregación cultural. Todas estas estrategias son eruditamente documentadas por Burke poniendo siempre el énfasis en los procesos de adaptación que estas mismas implican. Respecto a las reacciones Burke nos habla de aceptación, rechazo, segregación y adaptación ejemplificando cada una de ellas nuevamente con gran erudición.

5) DIVERSIDAD DE RESULTADOS: en este último apartado Burke hace una reflexión final en la que nos expone su preocupación por el encuentro de las culturas en el contexto actual de un mundo totalmente globalizado y nos habla de las consecuencias a largo plazo de esta interacción cultural que no deja de sucederse. El autor nos expone cuatro tesis o escenarios finales en que derivarían las culturas del planeta: Homogenización Cultural, Antiglobalización, Disglosia Cultural y Creolización del Mundo. Finalmente Burke nos advierte que nosotros mismos estamos siendo testigos del surgimiento de un nuevo tipo de orden cultural.

Teniendo en cuenta que cuando Burke escribe el libro en 2010 se trata de un momento en el que el post-colonialismo y el hibridismo cultural aparecen como temas formales de estudio no es de extrañar que un historiador cultural como él se interese en este tema de estudio. Para ello se basa en numerosa bibliografía de teóricos culturales (tanto historiadores como antropólogos) de muy diversas nacionalidades, y también en muchos de sus propios libros, ya que él mismo es un referente claro en el tema. El ensayo está plagado de ejemplos muy explícitos que ilustran los conceptos que Burke nos va dando y que hacen muy ameno y entendible el tema, que por otro lado es bastante complejo y extendido. Al estar estructurado el libro en planteamientos diversos que conducen hasta llegar a una posible conclusión o escenario final, el libro resulta un viaje interesante sobre las culturas, las mezclas entre ellas y las evoluciones de las mismas. La cultura, entendida en su sentido amplio, engloba todo aquello que caracteriza a las personas: lenguaje, tradiciones, arquitectura, decoración, alimentación, vestimenta, religión, música, celebraciones, y un largo etc., y son todas estas características las que Burke enumera y ejemplifica para hacernos ver lo complejo que resulta hablar de una cultura concreta en la que hay que tener siempre en cuenta todos estos procesos de encuentros que se dan a lo largo de la historia.

Posiblemente no haya nadie mejor que Burke para tratar este tema quien desde su nacimiento en 1937 en el seno de una familia de recientes inmigrantes, ha vivido esta mezcla cultural en sus propias carnes. Su padre fue un católico irlandés y su madre una judía de origen lituano/polaco, además del bagaje histórico-cultural que el propio Burke ha cosechado en sus años de aprendizaje y que lo han convertido en todo un referente en historia cultural. El libro, indudablemente, nos hace pensar. Y aunque no tengamos la capacidad de Burke para analizar los procesos de intercambio cultural, nos los describe tan explícitamente que es imposible no hacerse una idea. Cuando Burke nos habla de la actualidad y la “americanización” de la cultura o del “efecto Coca-Cola” es imposible no sentir en nuestra propia carne esa homogeneización cultural de la que nos habla. Y es por eso que el libro nos hace pensar, reflexionar sobre nosotros mismos y “nuestra cultura”, aquellas cosas que creemos tan nuestras y que en verdad son fruto de mezclas que nuestros antepasados vivieron, quizás con el mismo rechazo con que hoy día algunos viven la adopción de fiestas típicas americanas, por ejemplo.

Película EL REY PASMADO

El Rey Pasmado es un largometraje ambientando en la corte española del siglo XVII, en concreto en los primeros años del gobierno del rey Felipe IV. Esta película, rodada en 1991, intenta recrear de manera cómica varios aspectos fundamentales de este periodo de la época moderna, el control ideológico que la iglesia cristiana ejercía sobre el comportamiento de las personas, y el régimen de valimiento que se implantó ya con Felipe III, quien decidió delegar la dirección efectiva del Estado en la figura de un valido, encarnado en esta época en Gaspar de Guzmán, III duque de Olivares entre otros títulos, más conocido como conde-duque de Olivares.

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La historia que el director, Imanol Uribe, nos presenta es el descubrimiento, por parte de la corte e iglesia, de que el rey Felipe IV ha pasado la noche con una prostituta. El problema no acaba aquí, sino que, al contemplar el cuerpo desnudo de la prostituta queda encandilado, o pasmado como cita el título, y el rey decide que quiere ver el cuerpo desnudo de su esposa, la reina Isabel de Borbón. Esto en la actualidad no debería asombrarnos, pero en la realidad de la época era algo impermisible por las reglas morales que rigen la conducta de las parejas, y la gente en general, bajo la ley de la Iglesia Católica.

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El siglo XVII fue escenario de la consolidación y afianzamiento de las reformas institucionales y de las propuestas doctrinales iniciadas en el siglo precedente; pero también fue el escenario de la introducción de ideas, conceptos y actitudes que servían de punto de apoyo para las críticas y propuestas racionalistas y reformistas de los ilustrados del siglo XVIII. El proceso de confesionalización al que se vio sometido el mundo occidental significaba su compartimentación geopolítica sobre la base de la adhesión a un determinado credo religioso. Otro aspecto a destacar, que se resalta en la película, es el gran impulso que tomaron las órdenes religiosas, tanto masculinas como femeninas, y la disputa que entre ellas podían. Las órdenes religiosas femeninas ofrecen un interés particular, ya que hasta finales del siglo XVI la vida religiosa femenina era sinónima de clausura; de hecho, mas adelante con las reformas que se acometieron y las nuevas fundaciones que se instauraron fueron casi exclusivamente para reforzar la observancia de unas instituciones que hacían de la vida contemplativa prácticamente la única actividad para las mujeres que deseaba entrar en religión.

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Todo esto se refleja en la película cuando es necesario que se convoque una junta de teólogos para debatir el asunto de la infidelidad del rey, y de su petición de ver desnuda a su mujer. Paralelamente al asunto del rey, el conde-duque de Olivares teme estar siendo castigado por Dios ya que no consigue tener descendencia, es por ello que acude en su ayuda el fraile Villaescusa, quien le hace comportarse de cierta manera y realizar ciertas acciones, vemos aquí la importancia que tenía la religión a la hora de explicar los problemas que podían tener las personas. Todo estaba explicado por la fe, Dios era el responsable tanto de lo bueno como de lo malo, y esa es la impresión que el director intenta hacernos ver, de forma bastante cómica, en la película.
Finalmente, siguiendo el hilo conductor de la película, los reyes obvian las indicaciones de los eclesiásticos, que temen que, si el rey finalmente ve desnuda a la reina, la ira de Dios afecte en varias empresas que tenían en marcha. Lo que vemos realmente es que la negación por parte del valido del rey y otros miembros de la Corte, para que éste no consiga su objetivo, poco tiene que ver con la moralidad, sino más bien con la llegada de la Flota de Indias a Cádiz con todo su cargamento, y con la victoria de las tropas españoles en Flandes, ya que entienden que, para el buen desarrollo de ambas, tanto el rey como la Corte han de comportarse de manera correcta ante los ojos de la Iglesia.

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La llegada de la totalidad de Flota de Indias desde las Américas suponía la inyección de gran cantidad de oro a las arcas reales, por tanto, era un asunto económicamente importante. Por otro lado, la victoria en Flandes suponía ese afán por la búsqueda de la recuperación del prestigio perdido por parte de la monarquía Hispánica en que giraba el gobierno del conde-duque de Olivares y Felipe IV y en intención de mantener la hegemonía.
Felipe IV fue un mecenas de las artes y las fiestas en la Corte, promoviendo la creación literaria, artística y teatral. Los influyentes personajes de la Corte confiaban que el nuevo soberano llevaría a la monarquía hispánica a recuperar el prestigio y poder de tiempos pasados, pero pronto se desvanecieron las expectativas ya que de 1635 a 1665 los resultados, tanto a nivel de política interior como de política exterior, fueron totalmente negativos.

 

Bibliografía y webgrafía
– Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. http://www.cervantesvirtual.com/bib/historia/monarquia/felipe4.shtml [4/10/2015]

– Elliot, J. H. (1991), El conde-duque de Olivares, Barcelona.

– Floristán A., et al. (2002), Historia Moderna Universal, Planeta, Barcelona.

– Lortz, J. (1982), Historia de la Iglesia en la perspectiva de la historia del pensamiento. II: Edad Moderna y Contemporánea, Madrid.

Instructions and Prayers o De Tristitia Christi de Thomas More

Thomas More, también conocido por su nombre castellanizado Tomás Moro fue un pensador, teólogo, político, humanista y escritor inglés, que fue además poeta, traductor, Lord Canciller de Enrique VIII, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado.

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Su obra cumbre fue Utopía (1516), en la que aborda problemas sociales de la humanidad, y con la que se ganó el reconocimiento de todos los eruditos de Europa. Uno de sus inspiradores fue su íntimo amigo Erasmo de Róterdam. La redactó durante una de las misiones asignadas por el rey en Amberes.

Además de escritos en defensa de la Iglesia de Roma, también escribió sobre los aspectos más espirituales de la religión. Así, se encuentran escritos como Treatise on the Passion (Tratado sobre la Pasión de Cristo), Treatise on the Blessed Body (Tratado sobre el Cuerpo Santo), Instructions and Prayers o De Tristia Christi (La Agonía de Cristo), redactada este último de su puño y letra en la Torre de Londres, en el tiempo que estuvo confinado antes de su decapitación el 6 de julio de 1535. Este último manuscrito, salvado de la confiscación decretada por Enrique VIII, pasó por voluntad de su hija Margaret a manos españolas y a través de Fray Pedro de Soto, confesor del Emperador Carlos V, fue a parar a Valencia, patria de Luis Vives, amigo íntimo de Moro. Actualmente se conserva dentro de la colección que pertenece al museo del Real Colegio del Corpus Christi de Valencia, y que voy a tener la suerte de poder ver esta tarde!

El rey Enrique VIII se enemistó con Tomás Moro debido a las desavenencias surgidas en torno a la validez de su matrimonio con su esposa Catalina de Aragón que Tomás, como Canciller, apoyaba. Enrique VIII había pedido al Papa la concesión de la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón y la negativa de éste supuso la ruptura de Inglaterra con la Iglesia de Roma y el nombramiento del rey como cabeza de la Iglesia de Inglaterra.

Las sucesivas negativas de Tomás Moro a aceptar algunos de los deseos del rey acabaron por provocar el rencor de Enrique VIII, que acabó encarcelando a Tomás Moro en la Torre de Londres, tras la negativa de éste a pronunciar el juramento que reconocía a Enrique VIII como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, tras la ruptura con Roma.

Finalmente el rey, enojado, mandó juzgar a Moro, quien en un juicio sumario fue acusado de alta traición y condenado a muerte. Fue decapitado una semana después, el 6 de julio de 1535.

LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO DE OCCIDENTE. Textos de la Fundación Pastor

Textos

Manuel Fernández-Galiano El 476 y nosotros.

Javier Arce Fin del mundo antiguo e historiografía británica.

Juan José Sayas La conciencia de la decadencia y caída del Imperio por parte de los romanos. José Mª.

Blázquez La Hispania del 476.

Luis A. García Moreno El 476 visto por los germanos.

  • Fundación Pastor nº 24 – 1
    El primer texto corresponde al profesor Manuel Fernández-Galiano, Helenista y miembro destacado de la Asociación Cultural Hispano-Helénica y de la Fundación Pastor, en el cual narra la importancia de la fecha de 1976 para la conmemoración de ciertos centenarios, en el cual tiene cabida recordar el centenario del 12 de febrero de 1776, fecha en la que salía a la luz el primer volumen de The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, obra clásica de Edward Gibbon en la que defiende su tesis de que Roma tenía que caer por la fuerza, era inevitable. Es más, Gibbon se plantea como pudo durar durante tanto siglos ya que las causas por las que se hundió fueron muchas y ellos mismo, los últimos “romanos”, se dieron cuenta de su in occasu saeculi. Fernández-Galiano nos pone sobre el papel una de las paradojas, de las tantas y tantas, que se dan en nuestro tiempos, y es la idea de que no cayó ningún Imperio en 476. La renuncia al trono de Rómulo y el ascenso de Odoacro no supuso una ruptura para las gentes del lugar. Si en cambio, marca el autor, causo mayor sensación de inestabilidad el Saco de Roma de 410. Pero el caso es que Roma cayó, Gibbon en su tesis lo define como un inevitable efecto de la suma grandeza que Roma había alcanzado. Tanto territorio conquistado no hizo más que aumentar los problemas y las inestabilidades, que precipitaron a Roma a su occasu. Otro historiador, Michael Grant, enumera otra serie de factores como causa, tales como: el fracaso del ejército, las grandes diferencias entre clases, el descrédito político, los fallos a la hora de obtener alianzas exteriores, y fallos en la propia política interna del Imperio. Fernández-Galiano nos hace ver en su texto, que hay otro factor que provoca esta caída, es un factor ideológico, ya que para Rómulo, para el propio emperador de Roma, Roma ha muerto hace un tiempo, y el Imperio como tal no tenía razón de ser. Roma se había convertido en una potencia a cambio de saquear, oprimir y exterminar a los pueblos, y eso debía desaparecer por que en cierta manera, ya no había más donde saquear, oprimir y exterminar. Desde este punto de vista, los germanos, más que una invasión son una solución, una manera de cambiar el sistema que estaba resquebrajándose y dividiéndose en provincias difícilmente gobernables desde el centro de Imperio ya sea por su alejada ubicación o por sus diferencias culturales.

 

  • Fundación Pastor nº 24 – 2
    El segundo texto corresponde al arqueólogo e historiador Javier Arce, experto en Antigüedad Tardía que enfoca el tema del fin del mundo antiguo visto desde la historiografía británica del siglo XX y nos trae la visión de varios historiadores británicos que se preocuparon de este aspecto. El primero de ellos es Gibbon, que concibió la idea de escribir su obra sentado entre las ruinas del Capitolio, según cuenta el propio historiador, y que le llevo a abrir nuevos caminos en la investigación histórica y contribuyó de manera notable a los estudios bizantinos, que desde él estuvieron ligados al desarrollo de la historia romana tardía. El detallado análisis de Gibbon a la época de Constantino es otro aspecto que destacó gracias a su obra y que nos desvela su idea optimista de continuidad del Imperio. Además atribuye como principal causa de la caída del Imperio el auge del Cristianismo. La obra de Gibbon, nos cuenta Javier Arce, esta ligada a la de J. B. Bury, ya que éste realizó la más completa edición de Gibbon y se convirtió en el gran Bizantinista británico. Manteniendo la misma tesis que Gibbon de que el Imperio Romano no dejó de existir hasta 1453, aunque por lo que se refiere al final de la parte occidental, veía que no se puede asignar una sola causa y habla de una serie de acontecimientos que ocasionaron un colapso del poder romano. Su sucesor, Norman H. Baynes también defiende esta idea de continuismo y va más allá, fusionando lo romano con lo heleno de tal forma que crea una línea directa entre Alejandro Magno, Constantino y Heraclio. Obviamente también intentó dar una explicación a la caída del Imperio Romano de Occidente señalando la diferencia entre el proceso histórico de la parte oriental sin problemas de invasiones y de la parte occidental constantemente sometidas a la presión de las invasiones, que finalmente cedió. Otra figura de la historiografía británica es A. H. M. Jones el cual seguía, como era de esperar, en esta línea de que el Imperio Romano no acabó en el siglo V. Además Jones defiende que la mayoría de historiadores que han defendido esta tesis han sido historiadores occidentales y que por ello han centrado su atención en la zona geográfica a la que pertenecen. Esta idea de la supervivencia, como vemos, ha sido permanente en la historiografía inglesa y entre las modernas teorías de dichos historiadores destaca la tesis singular de F. W. Walbank, que considera la esclavitud como causa de la pérdida de vitalidad del Imperio. Esta idea le recuerda a Javier Arce otra expresión de nuestro Ortega y Gasset y cita: el tradicionalismo romano fue la causa del fin del mundo antiguo. Por que supuso la incapacitad romana de hallar formas nuevas para problemas nuevos. El propio Arce señala que habría que investigar encaminados hacia el análisis de la necesidad del logro en la sociedad y en la mentalidad romanas.
  • Fundación Pastor nº 24 – 3
  • El tercer texto corresponde al profesor de Historia Antigua Juan José Sayas quien nos enfoca el problema de la propia conciencia de decadencia del Imperio por parte de los propios romanos. Nos llega de los propios historiadores romanos su concepción antigua de la decadencia del Imperio Romano y su actitud frente a este hecho, toca ahora salvar las dificultades de su análisis conjunto. La decadencia del Imperio no se produjo de una mondo repentino, y no supuso una ruptura o un caos estructural, y no podemos establecer un corte entre un periodo y otro, por tanto los romanos de la parte occidental no vieron en 476 un arranque de algo nuevo, diferente a lo anterior. La estructura administrativa, económica y social continuaba siendo la misma. Si tomamos los textos de algunos contemporáneos como los de Sidonio Apolinar, vemos que no hace referencia a la destitución de Rómulo por Odoacro, dentro de la ambigüedad de Apolinar hace alusión simplemente a los peligros que acechan a Roma entre 474 y 476. Aunque para ellos la fecha de 476 no tiene valor simbólico rupturista, si es cierto que desde el siglo IV muchos consideraban que se encontraban en una crisis profunda, y algunos incluso, vaticinaban el fin. Como medio esperanzador para su salvación, algunos autores paganos y cristianos se servían de la idea del ordo renascendi, Roma aeterna, ya que no esperaban un desastre inmediato, y menos con la idea de Roma vinculada al Cristianismo, para ellos Roma podía salvarse. Viendo anteriormente como algunos autores creían en una continuidad romana, Sidonio Apolinar no deja de valorar la virtualidad destructiva de los modos de vida romanos que hay en los bárbaros, que adaptan las costumbres romanas imponiendo su superioridad militar. Ese tópicoo de la división de la Historia en edades podría dar el carácter terminal de Roma que encontramos ya en Jerónimo que divide el tiempo de la Historia, hasta ese momento, en hierro, bronce, plata y oro, identificando, como no, el tiempo del oro con el Imperio Romano. Asociándolo a la última gran etapa que vivirá el mundo. Por otro lado San Agustín lo divide en seis ciudades, de la cual la sexta empieza con la venida del Salvador y el comienzo del Imperio romano, y que se cierra con la venida del Anticristo y la catástrofe final. La caída de Roma sería, por tanto, un simple episodio más del plan general del universo. Este pensamiento es el que permanece vigente en la Edad Media, ya que en cierta medida el Imperio se prolonga en los reinos germánicos y en el Sacro Imperio RomanoGermánico. La decadencia de Roma es un hecho claro, percibido de manera clara por los antiguos, que además comparan con los fenómenos similares acaecidos a otras antiguas culturas. Por su parte, los Cristianos tiene conciencia de esta decadencia del Imperio de forma muy temprana, lo vemos en dos textos proféticos, el libro de Daniel y el Apocalipsis, llevan a intuir este final. Más aún que intuir, Hipólito propuso el año 500 como fecha terminal, aproximándose así bastante en sus cálculos al momento real del fin del Imperio de Occidente. Ya desde el siglo III con la incesante presión de los bárbaros, los Romanos reconocieron estos síntomas, empezando así la decadencia romana, ligado todo esto a una presión fiscal y a la excesiva extensión del Imperio, aducida por Claudio Claudiano como causa de decadencia, haciendo que Roma conquistara más tierras de las que podía controlar realmente. Todo ello palpitaba también en los autores antiguos, no como una serie de causas concatenadas como los ve la historiografía moderna, sino como causas independientes. Existe también otra interpretación moderna, respecto a la excesiva extensión territorial, que defiende que no sería el hecho de que el excesivo crecimiento causara su ruina, sino más bien el hecho de haber dejado de expandirlos, ya que la estructura del Imperio se basaba en una economía de expansión. Al interrumpirse el proceso de expansión, la economía Imperial entró en colapso, y esto provocó la desintegración, y el consiguiente declive.

 

  • Fundación Pastor nº 24 – 4
    El cuarto texto corresponde al historiador y Catedrático de Historia Antigua José Mª. Blázquez, que además es Académico Numerario de la Real Academia de la Historia y nos escribe que poco antes de la fecha clave de este trabajo, 476, la península Ibérica vivió una serie de hechos que serían fundamentales para los siguientes siglos. Julio Nepote, que contaba con el apoyo de Eurico, rey de los Visigodos, fue destronado por Orestes, que proclamó a us hijo como Rómulo Augustulo. Al año siguiente, 476, Odoacro destronó a Rómulo y envió las insignias imperiales a Zenón, emperador de Oriente. Pocos años antes Eurico saqueó Lusitania y se apoderó de Pamplona, Zaragoza, Tarragona y Tarraco entera. La ocupación visigoda controlaba gran parte de Portugal, Extermadura, Castilla, Navarra, Aragón y Cataluña. En 475, Eurico recibió oficialmente el territorio. Abadal afirmó que existían tres estructuras de gobierno en estos momentos que Blázquez nos narra: la visigoda, que sustituyó a la estructura romana; la civil romana, que administra la población indígena, aunque progresivamente perderá poder y desaparecerá; y por último, la eclesiástica, que será la que ocupe el lugar de la anterior y toma en su mano la representación y dirección de la población romana. La intervención de los obispos galaicos no es más que el desplazamiento de la autoridad político-civil romana, hacia la autoridad eclesiástica. A Eurico deben los Visigodos la primera codificación del derecho consuetudinario, la lex Visigothorum, con base esencialmente romana. A raíz de esto, el príncipe de los Ostrogodos Vidimero, conducido por le emperador Glicero, se fusiona con el pueblo de los Visigodos. Al morir Eurico en 484 hereda su trono su hijo Alarico. El asentamiento de los Godos como asentamiento definitivo del pueblo, no del ejercito data de algo después de 476. Menéndez Pidal y Sánchez Albornoz han supuesto que este establecimiento dejó una huella profunda en la Tierra de Campos y en la región de Zaragoza. Abadal propone la hipótesis de un primer establecimiento de Godos en Castilla hacia 462, período de luchas de Suevos y Godos, lo que no quita la posibilidad de un segundo establecimiento en estas mismas regiones. La ocupación de las tierras hispanas por Eurico son fruto de un plan propio, mientras que sus predecesores Teodorico I y II, penetran en la península por el tratado de federación que les “impone” el Imperio Romano. La posición de los reyes godos con respecto al Imperio habían cambiado sustancialmente, hay una mayor independencia del Imperio hasta llegar a la plena soberanía territorial. Según Apolinar, Eurico es el primer rey godo que rompe el tratado, por tanto el año 476 se puede considerar como fecha simbólica de la independencia de los Visigodos del Imperio Romano, según nos cuenta Blázquez.

 

  • Fundación Pastor nº 24 – 5
    El quinto y último texto corresponde al historiador y miembro de la Real Academia de la Historia Luis A. García Moreno, que nos analiza el problema desde el punto de vista de los Germanos del último cuarto del siglo V, que carecen de una historiografía propia. Los abundantes testimonios de la Wolkerwanderung germánica provienen de los Romanos, ya que en cierto modo los Germanos carecían de una literatura escrita, cosa que suplían con el florecimiento de una época heroica de carácter oral. En dichos ciclos épicos aparecen como elementos ordenadores la expansión del imperio de los Hunos sobre el mundo germánico, la aventura de Teodorico y la expansión de los Merovingios al este del Rhin. Con el surgimiento de los reinos romano-germánicos, la antigua aristocracia tribal y la nueva de servicio de estirpe germánica pasó a ocupar un puesto preponderante, juntamente con los descendientes senatoriales romanos. Para fundamentar la legitimidad de las nuevas estructuras fusionadas, había que asumir la herencia nacional germánica, dueña por derecho de conquista. Es así como a partir de los siglos VI y VII surgen las historias nacionales o de estirpes germánicas. Jordanes, que procedía de un importante linaje ostrogodo, escribió su Getica, justamente en tiempos de la guerra con los Bizantinos. Su obra muestra su amor por su pueblo y su admiración hacia el orgullo y valor de los Godos. Isidoro de Sevilla, procedente de una familia de Hispanorromanos del sur de la península, escribe en su Historia Gothorum, sobre las finalidades políticas, a modo de ideología que justifique la legitimidad de la monarquía gótica en oposición a todos su vecinos. No hay ni una mención al poder imperial de Roma, que continuaba gobernando de forma legítima en Oriente. Gregorio de Tours, de familia galorromana de la Auvernia en su Historiarum libri decem legitimaba el poder del dominio franco sobre toda la Galia, en oposición a todos sus vecinos, lo que, según él, era producto de todo un plan divino. En este marco el reinado de Clodoveo era una pieza fundamental de tal legitimación. En este contexto el 476 no podía ocupar ni una sola línea, por tanto de Tours ni tan siquiera lo menciona. Viendo el recuerdo popular germano de la épica y la consciencia histórica de los grupos dirigentes de estos nuevos reinos romano-germánicos, la deposición de Rómulo Augústulo de 476 no tuvo a penas impacto para ellos.

 

BIBLIOGRAFÍA

-Arce J. Fin del mundo antiguo e historiografía británica. Cuadernos de la Fundación Pastor nº24. España. 1980.

-Balard, M., Genêt, J-P., Rouche, M. De los bárbaros al renacimiento. 1989. Madrid. Ed. Akal.

-Blázquez, José Mª. La Hispania del 476. Cuadernos de la Fundación Pastor nº24. España. 1980.

-Bury, J.B. Autobiography of Edward Gibbon. 1907 Oxford.

-Fernández-Galiano, M. El 476 y nosotros. Cuadernos de la Fundación Pastor nº24. España. 1980.

-García Moreno, Luis A. El 476 visto por los germanos. Cuadernos de la Fundación Pastor nº24. España. 1980.

-Nieto, F.J. (coord.) Historia antigua de Grecia y Roman. 2005. Valencia. Ed. Tirant Lo Blanch

-Sayas, J.J. La conciencia de la decadencia y caída del Imperio por parte de los romanos. Cuadernos de la Fundación Pastor nº24. España. 1980.

La Estética Musical

LA ESTÉTICA MUSICAL

La estética no es si no aquello que puede ser percibido por los sentidos. Baumgarten, filósofo y profesor alemán, dictó el primer curso de estética en 1742. Se encuadró en el esquema filosófico de Wolff, y utilizó el termino Estética para referirse a la Ciencia del Conocimiento Sensible, que al modo de Descartes, interpreta como un práctica inferior. Esta rama de la Filosofía se ocupa de la belleza y de lo bello, y del sentimiento que provoca en los humanos. Su interés se centra en la manifestación artística y proporciona criterios para su análisis y valoración. Es, por tanto, una teoría que analiza, estudia y reflexiona sobre la belleza y sus condiciones.

La estética tiene como objeto el vasto dominio de lo bello […] es la filosofía del arte […] la filosofía de las bellas artes. [Hegel]

Así pues, Baumgarten creó el nombre de la disciplina estética a través del adjetivo griego aisthetike, que surgió a su vez del sustantivo sensación, aisthesis, mostrando con ello que hay un conocimiento seguro de que la belleza existe, pero no un conocimiento cierto de ello. Kant, que inicialmente fue seguidor de la filosofía de Wolff, se hizo valer como textos para sus clases de los libros de Baumgarten, aunque hay que destacar que Kant rechazó el sentido de critica del gusto que Baumgarten daba al término. Por tanto al estudio espitémico de la sensación, Kant lo denominó Estética Trascendental, siendo la parte de la Crítica de la Razón Pura que estudia tanto la caracterización de la sensibilidad, como las formas puras de la intuición/sensibilidad. Cuando en épocas anteriores los filósofos y pensadores se plantean y reflexionan sobre la belleza, no llegan a denominarla como estética, así pues no podríamos hablar de una estética, en cuanto a disciplina filosófica, Griega o Romana.
En este trabajo veremos el cambio que se tiene de esta conciencia de la belleza sonora desde época medieval hasta llegar a la época moderna, donde se instauran ya los primeros valores que tenemos actualmente de esta estética, aunque el concepto como tal no existe aún, si se tiene una conciencia de esa belleza sonora.

EL CAMBIO DE LO MEDIEVAL A LO MODERNO 1- EDAD MEDIA

Durante toda la Edad Media se tiene presente el valor Pitagorico-Platónico de que la música es mejor si no se oye. Debemos cantar, salmodiar y alabar al Señor más con el espíritu que con la voz, esta frase de San Jerónimo hace ver el sentido que se tenía de ello. Así pues, otro teórico, San Agustín, plantea que para el conocimiento, las sensaciones pueden ser necesarias, pero éstas están al nivel mismo de las bestias, como a seres irracionales, y por ello no puede servir de base de ningún conocimiento. Aplica esto mismo a la música en cuanto a que distingue de la interpretación (sensación) y al conocimiento intelectual de la música. Divide así la música en 3 estratos:

• 1r nivel – MUSICA INSTINTIVA – Aquella música que se produce en la Naturaleza de forma instintiva, situada en el nivel más bajo, y la considera totalmente irreflexiva.

• 2n nivel – MUSICA IMITATIVA – Aquella que se produce porque un músico, observando, répite lo que hace otro. Lo denomina repetición mimética del Maestro, no es producto de la razón, sino producto de la memoria. La memoria no es una capacidad exclusiva del ser humano, puesto que las bestias también la poseen, así pues no tendría merito alguno.

• 3r nivel – MUSICA COMO CIENCIA – Ésta es la verdadera música, el conocimiento de las verdades universales. Música como la ciencia del movimiento ordenado, tal como denomina en su tratado MUSICA EST SCIENTIA BENE MODULANDI.

Con todo esto, San Agustín expone que la belleza sensorial no es mala, a modo de justificar la música litúrgica, ya que lo bonito capta la atención de los meros mortales y así prestan mas atención. Además justifica que si todo es reflejo de Dios y además es bien entendida, esta música sonora puede enseñar, declamando con la voz en la liturgia y así sea mas bello aquello que se dice de Dios.
En este mismo sentido encontramos a Boeccio, quien realmente transmitió estas creencias durante toda la Edad Media. En su tratado DE INSTITUTIONE MUSICA, de 5 libros, transmite elaborando todo el saber musical de la antigüedad clásica sin ninguna connotación religiosa, se dedica a recopilar, traducir y ordenar el saber greco-romano. Establece la famosa expresión del Quadrivium como las 4 vías del conocimiento completo (música, aritmética, geometría y astronomía). Establece así también 3 divisiones en cuanto a la música:

• MUSICA INSTRUMENTAL – Música de las cuerdas, tubos y membranas.

• MUSICA HUMANA – La Música del interior, del alma del ser humano. Reflejo de la Armonía del Cosmos y de los números del alma.

• MUSICA MUNDANA – La Música de Cosmos, la Música de las Esferas, el orden propio del universo, tanto del movimiento de los astros como de los ciclos ordenados de la naturaleza.

Ésta será la tendencia que guiará la realización de música en este largo medievo, cristianizando el concepto de la música de las esferas y separando entre música práctica y música teórica, como ciencia y estudio intelectual. La evolución de la teoría musical fue hacia la búsqueda de una teoría nueva capaz de explicar la práctica musical. Así pues surge este cambio y la teórica se conecta con la práctica. Pero esta música sonora debe conocerse bien, ya que es una posible conexión con la música mundana (armonía de las esferas). Plantea así un monje cisterciense, Hucbaldo de SaintArmand, esta necesidad de enseñar música, ya que la música litúrgica es una forma de elevar el alma a verdades superiores. En su tratado MUSICA ENCHIRIADIS se soluciona este conflicto entre música teórica y música práctica, también se basan en el planteamiento de Aristóteles de aprender música como un medio, no como un fin en si mismo.

2- ARS ANTIQUA

De esta manera, casi sin darse cuenta, la música empieza a concebirse como una técnica (ARS), excluyendo así los tratados antiguos que no tenían utilidad práctica, y defendiendo que los tratados de Boeccio solo podrían servir a los filósofos, jamás a los músicos. A todo este periodo de cambios, entre 1170 y 1310 se le denomina ARS ANTIQUA.
Comenzó una nueva división entre la música práctica y la música teoría, pero esta vez desde otra perspectiva, tomando a la música práctica como verdadera música, preocupándose esta vez de estudiar la música que suena, que se escucha. El principal tratado que plantea esta diferencia es INTRODUCTIO MUSICAE de Juan de Garlándia, que defiende esta música real, música que se escucha, y paralelamente se da cuenta que existen los sonidos emitidos por la voz humana y por los instrumentos, de tal forma formula una nueva división de la música:

• MUSICA LLANA – Canto Gregoriano, utilizado en la liturgia.

• MUSICA MENSURAL – Canto en base a unas medidas y proporciones exactas, música basada en los pies métricos (exportados de la poesía), a diferencia del canto de la liturgia.

• MUSICA INSTRUMENTAL – La música de los diversos instrumentos, y busca dignificar esta clase de música defendiendo que el Rey David tocó una melodía instrumental delante del Arca de la Alianza.

Se transforma así la música como ciencia de los sonidos que se oyen. Tanto los producidos con la voz humana, como por instrumentos, manualmente utilizados por humanos. A partir de este periodo, los tratados sobre música, ya no serán tratados filosóficos, serán tratados técnicos de como realizar esta música que se escucha. He aquí el gran cambio de mentalidad tanto para los propios músicos como para los tratadistas, puesto que ahora la técnica música tiene el sentido práctico de la palabra. Dejan de hablar de la música como una serie de sonidos cósmicos, de una serie de análisis matemáticos, si no que hablan de una verdadera ciencia de los sonidos que percibe el hombre, que se escuchan.
Así pues encontramos a otro gran tratadista que encuadramos dentro del ARS ANTIQUA, Johannes Grocheo, que realiza una división que nos deja clara esta nueva visión que se tenía de la música:

• MUSICA SIMPLE – refiriéndose a la música utilizada por el pueblo llano, sin conocimientos exactos, podríamos llamarla música tradicional.

• MUSICA COMPOSITA – refiriéndose a una música mas culta, compuesta en base a unas reglas métricas precisas.

• MUSICA ECLESIASTICA – refiriéndose a una música litúrgica exclusivamente, el canto Gregoriano.

Y es en este punto donde surge la idea que Marchetto de Padua dicta en su tratado LUCIDARIUM, La música es la más bella de todas las artes, no hay nada en mayor consonancia con el hombre que dejarse relajar por los modos dulces y entrar en tensión con los modos contrarios. No existe ninguna edad humana en la que no se experimente agrado frente a una bella melodía. Es así como, poco a poco, vuelve a recuperarse la teoría de los Efectos, en donde la música adquiere la capacidad de afectar a nuestro estado de ánimo, ya que el ser humano capta sensorialmente el sonido, y así, en el S. XIV empieza el periodo conocido como ARS NOVA.

3- ARS NOVA

Es en este punto, donde ya son conscientes de que estaban ante algo nuevo, y como tal necesitaba una técnica nueva. Así constituyen un sistema de medición del tiempo único para la música, ya no les vale utilizar el sistema de pies métrico de la poesía porque se dan cuenta de que no tiene nada que ver la música con la poesía, y la música, siendo la más bella de todas las artes, requiere de una técnica de medición del tiempo exclusiva. Con este tipo nuevo de sistema de medición, podrían solfear cualquier composición aunque no tuviera texto. Es importante remarcar la importancia que tenia el texto anteriormente, pues la música estaba supeditada al texto, es aquí con esta nueva ARS cuando la música y el texto empiezan a separarse, ya que no necesita del texto para entender la medida de las notas.


Con esta mayor complejidad rítmica el texto en la liturgia pasa a ser mucho menos claro, es por ello que en 1323 el Papa Juan XXII se pronunció al respecto y emitió una bula en la que prohibía la realización de esta técnica nueva, para volver al sentido antiguo, en el que la música solo era una mera conductora del texto litúrgico. Esta bula no tuvo efecto real, ya que se siguió utilizando esta nueva técnica en toda Europa en los siglos siguientes. Empezó, por tanto, a plantearse que la armonía musical no era ese equilibrio y orden de los astros y del ser humano, sino que era un adecuado uso de los sonidos, y que esto producía una placidez sonora. Ante esto nos encontramos con Johannes de Muris, cuyos tratados fueron revolucionarios e importantísimos, podríamos comprarar su importancia con la que tuvo Boeccio durante toda la Edad Media. Aunque siempre existió un reducto tradicionalista que se mantuvo sujeto a los valores de la Iglesia, y poco a poco fue resurgiendo y ganando terrero al ARS NOVA, a mediados del S. XVI se volverán a plantear teorías similares al ARS ANTIQUA y durante un periodo de tiempo breve se volvería a hacer uso de esta técnica antigua y la tradición Boecciana donde se defiende la importancia de la matemática y no del sonido como tal, hasta que a mitad del S. XV Tinctoris encamina de nuevo hacia un cambio, esta vez hacia el RENACIMIENTO.

4- RENACIMIENTO

Tinctoris con su tratado DEFINITORIUM MUSICAE, que es una especie de diccionario o libro pedagógico pensado para la infanta Beatriz de Aragón, y trataba de hacer comprensible la música para aquellos que no la estudiaban. Vuelve a plantear que la música es ante todo sonido, y la belleza que produce es sensorial, dejando a parte de nuevo la supeditación del texto. En dicho tratado Tinctoris nos define términos como:

ARMONÍA – placidez producida por los sonidos adecuados.

CONSONANCIA – combinación de diferentes sonidos que producen dulzura en el oído.

DISONANCIA – aquello que ofende al oído, no produce dulzura ni suavidad.

COMPOSITOR – aquel que inventa cualquier melodía.

Los conceptos fundamentalmente matemáticos pasan a ser definidos por los efectos que produce el oído, y surge el concepto de INVENCIÓN (compositor), ya que hasta entonces, el maestro de capilla hacia composiciones sobre un cantus firmus ya existente, (una base dada sobre la que construir la pieza), su trabajo no se valoraba por la innovación, ahora surge esta idea. Así es como la música se encamina hacia el Renacimiento y se introduce el planteamiento de inventar en música, donde interviene la creatividad de la persona individual. El renacimiento es un periodo que empieza en 1420 y supone necesariamente la voluntad de volver a los planteamientos artísticos musicales de la antigüedad clásica, así pues hay un cambio fundamental en algunos círculos intelectuales y económicos, donde querían desprenderse del arte bárbaro (godo) ya que éste, destruía el buen gusto del arte propiamente europeo (clásico). Renace por tanto la tratadista artística, los teóricos escriben sobre las artes plásticas cosa que había desaparecido en la Edad Media. Battista Alberti es uno de estos tratadistas modernos que establecerá conceptos que incluso servirán para la música, establece reglas fijas y universales, funda la pintura sobre la geometría, basa la escultura sobre la aritmética, se busca imitar a la naturaleza como medio para garantizar la perfección artística. El artista, por tanto, debe comprender matemáticamente la naturaleza y sus reglas y como producto del estudio de la naturaleza, la música pasará a ser estudiada por la física, y ya no por la matemática.


Así pues, ante esta cuestión fundamental de la estética en el renacimiento de que el arte, para ser correcto, tendría que imitar los procesos de la naturaleza, surge este principio de imitación de la Naturaleza en el que encontramos a Gioseffo Zarlino, que plantea que para conocer la naturaleza de la música hay que conocer como se realiza el sonido, y la disciplina que estudia el sonido es la acústica (física) y así se da el paso en el que la música deja de ser geometría para ser física, donde se pueda estudiar la vibración del sonido. Encontramos el fenómeno físico-armónico definido por Zarlino como nuevo concepto de armonía donde es la propia naturaleza la que dicta las formas del sonido en base a la física. A partir de los tratados de Zarlino INSTITUCIONES ARMÓNICAS (1558), DEMOSTRACIONES ARMÓNICAS (1571) Y SUPLEMENTOS MUSICALES (1588), hay un gran cambio, se pasa de la música de las esferas a la música de la naturaleza, se deja de pensar en ese concepto metafísico de los medievales para pensar en un fenómeno de la naturaleza, que es demostrable, objetivo y donde podemos conocer sus reglas de ordenación de los sonidos (vibración).


La experiencia de volver a descubrir las antiguas culturas de Grecia y Roma afectó al pensamiento que la gente tenía de la música. Sin duda no era posible el experimentar la misma música antigua, como si podían experimentar la arquitectura, esculturas, poesía… sin embargo, se podrían leer los escritos de los antiguos filósofos, poetas, ensayistas y teóricos de la música que estaban siendo nuevamente traducidos. Los que leían literatura antigua se preguntaban por qué la música de su época no los emocionaba e impulsaba a las diversas pasiones de la misma manera que se decía lo hacía la música antigua. Así pues, se re-descubrieron manuscritos, e incluso llegaron nuevos a Occidente gracias a emigrantes griegos o buscadores italianos entre los que se hallaban tratados de música de Arístides Quintiliano, Ptolomeo, Euclides, Plutarco, incluso también una sección dedicada a la música contenida en los PROBLEMAS del pseudo Aristóteles, el octavo libro de la POLITICA de Aristóteles y diálogos de Platón tales como LA REPUBLICA y LAS LEYES. La creencia de que la elección del modo1 era la clave del compositor para penetrar en las emociones del oyente se vio impulsada por la lectura de estos tratados antiguos, tanto Platón como Aristóteles insistían en los diferentes efectos emocionales producidos por los diversos modos. La leyenda cuenta que Pitágoras fue capaz de calmar a un joven nervioso inclinado a la violencia al hacer que una flautista pasase de un modo a otro, o el relato de Alejandro Magno que, de pronto, abandonó un banquete y se armó para la lucha cuando escucho una melodía del modo frigio. Teóricos y compositores supusieron que estos modos griegos era idénticos a los de la Iglesia, de iguales nombres y que las facultades emocionales de los antiguos podían atribuirse a los modos religiosos.

Sin duda, el efecto más importante que tuvo el humanismo del Renacimiento sobre la música fue el acercarla a las artes literarias. La imagen de un poeta y un músico de la antigüedad clásica unidos en una sola persona invitó tanto a los poetas como a los compositores a buscar una meta expresiva común. Los primeros se preocuparon más del sonido de sus versos y los segundos de imitar dicho sonido. Se buscaron nuevos senderos para dramatizar el el contenido de un texto, se convirtió en regla el que los compositores siguieran el ritmo del habla y no violasen la acentuación lógica de las sílabas. Estos cambios de perspectiva que hicieron que la música resultase más atractiva de manera directa y cargada de significado para los oyentes, no ocurrieron de manera simultanea, si no a lo largo de todo el período del Renacimiento, de 1450 a 1600. Debido a los rápidos cambios que sufrió la música durante este siglo y medio no resulta posible definir el estilo musical de Renacimiento. Este movimiento tuvo un carácter más general dentro del mundo de la cultura y la forma de pensar que el de ser un grupo especifico de técnicas musicales. Un modo griego es una organización de sonidos descendentes (que van de un sonido agudo a uno más grave) estableciendo distancias de tono o medio tono entre los siete sonidos que lo conforman. Los modos griegos establecen los fundamentos teóricos para lo que se denomina posteriormente escalas musicales. Existen 4 tipos de modos: Dórico, Frigio, Lidio y Mixolidio, de los cuales derivan 4 más: hipodórico, hipofrigio, hipolidio e hipomixolidio. Durante la Edad Media se llevó a cabo una reorganización del sistema modal, de tal manera que los modos pasaron a ser ascendentes. Se les llama también Modos eclesiásticos o gregorianos por ser utilizados en el canto litúrgico. En cualquier caso, el sistema medieval no debe confundirse con los antiguos modos griegos, que son en realidad “escalas tipo” inseparables de fórmulas características.

CONCLUSIÓN

Tal como hemos visto, hay un cambio de pensamiento en el transcurso de la Edad Media, que se intensifica aún más con la llegada del Renacimiento. Abandonando la idea metafísica de que el sonido representa a Dios, de que ha de honrar a Dios, se van abriendo las puertas a un nuevo sentido musical, más cercano al que conocemos hoy en día, aunque si es cierto que hoy se entiende como “música” cualquier tipo de sonido (ruido), y puede que hayamos desvirtuado un poco la idea que se tenía tan solo hace 2 siglos de la estética musical o simplemente, de la música.
Volviendo a la época Renacentista, me gustaría destacar un texto del tratado Instituciones Armónicas de Zarlino, en el que deja clara esta visión de cambio, y donde además alaga a su Maestro Adrián Willaert, fundador de la Escuela Veneciana de Música, quien fue uno de los mayores representantes de la generación de compositores de la música franco-flamenca y además fue el Maestro de Capilla de la Basílica de San Marco en Venecia. En dicho texto destaca esa necesidad de volver a una música primitiva y verdadera, tal como refleja, en todos los ámbitos, el concepto de Renacimiento.

Bien fuera debido a la época desfavorable o a la negligencia de los hombres que no sólo tenían poca estima por la música, sino también por los demás estudios, lo cierto es que la música cayó desde la cumbre suprema en que una vez se a considero a las profundidades más abyectas. Bien fuera porque en otra época se le otorgase un honor increíble, lo cierto es que, más adelante, se la consideró tan baja y digna de desprecio y de tan poco valor que los hombres eruditos apenas si reconocían su existencia. Me parece que todo esto ocurrió debido a que la música no conservó ni una parte ni un vestigio de la honrada severidad que una vez tuvo. Por consiguiente, todo el mundo se sentía contento con descuartizarla y tratarla de la peor manera con muchos hábitos viles. A pesar de todo, a Dios todopoderoso le resulta agradable que su infinito poder, sabiduría y bondad se vean ensalzados y sean manifestados a los hombres mediante himnos acompañados por graciosos y dulces acentos. Así le pareció que no podía tolerar que este arte que sirve para adorarle fuese considerado tan abominablemente, ya que aquí debajo se reconoce toda la dulzura que puede hallarse en la canción de los ángeles que en el cielo elogian su majestad. Por ello, accedió a agraciar a nuestra época con el nacimiento de Adrián Willaert, en realidad uno de los genios más singulares que jamás ha existido en la práctica musical. A la guisa de un nuevo Pitágoras y tras examinar minuciosamente lo que la música necesitaba y hallar infinidad de errores, comenzó a eliminarlos y a devolver a la música el honor y dignidad que una vez tuvo y que razonablemente debía tener. Demostró la existencia de un orden racional para componer toda pieza musical con estilo elegante, claros modelos de lo cual nos otorgó sus propias composiciones.
INSTITUCIONES ARMÓNICAS, G. Zarlino, (Venecia, 1558), parte 1, capitulo 1, pp.1-2.

BIBLIOGRAFÍA
• Copleston, F.C., Historia de la Filosofía. (edición en Castellano) 2000-2004, Barcelona, Editorial Ariel.

• Fubini, E., La estética musical desde la Antigüedad hasta el Siglo XX. (edición en Castellano) 2005, Madrid, Alianza Musical.

• Grout, D. J. y Palisca, C.V. , Historia de la música occidental, (edición en Castellano) 1984, Madrid, Alianza Musical.

• Quintás Alonso, G. (ed.), Términos y usos del lenguaje Filosófico, 2002, Valencia, Colección: Filosofía. Las propuestas en sus textos. Universidad de Valencia.

Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. (1789-Francia)

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Esta declaración hay entenderla desde el punto de vista de la Ilustración, pero justo después de la Revolución Liberal, ya a finales del siglo XVIII. Aunque encontramos muchas referencias Religiosas y demás, tiene una base totalmente Ilustrada. Dios aparecerá en el inicio de la Declaración como una mera formulación a la que hay que hacer constancia, no olvidemos en que época estamos, donde la religión cristiana ha tenido un peso fundamental en la dirección del Estado. Este texto, cabe destacar, no es totalmente nuevo, las ideas no son totalmente originales, pues muchos de lo que hay escrito en esta declaración fue dicho anteriormente por autores Ilustrados. Aunque es una Declaración de Derechos, dirigida a Ciudadanos Franceses, se hace extensible a todas las demás naciones. Y es que a partir de la Revolución Francesa es cuando aparece este concepto de Ciudadano. Aunque evidentemente, no es una igualdad totalitaria, no todos los individuos son ciudadanos, y no todos los seres humanos son individuos (véase esclavos, negros de los dominios coloniales, mujeres, etc). Así pues estos derechos solo serán atribuidos a un determinado grupo de individuos. Dicho esto también cabe destacar que fue un paso muy importante para la humanidad, aunque fuera de manera selectiva, puesto que estamos ante el cambio de Privilegio a Derecho, donde el concepto cambia totalmente, de ser un súbdito a las ordenes de un monarca o señor, a ser un ciudadano, donde todos son iguales ante los ojos de la Justicia. Estamos ante un manifiesto, declaración que no hace sino poner en orden una serie de ideas, es un texto jurídico, no es un tratado doctrinal ni filosófico, pues este texto nace de la discusión de la Asamblea Nacional Francesa. Aunque este tema, en esta época concreta, traerá consigo numerosos debates… ¿Quién representa al pueblo? Y ¿Quién es el pueblo? Nos encontramos pues, en un momento de optimismo, con una idea del ser humano Perfectible, donde piensas que con la Declaración el ser humano puede incluso mejorar. Esta declaración habla de la Felicidad, que es una idea muy de la Ilustración, que no serían mas que una serie de consecuencias a estos “arreglos”. Y con la idea de que estos derechos, son derechos de un Estado Natural, donde estos derechos se darían ya por supuestos, y que a día de hoy así los entendemos.