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Reflexión sobre la crónica y la historia. Siglos XVI-XVII-XVIII. 

La Historia y su conocimiento es algo que ha preocupado al ser humano desde antiguo. Su forma de contarla y transmitirla, su metodología, ha variado mucho a lo largo del tiempo; por el contrario, los problemas que suscita siguen siendo los mismos: su objetividad/subjetividad, su utilidad/utilización, su veracidad, su supeditación al poder político, su utilización por parte de este y un largo etcétera que hace que los historiadores se planteen constantemente cómo contar la historia, y en qué fuentes basarse, para ser lo más fieles a la realidad posible. Cabría matizar que pese a este empeño los hechos del pasado nos llegan fraccionados y edulcorados, interpretándose desde el presente por lo que resulta muy complicado alcanzar un conocimiento histórico objetivo total. Todos estamos condicionados por miles de cosas y eso afecta a la percepción y al tratamiento que le damos a la Historia como bien vemos en la tesis que defiende Keith Jenkins en su obra Repensar la Historia.

Este condicionamiento no es sólo actual, y como veremos afecta a la Historia en general y a la crónica en particular. La crónica, según su propia definición, es la recopilación de hechos históricos narrados en orden cronológico. Este modo de escribir la Historia se perpetuó desde la Edad Media y era utilizado por los reyes para ensalzar sus actos, ejemplo de ellos serían las Crónicas de Alfonso X el Sabio o la Crónica de Jaime I entre muchas otras. Es la forma en que nos ha llegado la mayor parte de la Historia de nuestro territorio, teniendo en cuenta que la crónica es escrita con un motivo, por gente que supiera escribir (normalmente vinculada al mundo eclesiástico), y al amparo de unos mecenas que pudiera permitirse el lujo de pagar una crónica, como bien nos detalla Josué Villa Prieto en su artículo sobre La escritura de la Historia en la Baja Edad Media.

Esta práctica pronto se institucionalizó, y ya en el siglo XV aparece el oficio del Cronista Real a modo de funcionario, no sin sufrir una fuerte politización ante la voluntad regia. Según la documentación Juan de Mena sería el primero en ostentar este cargo en 1456. Podríamos decir que los monarcas se dieron cuenta del valor y del poder que tenía (y tiene) la historia y quisieron poner, rápidamente, a su servicio a “profesionales” que, acatando sus órdenes, escribieran o transcribieran aquello que podría favorecerlos más. En sentido foucaultiano este tipo de crónica se puede interpretar como un discurso de poder, narrativa del poder, instrumento utilizado para un fin muy concreto. Este oficio, visto desde nuestro punto de vista, estaba totalmente condicionado por el monarca y por el entorno del momento, siendo la figura del cronista la que enmarca en sí mismo todo el saber histórico, y esto podría reportar beneficios a la legitimación y justificación de actos o incluso a la justificación de la propia monarquía. Este saber histórico en estos inicios de la Edad Moderna debemos ligarlo estrechamente al conocimiento de la biografía, técnica que ha sufrido una fuerte devaluación y parece que actualmente ha sido actualizada para dar un enfoque mucho más microscópico, y no sólo basándose en una trascripción desde vida a la muerte de los personajes, sino yendo mucho más allá para aportar más datos a la Historia general.

La biografía, en este periodo que nos atañe englobaría exclusivamente a las figuras relevantes, es decir, monarcas y nobles más destacados, que les servirían para dar continuidad a esos linajes que se perpetúan en el poder. Al mismo tiempo estas biografías y crónicas eran utilizadas en la formación académica de los propios monarcas o personajes relevantes (pudiendo remontarnos hasta la antigüedad clásica con esta práctica), ya que era totalmente indispensable conocer el pasado de sus linajes y territorios que dominaban. No debemos ser ingenuos y pensar que estas biografías, agrupadas en muchas ocasiones en grandes volúmenes y remontándose hasta tiempos inmemoriales, no serían edulcoradas o falsificadas por estos mismos cronistas, a cambio de algún que otro favor, ya fuese económico o de otro tipo. Otro ejemplo de esta manipulación del pasado para un fin concreto la tenemos en el empleo de las genealogías durante los siglos XVI y XVII para ocultar la nueva ascensión y adquisición de títulos de nobleza por parte de familias humildes o de sangre conversa, como bien nos documenta y explica Enrique Soria Mesa en su libro Genealogía y poder. Pero las propias crónicas también sufrieron estas falsificaciones, son las llamadas falsificaciones cronísticas, fuertemente denunciadas por los novatores ya a comienzos del siglo XVIII, ya que como Godoy Alcántara citaba parecía que “era lícito falsear la historia cuando el honor o el interés de la patria lo exigían” y si no encontraban datos suficientes para legitimar aquello que querían legitimar, no dudaban en inventarlos.

Como he señalado el cronista era la fuente del saber histórico, la figura que daba credibilidad a los hechos y era capaz de crear una narración que diera sentido a todo orden ya establecido y capaz de agrupar territorios muy diferentes bajo un mismo monarca. Ejemplo de ello es la situación que encontramos desde los RRCC y Carlos I, en donde nace la voluntad de escribir una Historia de España que construya una identidad nacional y la refuerce en torno a la figura del monarca y de su linaje. El primero en escribir una Historia General de España fue Diego de Valera con su Crónica de España de 1481 con esta finalidad muy claramente marcada.

Pese a esta idea de politización del oficio del cronista, debemos preguntarnos cuan complicado sería escribir una historia imparcial y estar, al mismo tiempo, bajo el patrocinio de las autoridades políticas, así como preguntarnos si un historiador (de la época que sea) puede eliminar el carácter subjetivista de la propia historia. Y más aun teniendo en cuenta que en la Edad Moderna el oficio del cronista estaba estrechamente ligado al mundo eclesiástico, altamente moralizador y que sin duda aprovechó la situación y la historia para sus fines.

Con la llegada del Humanismo se tiende a buscar la justificación fuera del ámbito religioso y vemos como los eclesiásticos pierden la exclusividad de la escritura de la Historia, vemos claramente ese intento de “abandonar los aspectos primigenios de la historia eclesiástica” como anuncia Enrique García Hernán. Aparecen personajes que no están patrocinados por los monarcas y que buscan hacer otro tipo de Historia, pero el monarca seguía queriendo lo mismo de estos cronistas, así que buscaba a los que mejor podrían servirle y el cargo de cronista real recaerá siempre, por tanto, en estos eclesiásticos al servicio de la monarquía. Sin embargo, estos se vieron influenciados y en los siglos XVI y XVII los cronistas empiezan a rechazar los mitos y las fábulas que habían venido transcribiendo generación tras generación para explicar la Historia, empiezan a buscar documentación original y empiezan a investigar. Esto no debe engañarnos, ya que el hecho de que investiguen no significa que las crónicas que escribiesen estuvieran menos politizadas o fueran más reales que las anteriores.

Es aquí, a finales del siglo XVI y principios del XVII cuando aparece una figura muy relevante y a la que es necesario dedicar unas líneas de esta reflexión, ya que con él la historiografía española da un salto importante: el Jesuita Juan de Mariana, quien escribió una Historia de España que se convertiría en un clásico y dominaría el panorama durante 2 siglos y medio. La obra de Mariana, escrita en latín y luego traducida al castellano gracias a una ayuda económica de Felipe III, fue escrita por su interés personal ya que nunca fue cronista real, y buscaba reivindicar el pasado de un “linaje” o “nación” que en ese momento tenía una visión de cierto desprestigio internacional. Podríamos decir que utiliza la historia a modo de resarcir el orgullo colectivo de la “nación española”, conectando lo civil con lo eclesiástico, narrando al mismo tiempo la historia de los reinos y las biografías de los monarcas. Su forma de narrar ciertos aspectos, dando una relevancia tremendamente importante a los monarcas, ofendió a un sector de la nobleza que no veía el reconocimiento merecido a sus grandes familias. La polémica sobre la obra de Mariana fue intensa ya que sus tesis eran innovadoras y desafiantes en un contexto en el que se hablaba sin parar de historia, pero no porque hubiera un interés por conocer lo realmente ocurrido, sino porque esas “historias” eran una fuente de legitimación. Así pues, todas estas críticas le llevaron incluso a ser procesado por la Inquisición en 1609 y recluido en un convento franciscano de Madrid.

No se nos puede escapar la relación que tiene la aparición de la obra de Mariana con la imagen que se tenía de España en el siglo XVI, una imagen fuertemente asimilada a la idea que Julián Juderías llamaría mucho más tarde “Leyenda Negra” y que los historiadores extranjeros no dudaron en extender en sus historias de España. Surgiendo de esto una “indignación patriótica” que generó la creación de una serie de Apologías de España, rechazando así la crítica y reafirmando el valor de la propia historia española, así como su tradición.

Como vemos la crónica fue un instrumento utilizado por los monarcas para diferentes fines en ciertos momentos de la historia, pero también por otros sectores que vieron el poder que la Historia podía proporcionarles. Otro ejemplo de utilización, a modo anecdótico, sería cuando Felipe IV trató de reunir una serie de cronistas para que redactaran escritos que pudieran cambiar los estados de opinión de su corte, intentó cambiar climas negativos a través de un relato favorecedor del pasado para que afectara al presente.

Otro aspecto del que aún no hemos hablado pero que, creo, es de vital importancia es la idea que se tenía del cronista, entendido por aquel que narra el pasado, pero también su presente y por tanto cuenta aquello que realmente es, es decir, es puramente objetivo. En el siglo XVIII cambia esta concepción desconfiando de aquellos que fueron partícipes del hecho histórico. Un ejemplo de esto sería cuando en la Conquista de América encontramos una serie de soldados-cronistas, que según mi opinión no podrían ser imparciales y objetivos, estando de acuerdo con la crítica que Luis Vives hacía de ellos. Una persona que vive un acontecimiento lo vive desde su propia perspectiva, sin tener en cuenta otras que alguien alejado del acontecimiento propio si podría analizar más fríamente.

Sin duda estas experiencias y testimonios nos aporta muchísimos datos y son fundamentales para conocer la Historia, pero deben ser analizados teniendo en cuenta estos aspectos. Como Edward Carr plantea, deberíamos preguntarnos si existe una doble capa de subjetividad, la del testimonio propio y la nuestra ya que “los hechos de la historia nunca nos llegan en estado puro, puesto que ni existen ni pueden existir en una forma pura; siempre hay una refracción al pasar por la mente del que los recoge”.

Todo esto me plantea dudas, dudas que quizás nunca resuelva y que incluso pueden afectar a mi futura vida como historiadora: ¿podré yo ser objetiva?, ¿acaso cuando escriba algún trabajo histórico no podré desprenderme de todo lo que me envuelve y me influye?, ¿me daré cuenta?, ¿se dan cuenta los historiadores cuando dejan huella de sí mismos en sus análisis de la historia?, me gustaría pensar que sí, que uno se da cuenta de lo que hace, cómo lo hace y por qué lo hace, pero ¿es realmente evitable, podré yo evitarlo?, es más, ¿podré incluso conocer bien el pasado si he de basarme en fuentes que están altamente manipuladas como es el caso de las crónicas que hemos visto?, pienso que si entiendo la crónica como fuente y no como Historia quizás sí sea capaz. Si analizo la crónica para profundizar en el momento histórico del cronista, analizando la forma de tratar su pasado y su presente pueda aprender realmente mucho. Así como hacemos con las novelas históricas y el cine histórico, en los que analizados el contexto en el que se desarrolla la obra y su visión del hecho histórico, no analizamos el hecho histórico propiamente, sino el tratamiento que le dan.

En cada época entendemos el pasado de una forma u otra, y la propia forma de ver, entender, escribir y explicar la Historia es también un testimonio y fuente de investigación histórica. Así pues, la crónica, bajo mi punto de vista, debería ser tomada como una fuente de la que extraer ciertos datos y no como una verdadera narración Histórica.

(Juny’16)